Santa Ana y Nana Burukú | Foto © Collage

Nana Burukú, la abuela orisha que se sincretiza con Santa Ana

El 26 de julio se celebra en muchos lugares del mundo el día de la Santa Ana. En Cuba se festejaba antiguamente este santo y se corresponde además con el día de los abuelos, por ser Ana la madre de la Virgen María.

Los santos abuelos

Joaquín y Ana eran un matrimonio. Él provenía de Nazaret y ella de Belén. Tuvieron una hija que el mundo entero adora con el nombre de Virgen María. Son, por tanto, San Joaquín y Santa Ana los abuelos maternos de Jesucristo.

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Santa Ana, San Joaquín y Jesús / Pixabay Creative Commons

En el aniversario de su santo, la comunidad católica celebra el Día de los Abuelos. Sin embargo, en Cuba durante el período colonial, los esclavos africanos seguidores de otra religión también adoraron a Santa Ana.

Santa Ana y Nana Burukú

Para mantener su tradición religiosa, los esclavos africanos sincretizaron la figura de la Santa Ana con la deidad yoruba Nana Borukú. A esta orisha se le atribuye una fuerte espiritualidad.

Nana Burukú / Hablemosdemitologias.com

Nanán Baruqué (Nana Burukú en yoruba) es un nombre integrado por dos palabras, Naná que significa gran madre o abuela; y Burukú que es maldad. Se le considera madre de Dios y abuela de todos los Obatalá. Muchos investigadores y religiosos le consideran madre de Babalú Ayé y quizás por eso se recibe junto a él.

Nana Burukú, Madre de Agua

En el culto de origen arará se le considera una deidad que vive, en forma de majá, en ríos, pozas y manantiales. Se le teme y se le invoca incluso en los pozos, porque se cree que es la madre de aguas dulces, aunque también habita en los pantanos.

Esta deidad es poco conocida entre los cubanos. Existen algunos rituales de su adoración que son diferentes. Por ejemplo, a Naná no se le sacrifican animales de cuatro patas y el cuchillo que se usa debe ser de caña brava afilada, nunca de hierro, pues es enemiga de Oggún.

Existen muchos caminos de Nana Burukú

Pero quisiera, lector, que recuerdes a la diosa de paso cansado que danza, allí, al borde de la charca profunda. En el mismo lugar donde la gente antiguamente lanzaba a los niños deformes o indeseados. Ella, Nana Burukú, los cubría con su manto y los recibía como sus hijos. Quizás por eso, a cada paso mece con amor su ibirí, como una abuela que canta, cuida y protege el mayor tesoro, la vida.

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