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La historia de Cuba da para argumentos de auténticos Expedientes X o cuentos borgeanos.

Cada 28 de Octubre alimenta dos mitos paranormales, dos cultos mortuorios y excluyentes entre sí.

Dentro de Cuba, actos gubernamentales conmemorativos de la muerte de Camilo Cienfuegos ordenan lanzar flores al mar como homenaje al héroe revolucionario muerto en un accidente aéreo del que las aguas que cercan la Isla se tragaron toda evidencia.

O sea, una especie de ritual medio santero y fúnebre pero sin tumba, ni cadáver, ni informe forense, ni lugar o causa de muerte; el duelo por la mera sospecha del fallecimiento de alguien que, no obstante, intuimos en el ‘más allá’.

Para la oficialidad cubana la muerte accidental de Camilo es cuestión de fe, un dogma devocional revolucionario cuya sola duda implica reprobación.

Por otro lado, fuera de Cuba, ocurre lo mismo pero al revés.

La fecha se vuelca en la feroz denuncia de un asesinato conjurado y ejecutado por una cúpula política traidora a la que la propia víctima pertenecía y servía incondicionalmente, y al que sus criminales homenajean de modo hipócrita para despertar fervor nacional por su figura y su causa (la Revolución), quizás porque homenajear a un asesinado es la forma más astuta de despejar sospechas de culpabilidad.

Pero al margen de preferencias por una u otra, ambas posturas se basan en conjeturas, indicios y testimonios sin una sola prueba física de relevancia documental.

El presunto asesinato de Camilo, mal que pese, no supera una suspicacia a la que algunos ―ante un hecho tan traumático como aquella súbita y enigmática desaparición física― otorgan veracidad, pero una veracidad histórica o penalmente inconfirmable, de momento.

Si ahora yo fuera más frívolo de lo que habitualmente soy en mis artículos de temática histórica, afirmaría que hay vida en otros planetas y que la avioneta en la que volaba Camilo Cienfuegos el 28 de Octubre de 1959 en realidad fue secuestrada, en el trayecto Camagüey-Habana, por una nave extraterrestre, y esa tesis tendría el mismo valor que las dos descritas anteriormente: cero.

Nada, que los cubanos en general sabemos y sospechamos bastante más y mejor sobre la muerte de Kennedy en 1963 que sobre la de Camilo en 1959.

Dicen que “no existe el crimen perfecto, sino investigaciones imperfectas”. Para los cubanos la muerte de Camilo sigue siendo una cosa, o la otra, o ninguna de ellas, de momento.

El comunicado oficial del Gobierno Revolucionario achacó la desaparición del jefe del estado mayor del Ejército Rebelde a un accidente a bordo de su avión ejecutivo, mientras volvía a La Habana, por causa del mal tiempo entre las provincias de Camagüey y Matanzas.

Ese día Camilo concluía y depuraba en Camagüey responsabilidades del caso Huber Matos.

El bimotor Cessna-310C, con las siglas FAR 53, pilotado por Luciano Fariñas (con 2000 horas de vuelo y experimentado en ese modelo de avión) y tripulado por Camilo y el sargento Félix Rodríguez (su escolta), despegó del aeropuerto de Camagüey a las seis y un minuto p.m. de vuelta a la capital, viaje que requería dos horas de vuelo y llevaba combustible para tres.

En la terminal aérea de Ciudad Libertad, el ayudante personal de Camilo, Capitán Manuel Espinosa Díaz, comenzó a impacientarse a eso de las 7 de la noche ante la no llegada del avión.

El Gobierno comunicó no haberse percatado de la desaparición de Cienfuegos sino 24 horas después de su partida de Camagüey. El viernes 30 Fidel, Raúl, Almeida, el Che y más dirigentes se citaron en la Jefatura de la Fuerza Aérea y ordenan oficialmente la búsqueda de la avioneta.

La movilización generada por la pesquisa mantuvo en vilo a todo un país durante 15 angustiosos días.

La búsqueda se centró en la costa norte, entre Ciego de Ávila y Matanzas. Participaron 70 aviones militares y civiles, unidades de la Marina de Guerra, yates de recreo, embarcaciones pesqueras y pobladores en general peinando los archipiélagos de Jardines del Rey al norte y de los Jardines de la Reina al sur, todo en la región central.

La Fuerza Aérea estadounidense también colaboró en la búsqueda.

Finalmente el 12 de noviembre, el Primer Ministro del Gobierno Revolucionario, Comandante en Jefe Fidel Castro , anunció por televisión los resultados negativos de la búsqueda y el fin de esta operación sin mencionar, por cierto, la ayuda prestada por la aviación norteamericana.

Todo quedó en que, ante el avance desde el sur de una fuerte turbonada, el piloto del Cessna-310C desvió el trayecto bordeando la tormenta por el norte sobre el mar, lo cual alargó las horas de vuelo y provocó la caída de la aeronave al agua por falta de combustible.

El mal tiempo nunca fue corroborado por ninguna de las estaciones meteorológicas del área.

