“El más cubano de los españoles y el más español de los cubanos”

En Sevilla resulta habitual que la gente, cuando saben que eres cubano, lo primero que te pregunte sea por Fidel; segundo, si sabes bailar salsa; tercero, ya cuando hay más confianza, si es verdad que todos los cubanos ‘follamos’ de lujo y la tenemos (muy) grande, tópicos a los que tienes que acostumbrarte a responder pacientemente, ya seas revolucionario o no, bailador o patón, buena o mala hoja, si la tienes grande, pequeña o mediana.

Y eso si confiesas a la primera que eres cubano y no usas la segunda opción: decir que eres canario y así te libras del cuestionario de rigor. Descorazona un poco que nadie te pregunte nunca por Martí, o que ser cubano equivalga a ser ‘suramericano’ porque para los sevillanos en ‘Surámerica’ van juntas América del Sur, Central y Antillas y sin que ese mismo bloque consista en una diversidad más diversa aún que la de la propia península ibérica.

Pero al margen de estos estereotipos, llama la atención cómo en el caso de Sevilla a las preguntas mencionadas puedes añadirle una cuarta sobre alguien que para los cubanos no es tan famoso como Fidel ni Martí, pero que a los sevillanos les resulta inconcebible que así no sea. Y todo porque, pese a haber sido el músico cubano más emblemático e idolatrado en España durante la posguerra franquista como lo eran las mismísimas estrellas de la copla, Antonio Machín no fue profeta en su tierra. Hoy por hoy es el único cubano con estatua de cuerpo entero y calle propias en Sevilla (Martí a duras penas un modesto y arrinconado busto en Plaza de Cuba).

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Lo dicho: si eres cubano que visita o reside en Sevilla, Antonio Machín es tu asignatura pendiente, pues puede que te pregunten por él.

A sus espaldas este cubano-sevillano lleva varios records. Nacido en 1903 en Sagua la Grande, hijo de emigrante gallego y afrocubana, ya en la segunda mitad de los años 20 fue el primer cantante negro que actuó en el lugar más racista y excluyente de la burguesía habanera: el Casino Nacional.

Luego de sus estancias en Nueva York ―donde su grabación en 1930 de El manisero constituyó el primer éxito millonario en ventas de la música cubana― y París, llega a Sevilla en 1939 huyendo de la II Guerra Mundial. Fue también el primer negro que protagonizó un matrimonio interracial en España al casarse en 1943 con María de los Ángeles Rodríguez en Sevilla, ciudad a la que trajo a vivir a parte de su familia cubana.

Su gran éxito en España llegaría en 1947 con Angelitos negros, un bolero denuncia del racismo.

Madrecita, Toda una vida, No me vayas a engañar, Quizás, quizás, quizás, y Dos gardenias fue la cara más triunfal del repertorio de este auténtico fenómeno de masas cuyas canciones pasaron a formar parte de la memoria colectiva y sentimental de generaciones españolas que, a través de la radio, olvidaban por un momento las penurias económicas y la aburrida censura franquista.

Aunque falleció en Madrid el 4 de agosto de 1977, sus restos descansan en el Cementerio de San Fernando en Sevilla, el cual comparte con otra célebre cubana: Gertrudis Gómez de Avellaneda. Sus compatriotas y familiares le recuerdan cada año rociando su tumba con ron cubano y cantando algunos de sus boleros.

Por supuesto, después de su muerte los homenajes sevillanos no se hicieron esperar.

Desde el 10 de diciembre de 2006 su estatua custodia y mira desde la Plaza Carmen Benítez la sevillana Hermandad de Los Negritos, a la que el cantante cubano estuvo muy vinculado.

Imagen/Wikimedia

Desde 2001 la antigua calle Manuel Mateos, por donde este mulato dicharachero se paseaba, pasó a llamarse Antonio Lugo Machín, el bolerista y guarachero errante que en 1939 llegó a Sevilla tras el rastro de su hermano (un plomero que trabajó en la exposición del 29 y ya luego no supo marcharse), y dejó así grabada su vida en el mapa de una ciudad que lo acogió, enterró y luego veló bajo el amparo de sus angelitos negros.

Imagen tomada de Wikimedia


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