Música a la distancia de cuatro siglos

Este artículo es de hace 11 años
El Centro Histórico de la Habana Vieja se transformó con el VII Festival de Música Antigua Esteban Salas en un hervidero de músicos y melómanos ansiosos por revivir el eco de sonidos conservados por la tradición escrita en partituras que advierten cuándo sube, permanece o baja la melodía, si se agita, adormece o detiene el pulso y si crece, permanece o disminuye la intensidad. Partituras que no lo precisan todo, no pueden, aún cuando la notación moderna refleja ya muchos detalles que en el pasado incluso ni se anotaban: se daban por supuestos. Y Vivaldi generalmente ni siquiera escribía, como hacían otros compositores, el cifrado para sus acompañamientos, pues sólo indicaba el sonido más grave. Todavía se emplean las cifras en mucha música popular, pero aunque en los predios académicos se fue produciendo una creciente intención de "congelar" la imagen de la obra musical, pretendiendo la total obediencia del intérprete a los mandatos del compositor, la práctica demuestra que a la notación de éste siempre le quedan "espacios vacíos", como les llamara el teórico polaco Román Ingarden que, para decirlo en su terminología, se llenan en una cierta concretización propia de quien -y hasta del momento- en que se ejecuta, nunca igual a otro. Incluso una autoridad en este repertorio llamado "de época" como es el pianista y director alemán Christian Zacharias explicaba hace algunos años ante los micrófonos de la Deutsche Welle cómo había configurado un CD con varias versiones suyas -grabadas en diferentes ocasiones- de una sola Sonata de Doménico Scarlatti, prueba de cuánto puede variar una misma obra hasta con el propio intérprete. Nada nuevo bajo el sol porque, como advirtiera Heráclito, nadie se baña dos veces en el mismo río. Es así -y ello vale para cualquier repertorio musical- que la intención de ajustarse a un modelo estricto, a una "verdad" definitiva, es tan quimérica como en toda esfera del conocimiento: no es un punto, sino un proceso en el cual, imaginando un sistema de coordenadas, sólo nos es dado aproximarnos al eje desde una curva que tiende al infinito sin tocarlo. Ésa es la esencia que subyace en lo profundo de la problemática del rescate y la fidelidad a una música. Tratándose de las más pretéritas, sólo el estudio riguroso permite desentrañar los rasgos estilísticos propios de un momento y lugar para, desde esa base, aproximársele en la medida posible. En todo caso, admitiendo variaciones tan legítimas como las que pudieron ocurrir en el instante de su concepción allí, al lado del propio compositor y hasta interpretadas por él mismo. En este contexto, hubiera podido parecer pretensioso el proyecto de un conjunto cubano de música antigua como Ars Longa, fundado hace 15 años, hoy con nueve discos compactos grabados, numerosos conciertos y giras internacionales -y ya vienen despuntando seguidores en el patio-. Además, con el apoyo de la Oficina del Historiador de la Ciudad, insertos en un proyecto cultural animado por Eusebio Leal Spengler, han logrado reunir, encargar, aprender a tocar y enseñar instrumentos antiguos originales o en réplicas, otro aspecto importante para poder restaurar el paisaje sonoro del pasado europeo y el del colonial americano. De nada valdrían estas sutilezas, porque no es sólo asunto de un cierto color sonoro, si los intérpretes no incorporan en similar medida la técnica de ejecución pero, por encima de eso también, el concepto interpretativo más afín con la filosofía de aquellas músicas y culturas. Mucho significa entonces compartir el escenario y confrontar criterios con autoridades como la francesa Pascale Boquet, y la escuchamos aquí junto al cubano Áland López, ambos al laúd tocado con el mayor fundamento, empaste y acople, seguidos en algunas piezas por Anayza Núñez en un arpa doble de tal modo que, juntos los tres, se fundían como un solo instrumento. Áland tuvo una completa formación en la guitarra, pero no es lo mismo buscar en el instrumento moderno la más potente sonoridad de las cuerdas atacándolas con agarre pleno y perpendicular que "tirándolas" en diagonal, como sólo podían tocarse el laúd y la guitarra renacentista -que la Profesora Boquet también interpretó-, todo con un carácter más íntimo, además de otros recursos técnicos de articulación