Tampoco se hallaron restos del avión, ni de sus tripulantes, ni llamada de auxilio del piloto, ni se presentaron cintas con grabaciones de conversaciones de vuelo entre este y las torres de control: supuestamente el piloto Fariñas nunca informó la ruta y se comunicó solo una vez con la base para que Camilo impartiese instrucciones al capitán Méndez.

Si la versión oficial de esta muerte genera incógnitas y sospechas, no menos confusión genera la de un asesinato ramificado en dos.

Para algunos la avioneta fue derribada en pleno vuelo por un avión de guerra: cierto oficial de la Fuerza Aérea de Cuba encontraría en una cinta magnética registros del despegue de un caza británico Sea Fury al mando del piloto personal de Raúl Castro cuatro minutos después del despegue de la avioneta en la que viajaba Camilo.

Juan Orta, un ex-secretario de Castro, testimonió que desde la torre de control camagüeyana se le indicó a Cienfuegos que el comandante Félix Torres estaba perdido sobre el mar al sur de la ciudad de Trinidad, Las Villas, y que era necesario que participara en su búsqueda, lo cual propició el ataque y discreto derribo del Cessna 310 por parte del Sea Fury.

El comandante del Segundo Frente Nacional del Escambray, Lázaro Asencio, precisa que la orden de derribo la dio el propio Félix Torres por mandato de los Castro.

Al aciago evento sucederían otros al más puro estilo ‘crimen organizado’: desapariciones del piloto del Sea Fury y del pescador de Caibarién que atestiguó el ataque de un avión caza a una avioneta; el atropello automovilístico días después, en Vía Blanca, de José Paz, mecánico que reportó que el caza británico traía la ametralladora descargada; el ametrallamiento ‘accidental’ el 12 de noviembre, a la entrada del Campamento Militar de Columbia, del amigo y oficial de la Columna Invasora de Camilo, comandante Cristino Naranjo, justo cuando investigaba esa desaparición.

Precisamente el ejecutor de Naranjo, el capitán Manuel Beatón, capturado el 23 de marzo de 1960 por alzarse en Sierra Maestra, antes de ser ejecutado sumariamente confesaría a un miembro del tribunal, el teniente Agustín Onidio Rumbaut, que Fidel, Raúl, Guevara, Torres y el informador Jorge Enrique Mendoza eran autores de la muerte de Camilo.

Días más tarde, luego de preparar un informe confidencial, Agustín Onidio Rumbaut murió en un “accidente de caza”.

Si la versión del derribo no parece suficientemente sórdida, existe otra aún peor: Camilo habría sido ejecutado en tierra, exactamente en un pequeño aeropuerto matancero de aviones de fumigación, versión testimonial de Jaime Costa, comandante del Ejército Rebelde, atacante del Moncada y expedicionario del Granma, en su libro El clarín toca el amanecer.

Durante un vuelo en el que Costa y el comandante Juan Almeida, jefe de la Fuerza Aérea de Cuba, buscaban la avioneta de Camilo, Fidel Castro les ordenó aterrizar en Varadero, de donde, con Osvaldo Dorticós partieron en una caravana de automóviles hasta una finca en la Ciénaga de Zapata con una pequeña pista de aterrizaje para avionetas de fumigación.

Costa vio un Cessna-310, igual al de Camilo, aparcado en un rincón de dicha pista: Camilo habría aterrizado allí (según el capitán Eliecer Grave de Peralta) pues de regreso a La Habana Fidel le informó por radio que lo esperaba allí.

Desde una casa próxima, Costa y Almeida escucharon toda la noche discusiones entre altos mandos (Fidel, Raúl, Dorticós, Ramiro Valdés) y Camilo. Sobresalían las voces de Fidel y de un Camilo que se defendía de las acusaciones de traidor a la Revolución. Cada cierto tiempo entraban y salían gente de la reunión.

Avanzada la madrugada escuchó disparos y luego vio trasladar el cuerpo inerte de un hombre en camilla hasta el avión aparcado y luego a varios hombres prender fuego al aparato.

Si bien no podemos negarle a esta narración en primera persona la fuerza de un pasaje propio de El padrino, Los soprano o cualquier película de Martín Scorsese sobre mafiosos, en realidad su único valor es emocional, literario, de momento.

Y es que mientras la desaparición física de Camilo continúe siendo un caso abierto en la historia de Cuba, su figura seguirá acumulando incertidumbres, títulos y leyendas: el hombre ‘de la sonrisa ancha’ o el ‘sombrero alón’, el ‘Señor de la Vanguardia’, el ‘Héroe de Yaguajay’, el pelotero jaranero, bailador y mujeriego; el competidor más carismático de Fidel, el enemigo más enconado de Raúl y el Ché, el mártir más oculto y sangrante de la Revolución; el nombre de academias militares, CDRs, escuelas, hospitales, provincias o centros productivos a lo largo de la Isla; o quizás la primera víctima cubana conocida de un secuestro extraterrestre.




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