Quisiera gozar mis tristezas en La Habana: Eliseo Alberto

Esta noticia es de hace 12 años
En El retablo del Conde Eros (Editorial Planeta, 2008), ¿es más importante la memoria, la invención o la invención de la memoria? Eliseo Alberto medita unos momentos y luego responde: “Preguntado así, yo creo que es la invención de la memoria, porque la novela transcurre en 40 días, en la cuaresma de 1957 en una Habana que apenas conocí, en un mundo que nunca conocí”. Nacido en 1951, Eliseo Alberto comenta en entrevista que no vivió el mundo de las noches habaneras “de los teatros para hombres solos, de los teatros porno, de la noche pecadora, vamos a decirlo así”. Sin embargo, su recreación, o más precisamente, su creación de este mundo en El retablo del Conde Eros es la que atrapa al lector que no puede despegar los ojos de este libro que se presentará hoy al mediodía en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. El escritor habla de una Habana que, año y medio después, se acabaría para siempre con el triunfo de la Revolución cubana. “No es como otros países, donde te puedes encontrar muchas edades en una ciudad, un barrio o zonas de una ciudad que se conservan: unas muy modernas, otras muy conservadoras, algunas pecadoras. La Ciudad de México, por ejemplo, son muchas ciudades”. Su novela tenía que suceder en una Habana cercana a lo que denomina un destino trágico. “Tuve que inventar esa memoria en una ciudad y con unos personajes heridos, dañados, maltratados por la mala suerte, no por otra cosa. Y, como siempre en mis novelas, los personajes son muy feos, gordos... No son la imagen típica de que los varones cubanos son muy viriles y las mujeres muy mujeres, y ambos hacen el amor 36 horas seguidas sin escalas. ¡Nada, es la otra Cuba!”. No es la Cuba de los hospitales y las escuelitas, como le llama Paquito D’Rivera, sino la que el autor califica como “la Cuba más turbada”. Es una novela habanera, indica, “pero no es La Habana de la santería o la Cuba profunda de los mitos africanos, sino más bien una Cuba más gallega, más canaria”. Aunque ha vivido en el exilio, Eliseo Alberto se siente muy cerca de La Habana, sobre todo cuando escribe una novela como El retablo del Conde Eros. “Mis dos últimas novelas suceden en La Habana y yo me propuse, como escritor, pensar que las estaba escribiendo como si fuera un escritor de la isla y todo lo que eso significa en cuanto a prudencias del discurso ideológico-político y en cuanto a cercanía”. Existía el peligro de que la distancia del exilio y sus rencores convirtieran una historia no política en una historia política, agrega. “En el proceso de la escritura yo quería sentir La Habana y disfrutarla, que el lector se sintiera en La Habana, sin señalamientos de naturaleza política. Antes y después de la escritura, cuando estoy pensando en la novela o cuando estoy tratando de olvidarla, también es para mí una experiencia muy grata, porque en honor a la verdad, después de casi 20 años lejos de La Habana cada día pienso menos en La Habana”. Y aunque afirma que le preocupa más López Obrador que Fidel Castro, el alza del arroz que la desaparición del arroz, reconoce que cuando hace sus tareas literarias se pone la camiseta de Cuba. “Me pongo mis guayaberas, me hago mis frijolitos, trato de recrear aquí en mi casa una minúscula Habana, una Habana de bolsillo que quepa en mi terraza. Eso me mantiene en contacto con mis compatriotas, pero es muy difícil. Decía Alberti que ‘el exilio es una tristeza obligada’. Yo quisiera gozar mis tristezas en La Habana”. De los sentidos Si en Esther en alguna parte el novelista incluía de alguna forma los recuerdos de su padre, el poeta Eliseo Diego, ello ocurre también en El retablo del Conde Eros. Esto se debe a que sus recuerdos de La Habana vienen de la mano de Eliseo padre. “Lo otro que sé de La Habana lo sé por su literatura. Hay un poema que ayuda mucho a visualizar La Habana: En la Calzada más bien enorme de Jesús del Monte/donde la demasiada luz forma otras paredes con el polvo. Toda esa visión de La Habana está en mis libros, y mi papá era un maestro en ese tipo de imágenes. Yo trato, pero él logra siempre ver lo que nadie ve”. Quienes conocieron La Habana de los años cincuenta reconocen el esfuerzo del novelista, quien se asume afín a la sensibilidad de su padre. “Yo construyo esa Habana más bien por sus olores y sus sonidos que por su descripción arquitectónica. Es una Habana poco expresionista, donde los sentidos, más que los sentimientos, tienen un papel protagónico. En la exposición de los sentidos se llega a los sentimientos. Hay escritores que van directo al sentimiento y obvian los sentidos, pero a mí me parece un camino no obligado, pero sí me gusta prestar un poquito de atención a los sentidos”. Fuente: Milenio.com

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