Pareja durante el Mundial | Foto © Twitter / FIFA World Cup Updates

Carta a una Esposa en Mundial

Mujer querida:

Si en los últimos días me has advertido sombrío o meditabundo es porque, en efecto, lo he estado. Tres años de hermoso matrimonio a mi lado te alcanzaron para sospecharlo: algo me pasa. Y como ese algo no tiene solución más allá de ti y de mí, y como tiene imponderables contra los que poco hay que hacer, me he decidido a escribirte esta carta-decálogo como una manera de humildemente adelantarme al peligro que está a la vuelta de la esquina. O, para ir entrando en calor, a la vuelta del corner.

El Mundial. Hoy comienza la última semana antes del Mundial.

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Este decálogo intentará mitigar los embates de la tormenta, y que Dios -el de las escrituras, no el argentino que algunos llamamos D10S- se apiade de nosotros.

A ver:

1.    Partamos de un concepto básico: el Mundial dura un mes. Mitad de junio a mitad de julio. El Mundial es el medidor de todas las cosas. La felicidad suele medirse en Mundiales que viste y la infelicidad en los que no viste. La frustración, pongamos, o el terror a la muerte, se miden igualmente en los Mundiales que nunca verás. ¿Me sigues? Porque de ello depende tu aceptación, amada mía, del punto que viene a continuación.

2.     Durante el Mundial no se existe fuera del Mundial. Lo siento, pero cuanto antes lo asimiles, antes acopiarás fuerzas para llegar al final de ese mes. Durante el Mundial no es que no sacaré la basura: es que no sabré qué diablos es la basura. O dónde estará. Es más: el concepto basura misteriosamente se esfumará de mi cerebro. Pasado el mes del Mundial te aseguro que recobraré la conciencia: “¡Vaya, conque tú eras la basura que alguna vez debí botar”! Ahora sustituye el sustantivo basura y el verbo botar por casi cualquier otra cosa que se te ocurra. Lavar el coche. Sacar a pasear al perro. Arreglarme la barba. Hacer el amor. Nada de eso cobrará verdadero sentido, mi reina. Durante el Mundial solo existe Mundial. Es un estado espiritual contra el que nada hay para hacer.

3.     Y ya sé lo que estarás pensando: “Vamos, tampoco es para tanto, ¿qué puede importarte a ti, digamos, el Marruecos-Irán que se jugará en la segunda jornada del Mundial?” Es que no sé siquiera cómo empezar a explicarte, dueña mía. Yo respiro ahora mismo solo por partidos como Marruecos-Irán. Los partidos del Mundial se ven. No se cuentan, no se resumen, no se archivan. No. Ellos se ven. Uno se planta frente a la tele (que antes era regordeta y tenía florero y gato dormido encima, y ahora es delgadita como meticulosa línea de offiside a Luis Suárez), se apertrecha bien de víveres indispensables, léase cervezas, asados, artículos baratos para romper o lanzar contra la pared, y ve los noventa minutos del Marruecos-Irán. No hay que entenderlo, amor: alcanza con aceptarlo.

4.     Si eso es así con los chicos marroquíes e iraníes, que salvo sorpresa (luego podemos charlar de las sorpresas de los Mundiales, que son divertidísimas, como Croacia tercer lugar en Francia ´98 o Costa Rica líder del grupo G en 2014, por delante de Italia, Uruguay e Inglaterra), repito que salvo sorpresa no se espera que pasen de la anécdota, ya me contarás de ese momento en que Brasil se enfrente a Alemania. Que siempre pasa. Ese día, reina de mi reino, te ruego no respires demasiado fuerte en la habitación de al lado. Me molestará. Que digo respires -actividad humana donde las haya-, no pienses con demasiada intensidad. Será considerado una distracción explosiva. Un Brasil vs. Alemania puede sacar cosas en mí que mejor deberían reposar para siempre. Pero el Mundial es cada cuatro años, amor. Qué peligro.

