Las reformas no han aliviado las dificultades en Cuba

Este artículo es de hace 9 años
Luego de la renuncia de Fidel Castro a la Presidencia por razones de salud, pocas cosas en los últimos años han turbado de manera tan profunda la vida de los cubanos como las reformas económicas iniciadas a principios de este año por órdenes del sucesor del comandante, su hermano Raúl. Transformaciones cifradas fundamentalmente en el despido de medio millón de trabajadores estatales y su tránsito al empleo por cuenta propia. Las reformas incluyeron también la considerable reducción de los beneficios en la libreta de abastecimiento mediante la que se distribuían alimentos de manera subsidiada. Percibido como una medida desesperada para tratar de mantener la estabilidad del Régimen mediante la actualización del obsoleto modelo soviético, el ya famoso ‘cuentapropismo’ se inserta accidentadamente como uno de los ejes que definen la narrativa de la realidad cubana contemporánea sin que el Estado haya respondido aún a las cuestiones más elementales que plantea su establecimiento. La expectante cautela con la que el pueblo recibió el anuncio de la legalización de infinidad de oficios que ya desde mucho antes se ejercían, se ha eclipsado hasta convertirse en otra más de las consumadas frustraciones con las que el cubano promedio da sustancia a una desesperanzada tristeza que parece impregnar su otrora espíritu festivo. Con una población de poco más de 11 millones de habitantes y una fuerza laboral de 5 millones cuyo salario mínimo ronda los 300 pesos cubanos al mes (unos USD 10, el doble para un médico), Cuba vislumbraba que, a partir del cambio de estatus de esas 500 000 personas, de “trabajadores estatales” a “disponibles para el empleo” -como eufemísticamente llama a los despedidos- 200 000 de ellos serían absorbidos por cooperativas que se formarían en empresas operadas por el Estado y 250 000 optarían por otras tantas licencias de trabajo por cuenta propia. No obstante, poco o nada se ha sabido de la primera avenida, mientras que la segunda enfrenta abismos que parecen insalvables para los flamantes y no menos atribulados nuevos empresarios. En Marianao, en el balcón de una casa de dos plantas segregada en pequeños apartamentos, Isabel N. (muchos se muestran reacios a dar sus apellidos) mira con recelo la cámara de Ismael Fernández (el fotógrafo) mientras acomoda sobre una desnivelada mesa las pocas prendas de ropa íntima femenina que tiene para la venta. “Me siento muy bien, muy contenta, por la oportunidad que nos ha dado el Gobierno de echar pa’lante, porque antes no tenía nada”, dice con una convicción casi marcial. “Sí, me siento muy optimista con estos cambios... y admiro mucho a Fidel, ese presidente maravilloso que tenemos”, agrega, ajena a que el comandante dejó ese puesto desde febrero de 2008. “¿Viajar fuera de Cuba?, no señor para nada, nunca me ha interesado salir del país... ¿Para qué? Aquí estamos muy seguros. ¿Usted no ha visto cómo somos los cubanos? Ahí tiene...”, agrega. Unas calles más adelante, Tony apenas levanta la mirada sobre los espejuelos que sostiene en la punta de la nariz cuando nos escucha llegar a su derruido hogar. Un letrero pintado a mano declara que “Se arreglan prendas”, junto a otro en el que se anuncia que también se venden CD. “Sí, este es un arte que es muy difícil de realizar”, apunta sin dejar de mirar el aro que intenta enderezar con unas pinzas. “Llevo unos cuatro años en esto... lo aprendí en la calle, mirando a otra gente, preguntando. Tengo otra licencia para tallar madera y hacer esculturas, pero eso tampoco da para nada”. Se seca el sudor, con la mirada fija en la diminuta prenda. “Toda mi vida he trabajado por cuenta propia y ahora resulta que el Gobierno tiene que darme una licencia para ganarme la vida haciendo lo que sé hacer”, dice con voz pausada. “Pero en fin... esto está empezando ahora y hay cosas que molestan, como lo que hay que pagarle al Gobierno aunque no saques ni para comer. Son cosas que no encajan”. Bebe un poco de agua, sin mirarnos, como si cayera en cuenta de que verbaliza por primera vez algo que sabe desde hace tiempo. “Aquí en la casa todo el mundo depende de lo que hago con esto y de lo que hace mi esposa con los discos”, agrega. “A veces sacamos al mes unos 500 pesos cubanos, unos USD 20. Con eso se hace difícil mantener a la familia, pero es menos malo que trabajar por el salario del Estado”. -¿Y el futuro?, le pregunto. “Francamente lo veo con pesimismo... no se acaban de crear las estructuras y los mecanismos para que esto funcione y el trabajo por cuenta propia se desarrolle”, explica. “El Gobierno no da apoyo alguno, ni siquiera la oportunidad de conseguir, en mi caso, las herramientas más elementales y la materia prima. Esto no tiene nada de próspero... además, yo no tengo permiso para fabricar y vender prendas, solo puedo reparar... sirve algo para el sustento pero no te saca de la miseria”. -¿Tienes ilusiones? “Claro, sí... como todo ser humano. Que la vida sea un poco menos dura, con más espacio para mejorar... que el negocio funcione. Pero vivimos en una crisis muy grande, tanto que, hasta donde me alcanza la vista, no tiene remedio”, sentencia. En El Vedado -otro barrio habanero que a mediados del siglo pasado era de clase media alta- una casa de tamaño poco más que mediano alberga en su jardín frontal a media docena de ‘cuentapropistas’ con un variado inventario: bisutería, ropa, plantas medicinales, revistas, libros, discos compactos... Ahí, por un CUC -el peso cubano convertible, equivalente a 24 pesos o a cerca de USD 0,90- Maricel Trujillo vende casi cualquier disco que se le solicite. Si no lo tiene, puede apostar a que lo consigue y al día siguiente lo tiene listo. “Llevo siete años en este negocio, que antes era ilícito, pero que me iba muy bien, porque no tenía que pagar patente ni impuestos”, explica con una media sonrisa. “Cuando me cogían los inspectores, pagaba una multa y al otro día seguía. Así se vivía, pero al cambiar ahora... empezamos más o menos bien, cuando se pagaban 60 pesos mensuales por la licencia. De pronto, sin avisar, la subieron a 250 pesos al mes y apenas me alcanza para pagarla y que me sobre algo”. Pasa sus dedos por una Biblia que tiene abierta al lado de su mercancía. “Hay que pedir ayuda allá arriba”, comenta con una mirada al cielo. “Para peor, ahora hay mucha más competencia, tanta que la venta ha bajado un 80%. Mis ventas no compaginan con lo que tengo que pagarle al Estado. La semana pasada apenas gané 90 pesos”. Con tres hijos adolescentes que dependen de ella, Maricel suspira. “En pocas palabras, antes me daba para vivir, ahora no. A veces no nos alcanza ni para comer, porque le tengo que pagar al Estado más de lo que es mi ganancia”. Fuente: El Comercio.com

Este artículo es de hace 9 años

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