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Se llamaba Vicente Rodríguez y desde el siglo XIX su nombre se volvió sinónimo en Baracoa de mala fortuna, tanto así que tras la reciente devastación dejada por el huracán Matthew, la gente de La Primada no pudo evitar sacar a relucir nuevamente su historia.

Cuentan que tal personaje se enfadó tanto con el pueblo baracoense que lanzó sobre él una potente maldición, a la cual hoy día se alude con ánimo derrotista para explicar toda desgracia que caiga sobre la villa ubicada en Guantánamo.

“En Baracoa se harán muchos buenos planes, se generaran muchas buenas ideas, pero todas se desmoronarán, nada se le cumplirá”, dijo Vicente cuando fue apedreado y forzado a regresar a su terruño natal en España. Previamente, había sido tomado por loco y mendigo, sus rizos despeinados y la insensibilidad ajena le ganó el sobrenombre del Pelú.

La maldición del Pelú/Youtube

Antes de terminar como un andrajoso, la historia del Pelú comenzó en Poza, provincia española de la Coruña, donde nació en 1857. Según datos en registros digitales, Rodríguez llegó a Cuba en busca de fortuna, pero al no encontrarla se convirtió en misionero.


Otras bibliografías aseguran que Vicente sí se hizo de buen capital en Santiago de Cuba, como comerciante, y que su inteligencia y perspicacia en los negocios inspiraban gran respeto entre sus conocidos.

Como haya sido su suerte, Rodríguez terminó en el camino religioso. Andaba con harapos pues había dado sus pertenencias a los más pobres para luego emprender un viaje por todo el oriente cubano para llevar la palabra evangélica a todos los hogares y comunidades.


Evangelizando también, llegó Vicente a Baracoa en 1893, desapareció misteriosamente y volvió tres años después para ser expulsado por los habitantes del poblado de Sabana, hoy perteneciente a Maisí. Allí sus pantalones remangados, sus rizos, su andar descalzo y sus sermones eran mal vistos, la gente comenzó a lanzarle piedras, agua fría y hasta le cortaron el cabello a la fuerza.

Dados los más recientes acontecimientos a 120 años de su maldición, el Pelú o el Misterioso, como también se le llamaba, todavía remueve el sentimiento de culpabilidad en la memoria colectiva baracoense, la creencia en que la villa está condenada.

Pero si bien el huracán Matthew derribó no solo cientos de hogares sino también el sosiego de decenas de familias en la oriental ciudad, el fenómeno, que hasta el momento ha dejado un saldo de al menos cerca de 300 fallecidos en el Caribe, no se llevó ni una vida baracoense.


Nada es más cierto como que el humilde pueblo de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa se levantará de esta tragedia con más fuerza que nunca. La pesadilla que vivió el pasado 4 de octubre durante siete horas, era tan inminente como natural, en el sentido original de la palabra, nada que ver con maldiciones o leyendas.

Baracoa renacerá porque su condición de ciudad patrimonial y su indiscutible valor histórico lo ameritan, porque –seamos realistas- es un epicentro clave en el desarrollo del turismo nacional, porque sin sus bienes culturales la identidad del país se desmorona, porque Baracoa es Cuba, y eso, ni el Pelú ni nadie puede negarlo.





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