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Este artículo es de hace 6 años
El pintor José Julián Aguilera falleció la pasada semana, en la ciudad de Santiago de Cuba. Su deceso fue como consecuencia de un paro respiratorio. El artista, próximo a cumplir los 80 años de edad, desarrolló una fecunda labor y alcanzó celebridad por el dominio del grabado, aunque también pintaba y trabajaba la escultura Al pasar las horas, los recuerdos se fueron organizando en la mente. Y se descongelaron de la memoria instantes vividos junto al maestro José Julián Aguilera Vicente (1934-2014). Aunque lo primero en que pensé fue en Santiago de Cuba, su ciudad natal (aunque fue inscrito en Las Tunas). Pero Santiago fue una de las “musas” más importantes de su creatividad artística, fundamentalmente el grabado, donde dejó sus más caras huellas.   Igual que esas incisiones artísticas que marcó en la madera durante décadas de bregar por la xilografía, así está inscrito su nombre en la Ciudad Heroica de la República, a la que dedicó gran parte de su obra, como otros creadores en el tiempo que se transformaron en sus mágicos espejos. Durante muchos años, contribuyó a la formación de cientos de estudiantes de arte en la Escuela José Joaquín Tejada, así como en la Universidad de Oriente.   En su taller santiaguero Aguilera —cercano al cuartel Moncada— dejó un importante tiempo junto a sus hijos, amigos, artistas y estudiantes. Allí, hace años, en plena efervescencia de laboriosidad y llevado de la mano por su hijo, otro grande de la plástica nuestra, Carlos René Aguilera, me abrió un día la carpeta del tiempo donde conservaba su mayor tesoro: la obra artística que muestra, como un mapa, su evolución en la noble disciplina del grabado.   ¿Por qué la xilografía? “El grabado en madera, desde mi punto de vista, es el mensaje más importante. Si hiciéramos una comparación en­tre la literatura y las diferentes técnicas gráficas, el cuento, por lo breve y conciso correspondería a la xilografía. La novela sería la litografía. ¡Es que la primera no admite coqueterías! Además de la efectividad y polifonía en el contraste del blanco y el negro. En ese taco de madera, con el máximo de incisiones debe salir el mensaje. En otras manifestaciones no es así”, aseveró.   Cuando llegó la pregunta: ¿Grabador por accidente?, el Maestro que obtuvo importantes Premios y Distinciones durante su fructífera carrera, respondió con alegría: “Sí, me gradué de escultura y cuando triunfó la Revolución ya trabajaba las formas en el espacio, pero es un proceso lento”. Recordó entonces que por aquel tiempo llegó a Santiago una exposición de grabado mexicano, y vio en aquella manera de hacer algo diferente.   “Envié a varios concursos mis obras, y vinieron los galardones. Ya el grabado no era un mero entretenimiento”. Con un gran poder de observación y una curiosidad sin límites, siempre tras las combinaciones óptimas, trabajó como un orfebre la filigrana. No en balde desde sus comienzos, los grabados de Aguilera constituyeron clases magistrales sobre las posibilidades de la gubia sobre la madera.   Entre las tantas series y temáticas tocadas a lo largo de más de 60 años de su tiempo artístico en las diferentes manifestaciones, resalta la lírico filosófica en la escultura, a la que responden: La mujer del pescado, Conclusión, Advertencia, Tránsito…  En pintura los paisajes y otras “descargas” personales y en el grabado: la épica y paisajística también, destacó, sin dudas una muy original: Nada es de nadie. Esas eran un conjunto de manipulaciones donde el creador se descontextualizaba. Se apropiaba del quehacer de grandes maestros cubanos: gallos de Mariano, ciudades de Portocarrero, las aguas profundas de Martínez Pedro, im­poniendo en ellas un sello personal para “discursar profunda y seriamente. Son unos trabajos  muy respetuosos”, dijo.   De las influencias gráficas que tuvo a lo largo de su vida comentó en aquella oportunidad la de los expresionistas alemanes, los mexicanos, chinos, y en Cuba, la de Car­melo González. Con esas “armas”, el grabador autodidacto algo diferente a lo ocurrido en las demás técnicas que dominó (pintura y escultura), salió un día a caminar por la ciudad, buscando material para trabajar. Entonces se posaron en sus creaciones callejones y laberintos citadinos repletos de textura, mirando siempre la riqueza arquitectónica colonial y a la gente. También se au­torretrató mucho “porque soy par­te de la ciudad”. Así es, José Julián Aguilera quedó grabado para siempre no solo en el corazón de Santiago, en el de Cuba. Su obra hablará por él de ahora en adelante. Fuente: Granma

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