del sonido como la alternancia del pulgar con el índice en la así llamada figuetta, que ambos lucieron con absoluta coherencia. Otro espontáneo intercambio -y hubo más- fue una improvisada lección de la trompeta sin llaves que vimos desarrollar a Kresimir Fabijánic, después de su actuación junto al Conjunto Barroco de Croacia, y maravilla verlo cambiar de sonidos destapando huecos con tanta limpieza y ligereza en los más diversos giros. Él actuó en algunas obras con el grupo liderado por la violinista Laura Vadjon, quien acumula una importante labor de rescate e interpretación en el ámbito musical de ese período en su país o en el Viejo Continente y se ha presentado, sola o con el conjunto, junto a figuras de inmensa ejecutoria mundial como la clavecinista estadounidense Kathleen McIntosh, presente también en La Habana con su experiencia y buen gusto interpretativo, donde actuó con la laureada flautista cubana Niurka González y la Orquesta de Cámara Solistas de La Habana. También el curso de construcción de instrumentos antiguos de cuerda pulsada por el luthier francés Didier Jarny, sesionando paralelo al de interpretación de su compatriota Pascale Boquet, permitieron abrir el espectro en la dirección teórico-histórica, que incluyó una muestra de instrumentos antiguos de cuerda inaugurada en el Museo de la Ciudad, incluyendo las réplicas hechas por el luthier cubano Raúl Lage, bajo la asesoría de Áland López e importantes maestros de diversos países. Entre tanto acontecimiento que es imposible enumerar de modo exhaustivo cabe rememorar los conciertos de inauguración y clausura por su significado simbólico: abrieron con la ópera sacra de cámara San Ignacio de Loyola, exponente de la música en lo que fueran las misiones de la actual Bolivia, atribuida a dos compositores jesuitas, el italiano Domenico Zípoli y el suizo Martin Schmid, y que interpretara el Conjunto de Música Antigua Ars Longa. Una alegoría de la lucha entre el bien y el mal, donde, a juzgar por el despliegue de facultades musicales y escénicas, el Demonio (Roger Quintana, tenor) hubiera vencido a sus oponentes de no ser porque los otros añadían cada vez más bondades, terminando en una victoria rotunda por mayoría, ante el empate de calidades coincidentes en San Ignacio (Teresa Paz, soprano), San Francisco y Mensajero 1 (ambos por Adalis Santiesteban, mezzo), Mensajero 2 (Yunié Gainza, alto) y el ejército de instrumentistas en las escuadras de violines, oboes, cuerdas pulsadas y teclados. A propósito de calidad: el concierto de clausura tuvo como atractivo central a la flautista Niurka González, a los Solistas de La Habana y alumnos del Instituto Superior de Arte en obras de Couperin, Telemann, Boismortier y Giovanni Chinzer, algunas con cambios de formato que eran muy usuales en épocas donde lo que más importaba era el tejido polifónico, no tanto con qué fuentes sonoras se armaba, de manera que consignarlo como aclaración se agradece, pero no porque se requiriera a modo de justificación teórica en el programa de mano. Esa noche, pese al designio fatal del escultor rumano Constantin Brancusi acerca de que "nada crece bien a la sombra de un gran árbol", se logró una profunda interacción que subordina el concepto de lo que en época posterior fue el solista virtuoso, al objetivo de sumar voluntades e intenciones expresivas, sin que por eso faltara, en la dosis adecuada, el destaque del pasaje ligero y ágil o del profundo cantable, ampuloso o sutil. Y se jugó con mucho más que el balance en el plano dinámico, que también estaba la correspondencia de articulaciones y sentido del fraseo, algo imprescindible si una hace la propuesta y otra da la respuesta, o imita el mismo motivo melódico, o lo despliega en variación, como hicieran tan limpia y coherentemente Niurka González con sus alumnas del Instituto Superior de Arte integrando un quinteto con el encanto musical de sirenas que ya no cantan sólo para un mítico Ulises. Coherencia fue la palabra clave en este VII Festival de Música Antigua Esteban Salas, a partir de la ductilidad para domeñar el temperamento individual en una música que, como la de cámara, obliga a entrar en su pulso, donde la condición de artista muestra su verdadera madurez cuando logra subordinarse al objetivo común. Fuente: Cubanow.net

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