Antes de Rihanna, fue la Bernhardt

Eso de que un pueblo humilde, dominado, necesitado y batallador arrope a una figura ilustre, eso es más viejo que cualquiera de las dictaduras.


Mucha crítica y controversia hay sobre la visita de Rihanna a Cuba. Nada más aterrizar, fue a por comida cubana en una paladar de moda, probó el famoso daiquirí, se entregó a la noche habanera seducida por los ritmos de la casa de la Música y no sé cuántos placeres más. Además, hizo una sesión de fotos para Vouge y filmó un vídeo clip en pleno Cerro, aclamada por cientos de fans y curiosos que no querían perdérsela y que en plena apoteosis le lanzaban besos mientras le hacían fotos. Dicen que llevaba unos tragos de más y se saltó su cordón de seguridad permitiendo que algunos afortunados la tocaran.

En un momento de falsas aperturas y libertades, de represión contra artistas locales, reporteros independientes y activistas de organizaciones opositoras al régimen , en medio de una situación económica crítica, con cifras migratorias alarmantes un sistema de salud precario y el resto que ya conocemos y sufrimos diariamente, Rhianna ha hecho, en la opinión de muchos, una visita hipócrita y oportunista. Una visita que no merece el furor conque la población la ha recibido dada nuestra permanente condición de víctimas de una dictadura.

Y esta postura extrema me hace recordar, salvando los contextos históricos y la magnitud de la talla de las divas, todo lo que se ha escrito sobre la sonada visita de Sara Bernhardt a Cuba y de cómo la acogieron los habaneros al margen de la convulsa situación política que entonces se vivía.

En 1887 los cubanos, aún colonia de España, se encontraban en plena preparación de la Guerra de Independencia y ya contaban con muchos años de extenuantes guerras a sus espaldas. Martí recababa el apoyo de los emigrados y Maceo seguía obteniendo importantes victorias. Con ese panorama desembarcó La Bernhardt, a la que entonces llamaban La Divina, para dar varias funciones en la Habana y en Matanzas. Dicen que revolucionó el entorno, que marcó tendencia, que las damas se peinaban y vestían como ella, que era tan extravagante que se hospedó en el hotel francés de la Chorrera, con un enorme gato montés, que tenía un zoológico privado, que hacía el amor en un ataúd rosa y que además de verla nadando en las aguas de Miramar también la vieron intimando con chinos y mulatos.

Se hablaba de sus hábitos, de sus costumbres, de sus magistrales actuaciones en los teatros Tacón y Sausto. Pero parece que para los cubanos fue más famosa por su romance matancero con el torero español Mazzantini, y por aquel insulto que inmortalizó cuando alguien inoportunamente bostezó en una de sus funciones: “los cubanos son indios con levita”, aunque después dijera que lo de “la levita” no lo había dicho.

Su visita, que de todo tuvo, sexo, pasión, extravagancia y gloria, pasó así a la historia como un hecho reseñable para algunos o poco memorable para otros. Querer a los cubanos, no los quiso. Llegó a declarar, incluso, que no entendían su arte. En cambio, dicen que nunca se vieron tantas flores ni se derramaron tantas lágrimas por un famoso en la isla. Porque eso de que un pueblo humilde, dominado, necesitado y batallador arrope a una figura ilustre, eso es más viejo que cualquiera de las dictaduras.

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