Wendy Guerra: ni heroína ni perseguida

Este artículo es de hace 12 años
Representar a una generación es mucho peso para un escritor, por eso siempre que tiene la oportunidad, Wendy Guerra le aclara a quien quiera escuchar que no es ninguna de las dos Juanas: ni La Loca ni la de Arco, que no es una heroína ni la están persiguiendo. Por ahora lo que quiere es ganar la batalla literaria: ir a las Olimpíadas, no a las Paraolimpíadas. ''Estoy hablando de mí, no del pueblo de Cuba ni de toda una generación'', dice Guerra en uno de los cafés de Bal Harbour, cerca del hotel donde se aloja para asistir a la Feria Internacional del Libro de Miami, en la que se presenta hoy junto a un grupo de los 39 jóvenes escritores latinoamericanos que se reunieron el año pasado en el programa Bogotá Capital Mundial del Libro. Si aquellos críticos de la isla que se ensañaron con la escritora cubana, acusándola de frívola después de leer sus poemas de juventud, la vieran conceder una entrevista en el centro comercial más elegante de Miami, entre tantas boutiques, reafirmarían sus prejuicios. ''Lo frívolo no está en mi sombrero sino en los que miran mi sombrero'', responde Guerra como lo hizo entonces. ``Si hablaran conmigo cinco minutos se darían cuenta de que hay más dolor que glamour''. Con la publicación en el 2006 en España de Todos se van, novela con tintes autobiográficos en forma de diario que recibió el Primer Premio de Novela Bruguera, Guerra, de 37 años, ha recibido un espaldarazo del mundo editorial. Nombres importantes de la literatura iberoamericana como Eduardo Mendoza, escritor y académico de la Lengua que en calidad de jurado único le otorgó el Premio Bruguera, o el novelista mexicano Jorge Volpi, han alabado la frescura de su estilo, los cambios de géneros y registros, la polifonía que ha conseguido en sus dos primeras novelas. Este año, con la misma editorial, Guerra acaba de publicar Nunca fui Primera Dama, que se enfoca en la figura de una periodista radial inspirada en su madre, Albis Torres, pintora y poetisa que reunió a su alrededor a varias generaciones de artistas cubanos. Para apoyar la investigación de fondo para su próxima novela, Posar desnuda en La Habana. Diario Apócrifo de Anais Nin, Guerra ha recibido tres becas: una en Estados Unidos, una en Francia y otra en Barcelona, la que le permite ahora residir en esa ciudad. Sin embargo, pese a estos logros en el extranjero, las novelas de Guerra no han sido publicadas en Cuba, donde se encuentra su hogar, junto a su esposo desde hace 15 años, el pianista Hernán López-Nussa. ''En Cuba mis novelas se leen en fotocopias. La gente se las prestan y las fotocopian. Interesan porque la literatura y el cine han venido a sustituir otros espacios de información'', informa Guerra. Para la escritora, toda la atención que está recibiendo, el éxito de sus novelas, especialmente en Francia, debería estarle pasando a su madre. Albis Torres fue miembro de la primera generación de estudiantes de la Escuela Nacional de Arte (ENA) en la década de los años 60, y a su vez centro hacia el que gravitaron tanto los intelectuales aceptados como los marginados por la cultura oficial; sin embargo nunca pudo publicar su poesía. ''En un mundo en el que constantemente se despedía a los amigos, mi mamá siempre encontraba alguien que sustituyera al que se iba'', recuerda Guerra, que en Todos se van recoge muchas pérdidas de personas queridas a las que tuvo que decir adiós porque se iban del país. Casi al mismo tiempo que aprendió a escribir, Guerra empezó a llenar sus diarios impulsada por su madre. 