Un siglo junto a Cundo Bermúdez

Este artículo es de hace 6 años
Próxima a la conmemoración del centenario de su nacimiento (La Habana, 3 de septiembre de 1914) una exposición recién inaugurada reafirma el lugar que le corresponde en el pelotón de vanguardia de la pintura cubana del siglo XX   Cundo Bermúdez blasona su jerarquía en el Edificio de Arte Cubano del Museo Nacional de Bellas Artes. Próxima a la conmemoración del centenario de su nacimiento (La Habana, 3 de septiembre de 1914) una exposición recién inaugurada reafirma el lugar que le corresponde en el pelotón de vanguardia de la pintura cubana del siglo XX. Si ello salta a la vista cuando se recorre la colección permanente de nuestra principal institución museística, ahora esa condición se refuerza mediante la observación y el disfrute directos de Cundo Bermúdez: pasión y lucidez, que reúne, bajo la curaduría de Roberto Cobas, 25 piezas en óleo, tempera y acuarela que abarcan un plazo comprendido entre 1941 y 1964.   La consagración de la obra de Cundo comenzó a cuajar en la década de los 40 de la centuria pasada. Fueron momentos definitorios la exposición de arte cubano contemporáneo de 1942 en el Lyceum habanero,  su primera muestra personal en ese mismo lugar, la panorámica colectiva de 1943 que organizó José Gómez Sicre en el Instituto Hispano Cubano de Cultura, y, de manera muy especial, la exposición de pintura cubana en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) en 1944.  Dos piezas su­yas, El balcón y La barbería, engrosaron la colección permanente de la entidad neoyorquina.   Como efecto dominó, ante la acogida del MoMA, atrajo la mirada de marchantes y galeristas de San Francisco y Kansas City y se hizo presente en espacios de Ciudad de México y Buenos Aires.   La siguiente década terminó de consagrarlo en los circuitos internacionales, al colocar obras en Mu­nich, París y Estocolmo y participar en las Bienales de Venecia (1952), de Sao Paulo (1956) y obtener ese mismo año el primer  premio en la Internacional de Arte del Caribe, de Houston.   En Cuba su actividad fue incesante. Estuvo entre los artistas que organizaron una muestra paralela a la Bienal Hispanoamericana financiada por el franquismo y auspiciada por el batistato en La Habana que pretendió dar un barniz cultural al régimen de facto y se sumó más de una vez a las presentaciones colectivas de la Sociedad Nuestro Tiempo, que como se sabe nucleó a la intelectualidad progresista y antidictatorial de la época.   Bermúdez decidió emigrar y en Puerto Rico y Estados Unidos siguió siendo consecuente con la expresión identitaria que lo distinguió hasta su muerte en el 2008.   En su obra, Bermúdez nos dejó la impronta de la insularidad. Una insularidad que no fue ajena a la doble toma de conciencia de la vanguardia de su época acerca de que se respondía a una identidad en la medida que se asimilara el lenguaje más avanzado a escala internacional y de que, al mismo tiempo, la imitación de modelos foráneos, sin asideros espirituales, estaba condenada al fracaso.   Así lo supieron los adelantados que le precedieron (Amelia Peláez, Víctor Manuel, Fidelio Ponce, Carlos Enríquez, Wifredo Lam, y Marcelo Pogolotti) y sus coetáneos René Portocarrero, Mariano Rodrí­guez y Mario Carreño.   En San Alejandro, aprendió el oficio académico para prontamente superarlo, atraído tanto por las novedades como por una necesidad interna de expresión. De tal manera comenzó a explorar una zona temática y conceptual muy próxima a la vibración de nuestra música, a la idiosincrasia extrovertida de los cubanos, al pulso de nuestras calles, todo ello hecho sin desbordamientos, más bien ateniéndose a una visión muy equilibrada del color y la dinámica de la composición.   Graziella Pogolotti en 1965 escribió sobre el pintor: “Cundo Ber­múdez en su fidelidad a un mismo modo expresivo es pintor característico de un momento, de ese que puede situarse un poco antes y después de 1940. Búsqueda de lo cubano, unida a una actitud entre irónica y bonachona, en que la tragedia se deja a un lado y la realidad inmediata se proyecta hacia un pasado que está dejando de existir. (…) Siempre fiel a cierto voluntario puerilismo y a una temática muy cubana, la composición de Cundo Bermúdez evolucionará hacia un progresivo es­quematismo, sin perder en su concepción los rasgos típicos de este primera época”. Fuente: Granma

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