Lecuona, genio cubano para el mundo

Hombre humilde, sencillo, distanciado de la política, un cubano muy auténtico en sus gusto. Lecuona fue uno de esos hombres que se ganaron un capítulo honorario en el tratado de la música cubana.


Si por algo Cuba ha alcanzado gran reconocimiento internacional a lo largo de la historia, es por sus inigualables valores musicales. Al decir del buen cubano, en esta isla “con solo levantar una piedra encuentras un músico talentoso”. Pero, como en todo, siempre hay personalidades más descollantes, que llegan al punto de la genialidad. Ernesto Lecuona fue uno de esos hombres que se ganaron un capítulo honorario en el tratado de la música cubana.

Nació en una de las villas más auténticas de La Habana, Guanabacoa, donde también vieron la luz otras importantes personalidades como Rita Montaner y Bola de Nieve.
Ernesto Sixto Lecuona Casado, fue el nombre de pila de este cubano, hijo de un periodista español emigrado a Cuba y una matancera. Se dice que a la edad de 5 años ya había ofrecido su primer concierto. De niño acompañó al piano los filmes silentes que se exhibían en el antiguo cine Téstar. A los 12 años presentó a su padre su clásica obra “La Comparsa”, asombrando no solo a este, sino a toda su generación.

A los 17 años alcanza los títulos de profesor de piano y solfeo. Alcanza primer premio y medalla de oro, por unanimidad, en el Conservatorio Nacional de La Habana; tras haber recibido abundantes lecciones de consagrados como el maestro Hubert de Blanck.
Marchó a París a perfeccionar sus estudios musicales y realizó una audición ante el claustro en pleno del conservatorio de esa ciudad. Al fin de su ejecución, el director de aquella ilustre institución le preguntó: “¿Viene usted a perfeccionarse o a ofrecer servicios de profesor?”

Ernesto Lecuona legó un valiosísimo tesoro al patrimonio musical de esta isla. Su composición alcanzó la cifra de 600 canciones, entre las que se recuerdan “Noche azul” y “Siboney”; 70 danzas, varios valses, zarzuelas, sainetes, operetas. Dejando sin estrenar su única ópera “El sombrero de Yarey”. Su música tuvo un papel protagónico en numerosas películas, no solo cubanas, sino, también argentinas, mexicanas, norteamericanas, etc.

Sus amigos más cercanos hablaban de sus inigualables dones naturales, como el relajamiento y la flexibilidad; así como su inolvidable mano izquierda, sobre todo en la interpretación de la danzas.

No solo fue pianista y compositor, también se destacó como Director de Orquesta. Su producción  fue marcada por la manifestación de varias características relevantes como su comunicabilidad inmediata, convincente,  y a veces hasta obsesionante; su alto nivel de inventiva y creatividad mantenido hasta en sus expresiones más sencillas; la amalgama perfecta de los elementos de la música de concierto con los de las músicas populares de Cuba, España, como si fuera un auténtico español, y de muchos otros países; la originalidad de un lenguaje personalísimo; la dificultad extrema de la interpretación; la intuición al distinguir el momento clima más adecuado en lo musical para expresar alguna acción escénica en lo teatral; y la síntesis en sus obras para teatro, sobre todo en sus zarzuelas, género del que fue uno de los más grandes creadores en la órbita hispánica, y el mayor en Cuba.

Este fue, a su vez, un hombre humilde, sencillo, distanciado de la política, un cubano muy auténtico en sus gustos; sin embargo, hoy en Málaga, España, una calle lleva su nombre. Así fue, por su legitimidad, un cubano universal.

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