'Ella era muy exigente; decía: `Con lo que mi hija ignora se puede escribir una enciclopedia' '', recuerda Guerra, que creció entre una cúpula de libros y arte que su mamá le construyó como refugio y entretenimiento. Guerra tuvo la posibilidad de consultar muchos de los volúmenes ''forrados'' que conformaban parte de la biblioteca de su madre, aquéllos escritos por autores que habían caído en desgracia y cuyas carátulas tenían que esconderse. ''Cuando mi mamá estaba perdiendo la memoria empezó a decir cosas muy fuertes de personas que estuvieron prohibidas en Cuba y después pasaron a ser casi obligatorias'', cuenta Guerra del momento en que su madre enferma de Alzheimer hasta su fallecimiento en el 2004. ''No creía en las coyunturas políticas, sólo en los seres humanos y en el arte'', recuerda Guerra, que de lo que su madre ''le dejó'' atesora especialmente la postura de eterna aprendiz. ''Tengo un mundo fantástico que va desde la literatura infantil rusa de los años 70 hasta unos zapatos Chanel o unas botas cañeras, desde un cuadro de Waldo Saavedra o un pedazo de espejo roto de Humberto Castro hasta un videoclip de Ernesto Fundora'', reconoce Guerra, que no desdeña ninguno porque hay que ``ser equilibrado en los gustos y conceptos''. Guerra acredita a la revolución de la plástica cubana como inspiradora de su estilo literario. ''Ellos fueron la vanguardia. Dentro de la plástica a nadie le importa los elementos con que se arma una obra, sean efímeros o eternos'', comenta. Como escritora ha seguido estas tendencias, incluyendo fragmentos de canciones. En Todos se van aparecen Muchacha (Ojos de papel), de Luis Alberto Spinetta, o Eclipse de mar, de Joaquín Sabina y Luis Eduardo Aute; varios temas de Carlos Varela e incluso instrucciones de cómo manipular una granada de mano, que formaban parte del currículo de una materia obligatoria para todos los universitarios cubanos: cátedra militar. Estas ''interrupciones'' sirven para poner en contexto tanto los intereses como las experiencias de la generación de los ''nietos de la revolución'', porque si Guerra incluye a los amigos de su madre, también da un lugar importante a los suyos. Se considera parte de una Cuba ''más abierta al mundo, interesada en escribir una obra muy posmoderna''. Esto la acerca a otros escritores en Latinoamérica que están escribiendo este tipo de ''literatura ensamblada''. Parte de ese grupo de creadores fueron invitados al encuentro del año pasado en Bogotá. De Cuba asistieron Ena Lucía Portela, Ronaldo Menéndez y Karla Suárez; de Perú, Santiago Roncagliolo, de Argentina, Andrés Neuman y el dominiconorteamericano Junot Díaz. Estos últimos compartirán con Guerra en la cita de hoy en la Feria de Miami. Por ahora Guerra se concentra en una profunda investigación historiográfica para la novela de Anais Nin, que transcurre entre 1923-1924, intervalo en que la escritora francesa pasó un año sin escribir en su diario y fue a Cuba, la isla de sus padres, para casarse con su primer esposo, Hugh Parker Guiler. Cuando termine la beca regresará a Cuba, donde ''vive como ama de casa, escribe y lee porque no hay nada más que hacer''. Sigue deseando que sus novelas se publiquen en su país, como sí ha ocurrido con los poemarios Platea a oscuras, (Premio 13 de marzo de la Universidad de La Habana, 1987), y Cabeza rapada (Premio Pinos Nuevos, 1996). Anhela escribir una novela donde la política no aparezca, como Buenos días, tristeza, de Franc¸oise Sagan, confiesa. Por ahora sigue llevando el arte hasta las últimas consecuencias. Celia Sánchez, la colaboradora más cercana de Fidel Castro en la Sierra Maestra y en las dos primeras décadas de la revolución, es un personaje de Nunca fui Primera Dama. ``Celia es mucha gente, muchísimas mujeres que creyeron, que estuvieron detrás de muchas figuras masculinas ayudando en lo que fuera. Es la simbología de eso. No podemos exigir que la revolución no pasó''.... Y habla en pasado.•  Fuente: Nuevo Herald

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