5.     Cuando Gonzalo Higuaín falle el tiro decisivo, que pasará, y cuando Angelito Di María se rompa el ligamento cruzado, que pasará, y cuando Leo Messi mande su penal a la estratosfera, que inevitable como la muerte también pasará, será mejor que no estés en casa, amor. Huye. Huye y no mires atrás. Argentina tiene en mí el efecto que una piraña esquizofrénica enredada en mis intestinos. Algo malo me hace. Se me ocurren cosas feas, pensamientos piromaníacos. No sé. Es muy raro. Tú huye, te lo imploro. Déjame la alacena como esté.

6.     El Mundial no es nunca un partido por día. Ni siquiera dos. Es más, no es ni siquiera los tres partidos que eventualmente habrá por cada día. Pocos placeres son comparables con analizar en detalle, brizna por brizna de césped, el partido que recién ha concluido. A ver si me entiendes: seguir la discusión de expertos en la tele recién finalizado el Rusia-Arabia Saudita de la fecha inaugural duplica en importancia a rellenarme el salbutamol para el asma, confirmar mi asistencia a la futura boda de mi hijo y llenar el formulario de mis impuestos al Estado, combinados. No sé si me explico. ¿Qué te hace pensar que salir a que me dé el aire luego de tres juegos al hilo es una opción siquiera considerable?

7.     Durante el Mundial absolutamente cualquier cosa que cocines estará bien. Te lo prometo. Estará delicioso incluso lo que no cocines. Así de misterioso es esto. Ponme a un lado del sofá una vasija con espárragos, quimbombó y patas de pollo que recién caminaba el patio: me lo comeré todo. Preguntarme si me gustó será por gusto, apenas sabré si he comido. Ahora bien, dicho esto, recuerda algo: moverme las cervezas fuera del refrigerador para hacer espacio por comida acarrea una tarjeta roja y suspensión de nueve salidas de fines de semana post-Mundial. Mi rencor puede ser una cosa muy pegajosa.

8.     Yo no sé qué cosa es un futbolista guapo. Es más, no sé cómo tienen las piernas. Para mí los futbolistas solo tienen balón. Es la única parte del cuerpo que les observo. El balón. Y no me discutas que eso no es parte de sus cuerpos. Lo es. No lo discutas.

9. Pasar por delante de la tele en momento de tiro libre equivale a un rayo laser dividiendo tu angelical torso por la mitad. Lo siento con la vida, amor. Lo he encargado por Amazon, nos lo instalan el miércoles, poco antes del partido inaugural. Velemos que tampoco pase el perrito, porfa, que le he tomado un cariño especial.

10. Por último: no, yo no sé dónde quedan los bares para ver el Mundial. Es una figuración que se me escapa. Nunca entendí lo de irme a un sitio donde habrá meseros pasando eventualmente frente a la pantalla en momentos de tiro libre, y dudo mucho que allí me dejen instalar el laser que ya sabemos he comprado por Amazon. En el bar no puedo ver el partido en calzones. En el bar no me dejan lanzar jarrones, zapatos, a la pared. No me dejan lanzarme ni a mí mismo de cabeza a la pared. No. Los bares son conceptos antagónicos con la definición de Mundial. Déjame en casa, por favor.

Eso sí: si luego de estos diez puntos me recuerdas que este será nuestro primer Mundial juntos, me recuerdas que tres años es un período miserablemente largo sin el aliciente de un solo Mundial que pasar hasta el año cuarto, quizás se me quede cara de tonto útil y te pregunte, en un susurro, a qué equipo le vas. Si no tienes uno yo te puedo donar. Si no te simpatiza alguno de antes, déjame contarte de la hormona de crecimiento de Messi, de la pobreza infantil de Cristiano, de a cuántos niños da de comer la fundación Neymar: alguno te va a fichar.

Y si alguno te ficha y te suenas el Mundial a mi lado, lanzando objetos y perdiendo las cuerdas vocales conmigo, olvida los diez puntos anteriores y ya te hago aquí un lado en el sofá: te amaré más que Pierluigi Collina al silbato. Más que Ronaldinho a la samba. Más que Argentina al subcampeonato. Más que Klose a su testa. Más que Cristiano a los espejos. Te amaré como solo se puede amar al Mundial, amor.

No sé si me entiendes cuánto.

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