Eclosión en la Catedral

Este artículo es de hace 9 años
Las circunstancias pesan. El ambiente también hace la música. La experiencia del espectador —escuchar, ver, sentir— que se dispuso a recibir en plena Plaza de la Catedral la ofrenda de los muchachos del Lyceum Mozartiano de La Habana no puede ser la misma del que acude a una sala de conciertos o acomodado en una poltrona utiliza audífonos para aislarse del mundo. La mayoría de ellos se encontró por segunda vez con el maestro Jorge Rotter, quien viajó desde Salzburgo para compartir faenas creativas. Reconocido en el medio musical argentino como uno de los conductores más capaces, Rotter lleva las riendas de la Cátedra de Dirección Orquestal en el Mozarteum. Sobre el podio, sus ademanes son elocuentes y precisos, pero donde radica su extraordinario mérito es en el trabajo previo, en las sesiones de montaje del programa, verdaderas lecciones de estilo, de maestría en la transmisión de una cultura del sonido: no impone, sugiere; no manda, convoca. Mozart, en esta ocasión la Sinfonía en Do Mayor KV 338, llegó al auditorio con el fulgor del equilibrio clásico, donde los pasajes levemente chispeantes se compensan con la reposada línea de los aires más apacibles. Y luego, en esa misma línea, el Concierto para corno y orquesta KV 417, en el cual la contribución como solista de Debbie Vélez, trajo la evidencia de un talento en rápida y segura ascensión. Porque no es cosa de pasar por las notas sin yerros en la afinación y templanza en la emisión —sabidas son las veleidades del instrumento—, sino de identificarse con la intención melódica de una pieza que en el movimiento final exige una dicción virtuosa. Como culminación, la Quinta, de Beethoven, con la carga mítica de los golpes a la puerta del destino en los primeros acordes de un movimiento que forma parte de la memoria sonora universal. Pero su jerarquía sinfónica no queda allí. Hay que reparar en la trama lírica del Andante y en la ingeniosa fuga de las cuerdas en el tercer movimiento para aquilatar la permanente actualidad de la impronta beethoveniana. Rotter consiguió que los jóvenes instrumentistas se imbuyeran del espíritu de las inflexiones con que la escuela germánica ha arropado la herencia de Beethoven, desde que directores como Wilhelm Furtwangler y Herbert Von Karajan lo asumieron como piedra angular de sus repertorios. El concierto venció el desafío que suponía una audición al aire libre mediante un meritorio diseño de la amplificación por parte de Denis Casteleiro, quien supo privilegiar el balance de los planos sonoros por encima de una menguada fidelidad tímbrica. Mucho más importante era que el tránsito de la madurez clásica a la irrupción romántica hollara la sensibilidad de un espectador que tenía ante su vista la nocturna monumentalidad del barroco insular de la piedra catedralicia en la ciudad de las columnas celebrada por Alejo Carpentier. No por casualidad, en la ronda de los agradecimientos, Rotter volvió al podio para entendérselas con la calidez rítmica de la contradanza de la Cecilia, de Gonzalo Roig, prenunciada en el ruido de los niños que jugueteaban por las calles aledañas después del cañonazo de las nueve, y en los sones, boleros y habaneras escapados de los cafés del centro histórico de la urbe. Mozart y los tamalitos de Olga; Beethoven y el Chan chan en la lejanía. ¡Cómo no!   Fuente: Granma Digital

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