Mantenerse indiferente ante el ejercicio del béisbol en Cuba es una tarea imposible. Absolutamente. Se puede estar exento de la vida racional y cotidiana, de las noticias diarias y los acontecimientos del país en materia de política, cultura, hasta economía; pero del deporte, jamás. La pelota –por decirlo así de conciso–, no distingue entre sus seguidores a niños, jóvenes, adultos, hombres, mujeres, blancos, negros, ingenieros u obreros… es tan amplia su aceptación en la Isla que se reconoce como el deporte nacional.

El cubano, lo quiera o no, vive y respira de los avatares del béisbol en cada una de sus temporadas. Ahora, la forma en la que llega a nosotros este pasatiempo varía por intensidad e intencionalidad. El habanero, por ejemplo, tiene en su naturaleza adorar a los leones azules en su templo: El Estadio Latinoamericano. Sin embargo no todos los amantes del equipo Industriales se aventuran a ver un partido en los predios de esta locación. Aquellos que no lo hacen pueden correr con la suerte, y a veces la desdicha, de que el templo vaya hacia ellos –como cuando por arte de magia “la montaña se mueve hacia Mahoma”–. Imagino que vivir cerca del Latinoamericano, en el municipio Cerro, sea uno de los casos.

Coincidir con un vecino de tamaña importancia, y capacidad, debe ser agotador. Desde que iniciara la 54. Serie Nacional, cada inning, jonrón y cada error del equipo de la capital debe estar grabado en el recuerdo de sus habitantes cercanos sin que hayan tenido la necesidad de ver el duelo. Una amiga de la barriada me cuenta: “Aunque 70 metros me separen del estadio, en mi modesto apartamento, cada centímetro de concreto se estremece con los gritos (victoriosos o agonizantes). Y además de sentir la vibración de los fanáticos, puedo ver, a través de una ventana ubicada en mi cocina, la pizarra con los resultados del partido.” Pues de eso se trata la magia del Palacio del Béisbol Cubano: hacer llegar a todo aquel que viva a sus alrededores la intensidad con que se viven los habituales nueve innings de un partido, el afán de los bateadores productivos por borrar la pelota en el cielo, la experticia de los titulares, la oportunidad de los emergentes, y los trucos ópticos de los lanzadores para ganar una entrada.

El Estadio Latinoamericano, como lo llamamos en la actualidad, fue inaugurado el 26 de octubre de 1946, con un partido entre el equipo Almendares y el de Cienfuegos, donde el primero se alzó victorioso con un marcador de 9 a 1. Según la prensa de la época, este duelo convocó a 31 mil espectadores, récord de concurrencia a un espectáculo deportivo en Cuba hasta ese momento. Inicialmente, a esta estructura, limitada por las calles Amenidad, Pedroso, Consejero Arango y Pedro Pérez, se le denominó Gran Stadium de La Habana o Estadio del Cerro. En 1961 es cuando se le bautiza como Latinoamericano: hogar del béisbol revolucionario y del equipo Industriales, el más controversial de la Serie y a la vez, el que más veces la ha conquistado. En conmemoración a la clausura del Primer Congreso Latinoamericano de Estudiantes, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz propuso que el coloso del Cerro a partir de ese día se llamara “Estadio Latinoamericano”, aunque con el paso del tiempo se quedó como “El Latino”, a secas.

En la década de los 70 su capacidad se amplió a 55 mil espectadores, aunque se especula que caben 60 mil con público de pie en los pasillos. Sus dimensiones alcanzan exactamente 100 metros por los jardines izquierdo y derecho, y 122 por el jardín central. Este último está resguardado por una cerca de aproximadamente 4 metros de altura, que algún que otro “fuera de liga” al bate ha logrado burlar. En el “Latino”, no solo se han formado los últimos 50 años del beisbol nacional, también se atesoran momentos inolvidables de nuestra revolución –como el partido que enfrentara a los veteranos de los equipos Cuba y Venezuela con Fidel y Hugo Chávez al frente, precisamente un 18 de noviembre–; también se conserva la propia historia de la localidad que acoge a la mole azul.

El mayor gesto que ha tenido este gigante con su comunidad fue la realización de una estatua conmemorativa al mayor fanático del equipo capitalino, el “anfitrión” de las gradas azules: Armandito “el Tintorero”, quien se convirtió en parte indisoluble del estadio, del equipo azul, y de la afición habanera, gracias a una estatua en bronces que realizara el escultor José Villa Soberón para inmortalizarlo. Indiscutiblemente, el Estadio Latinoamericano es un símbolo de orgullo e historia de Cuba entera.

Aunque cada provincia del país cuente con su propio coliseo, es el de los habaneros el más insigne, pese a las penas y glorias. Por él han corrido, y lo seguirán haciendo, los principales peloteros del territorio nacional (sin importar su equipo de pertenencia): jugadores rápidos y agresivos, capaces de fabricar carreras a base de pericia, robo de bases, toques de bola, bateos por detrás del corredor, conexiones y líneas. Toda una fiesta que nos convence de que la pasión hacia la pelota es tanto un estado del alma como un estilo de vida. Quizás algún día al fin nos levantemos con la noticia de que el béisbol ha sido declarado como patrimonio intangible de la nación cubana.




Valoración: 

Average: 5 (2 votes)


CiberCuba no modera los comentarios, utilizamos herramienta de Facebook que permite a cualquier usuario denunciar con facilidad comentarios ofensivos, violentos, etc. Esperamos que nuestros usuarios sean activos moderadores de los comentarios utilizando esta sencilla herramienta.


Te puede interesar