Silvio en San Antonio de los Baños: Papalote constante más allá de la cuchilla

Esta noticia es de hace 8 años
Presentación de Silvio Rodríguez con Trovarroco, Oliver Valdés y Niurka González; en La cueva del Sumidero, San Antonio de los Baños, con el grupo Yaguar y Amaury Pérez como invitados. “(…) mi memoria se empina a ratos como tus papalotes, los invencibles, los más baratos, y te levanta en peso, Narciso el Mocho, para ponerte junto a los elegidos, los que no caben en la muerte”. En una esquina de San Antonio de los Baños, común a la vista, corriente, hay un puesto de venta de vegetales y viandas, pequeño, tan poco especial como aparentemente el lugar que lo acoge. Júpiter la Bala le dicen al vendedor, sin que la razón del apodo sea evidente. Su nombre es Nardo Castellanos, es un hombre de 63 años, de trato fácil, elocuente, mucho. Contando tanto en un momento, como quien no lo puede evitar, evoca su niñez, y ya se está viendo con 8 o 9 años en el río Ariguanabo, haciendo travesuras, “cosas de muchachos”, y de pronto un guiño, una coincidencia que asalta: habla de un viejo personaje hacedor de papalotes y de pelotas también, el borracho del pueblo que vivía junto a la bodega que ahora sirve de establecimiento al modesto negocio de venta. “El Sol de Cuba”, reza el dibujo en la pared, y una inscripción en letras grandes en la parte superior de la fachada. (Ya suena una estrofa de canción). Nardo conoció de niño a Silvio Rodríguez, también niño entonces: “4to y 5to grados los pasamos juntos”; y esta bodega es El sol de Cuba de El Papalote, compuesta tiempo después por el trovador, en 1972. El lugar se revela así espacio mítico salido de la letra para sorprender, para causar cierta sensación, algo rara, y dar la impresión de que ha sido la canción la que precedió al lugar y los hechos, y cierta magia de la leyenda musicalizada ahora se proyecta sobre aquellas viejas paredes que de otro modo acaso dirían nada o muy poco. Estamos muy cerca de donde vivía Narciso el Mocho, el personaje de la canción, que nunca la sospechó. De aquella época solo se conserva en el lugar el mamoncillo grandísimo del patio, añejo testigo silencioso. Y algo más, mucho más: una canción, la concreción en poesía y melodía de una fascinación despertada por el viejo Narciso, bebedor, posiblemente ermitaño, obstinado, misterioso. Así, el papalote no cae, voló siempre, vuela, muy alto. No hay cuchilla que pique esa imaginación. Al final del concierto de hoy, cuando sonó la canción tan de barrio, tan de historia memorable de pueblo pequeño, un amigo, después de haberla escuchado muchas veces, dice haberla entendido por primera vez (¿entendido, sentido, sentipensado?). Allí estaba el viejo personaje vivo en una memoria. En la oscuridad del público, desde lejos se adivinaban esta noche las sonrisas de los amantes de volar papalotes, o simplemente de echar a volar cosas, algo que todos amamos por lo menos una vez. Fuente: CubaDebate

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