Ballet de Camagüey en La Habana

Esta noticia es de hace 12 años
El Ballet de Camagüey, la segunda compañía cubana de danza clásica, ha hecho escala en su sede habitual capitalina del Gran Teatro de La Habana para presentar un programa protagonizado por sus más jóvenes figuras. Ha sido interesante asistir al debut en roles protagonistas de los jovencísimos corifeos Dainelis Muñoz y Rainier Díaz, que no escatiman energía y gracia sobre el escenario, independientemente de que aún no lo han dado todo en cuanto a limpieza y sosiego. Es un placer comprobar el talento de Yulia Herrera, quien interpretó aquí hace algún tiempo la Swanilda de Coppelia, en los personajes de demicaracter; o el crecimiento de Ledián Soto como partenaire y solista. Pero nos quedamos con las ganas de disfrutar de figuras más establecidas y experimentadas, como Liuba Corzo o Siuchién Ávila, que hubieran aportado más rigor técnico y estilístico al programa. Los solistas parecen bastante cómodos en los dos estilos (desde el neoclásico de algunas obras de coreógrafos locales hasta los aires mucho más académicos y tradicionales de La fille mal gardee), pero el cuerpo de baile flaquea cuando se le exige homogeneidad y prestancia, como en El Vals, un divertimento de Armando Lluvero con música del célebre Straus, cuyo principal mérito está precisamente, en lo chispeante de su coda. Coreográficamente hablando ha sido un programa balanceado, pero no contundente. Cuando el tiempo se hace alas, de Osvaldo Beiro, que regresa al eterno tema de la mujer ave, tiene momentos de inspirada visualidad (particularmente en el trabajo con las líneas) y notable fluidez. Pero la obra se resiente por cierta cacofonía en sus recursos expresivos (demasiado socorrido el aleteo) y sobre todo por una partitura que no alcanza el lirismo que el movimiento pretende. A Fatum, de José Antonio Chávez, le falta contención en la técnica y diafanidad en la dramaturgia. El diálogo entre un personaje “de carne y hueso” y otro de evidente simbolismo exigía una mayor diferenciación entre caracteres. La coreografía apuesta por un despliegue técnico no siempre bien sustentado por el impulso dramático. Demasiado previsibles, por ejemplo, esos fouettés de la apoteosis. Demasiado efectista (y peligroso) el salto final al vacío. Hay que reconocer, sin embargo, la suficiencia técnica y la energía de las intérpretes, aunque la caracterización resultara algo plana. Fuente: CubaSi 

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