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La Loma de Chaple, de Joaquín o de Luz, es un microuniverso desértico dentro de ese otro microuniverso triste que es La Habana. Solo la sube quien vive en ella y ni a sus moradores parece importarles ya la suerte que corran las poderosas mansiones con las que allí cohabitan, otrora cunas de la burguesía republicana, hoy fragmentadas y esqueléticas estructuras del pasado.

“Vinieron y pintaron la fachada por arribita. Hicieron varias tomas repetidas, esa de cuando la colombiana da un portazo y se larga dejando a Perugorría solo, y luego se fueron”, explicó Vladimir, custodio de un viejo palacete semiderruido ubicado en la punta de la Loma, de la barriada de Santos Suárez.

Mansión de 5 pisos en la calle Alfredo Zayas, vista frontal

Vladimir se refería a la filmación de Cuatro Estaciones en La Habana, la entrega de Netflix basada en la saga homónima del escritor cubano Leonardo Padura . (La producción estadounidense explotó hermosas locaciones de la capital, tanto en La Habana Vieja como en esta zona del municipio Diez de Octubre)

Situada en lo que fuera un majestuoso reparto residencial que comenzó a levantarse durante la primera mitad del siglo XX, la mansión escogida para una de las escenas -esta que cuida Vladimir- deviene un monumento agonizante del esplendor arquitectónico insular. Verla así, a medio pintar y con grietas que nacen desde los cimientos, hace hervir la sangre de cualquier transeúnte que no se haya contagiado aún con la indolencia del nativo.

Este palacete de cinco pisos levantado en 1923, propiedad actual de la Cruz Roja Cubana, adorna la punta de una elevación de 66,7 metros de altura, una de las más importantes de La Habana. Con elevador interior y garaje para dos autos, ostenta la vista panorámica más impresionante y completa de la ciudad: desde la Plaza de la Revolución, el Hotel Habana Libre y el Capitolio, hasta la Bahía capitalina, asediada hoy por gigantescos cruceros.

Mansión de 5 pisos en la calle Alfredo Zayas, vista trasera 

A su costado derecho, la casona cuenta con un patio exterior de dos niveles ataviado con lozas sevillanas en detalles minuciosamente elaborados que aluden a la heráldica española: una amplia fuente circular, un banco y un altar con una virgen incrustada en el muro de piedra que protege la entrada. 

Virgencita en nicho dentro de patio lateral/ Mansión de 5 pisos
Banco en patio lateral de la mansión

Del set de adornos solo la virgencita está completamente intacta, el resto son muestras de lo que fue en su tiempo un elegante ornamento y, en algunos casos, tan solo huellas de su emplazamiento antes de ser sustraído ilícitamente o vandalizado. 

Fuente en patio lateral

“La Cruz Roja no tiene dinero para nada, es una ONG, imagínate”, se defiende Vladimir cuando lamentamos el depauperado estado de la mansión. “Mira para allá abajo, todavía queda una ambulancia abandonada, de las que existían hasta que apareció el invento del SIUM”. 

Patio trasero, ambulancia abandonada

Sobre la historia del barrio, nos comenta: “Dicen los vecinos que esa de allá al lado –señala para otro palacete de tres pisos, contiguo a este y ahora sede del centro de capacitación de SEPROT- era una de la casas del presidente Alfredo Zayas y Alonso”, eso justificaría en nombre de la calle principal que desemboca en la avenida General Lacret: “Alfredo Zayas”.

Es el misticismo de la casa, que evidentemente fue diseñada para alguien de la alta sociedad a quien casi ningún vecino puede aludir con certeza, lo que más se repite en cada uno de casi una decena de imponentes palacetes que agonizan hoy en la Loma de Chaple.

Mansión de 15 cuartos, luego destinada para asilo de ancianos
Segunda mansión destinada a asilo de ancianos

 

Rosa lleva 45 años viviendo aquí. “Hay otras dos mansiones preciosas al final de la calle Luz que fueron destinadas a asilos de ancianos después del triunfo de la Revolución, una de ellas con quince cuartos. Hace poco un extranjero se ofreció a comprar una y a arreglar la otra, pero el gobierno no lo permitió”, nos dice.

Allí yacen los referidos inmuebles, uno en la intersección de Luz Oeste y Morell, vacío en la totalidad de sus cuatro pisos, lleno de excrementos, basura y brujería.  “Está también este otro que ven frente al parque Wangüemert, que ahora es propiedad de varias familias, y esta que hace esquina en Alfredo Zayas, que perteneció a la empresa estatal Asistel. Tenía una torrecilla  en la punta y se la quitaron ¡ahora no tiene ni ventanas!”.

Vista interior mansión destinada a asilo de ancianos

Según varias bibliografías, las mansiones y grandes residencias surgen en La Habana durante la Danza de los Millones, momento de esplendor económico con el alza de la burguesía azucarera y comercial a partir del año 1917.

En su libro “500 años de construcción en Cuba”, el historiador cubano Juan de las Cuevas define el estilo común de estas casas: La mansiones se construían separadas de la calle y rodeadas por un jardín, donde en ocasiones colocan fuentes con esculturas de mármoles italianos. La edificación a veces terminaba en una torrecilla. La portería reemplaza al zaguán, y el hall, de doble puntal y coronado con un lucernario, sustituye al patio de la residencia colonial. Las escalinatas tendrán mármoles italianos raros, con balaustres torneados del mismo material, las rejas en muchas ocasiones de importación con complicados y, a veces, no muy artísticos diseños. Casi sin excepción al fondo de la escalera se situará un vitral.

La urbanización de la Loma, en específico, fue llevada a cabo por el arquitecto Don Eduardo Chaple -según registros documentales citados por la emisora nacional Radio Enciclopedia en un texto sobre las principales elevaciones de la capital- aunque algunos moradores coinciden en que el nombre del profesional era Enrique.

Como sea, la loma destaca entre las bellezas menos exploradas y explotadas desde lo turístico en la urbe habanera. Sabiendo que es el dinero de esta industria lo que mantiene el país a flote, es válido suponer entonces que sea el desinterés foráneo lo que haya contribuido al deteriorado estado de sus tesoros arquitectónicos.

Pasan los años y el desentendimiento absoluto hacia nuestros bienes materiales e históricos es un mal que contamina, implacable, a nuestra ciudad y sus habitantes, un síntoma que se propaga a la velocidad de la luz en las propias instituciones gubernamentales que deberían –por el contrario- propulsar la cultura del rescate de nuestra identidad en todos sus niveles.

¿La consecuencia? Cada vez nos quedamos con menos Cuba para nuestros hijos y nietos, cada vez son más los que se van y regresan encontrando no solo pedazos de un pasado más o menos respetable, sino también de un futuro cada vez más desolado.
 




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