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Aun viviendo en Cuba, por allá por los años 80s, cayó en mis manos una revista canadiense sobre demografía especializada, en la que para mi sorpresa, Cuba aparecía como el primer país de Iberoamérica y el octavo del mundo en muertes por suicidio, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

O sea que, si en vez de España, nos hubieran colonizado los japoneses, hoy el harakiri sería una asignatura obligatoria en los planes de estudio del MINED.

A los cubanos se nos ha escamoteado sistemáticamente cualquier estadística negativa que repercuta en nuestra percepción del nivel y la calidad de vida del país, para no empañar esa “felicidad socialista” cacareada hasta el cansancio por la Revolución. Pero hay una distancia desmesurada entre el “cero suicidas” oficial, y los centenares de muertos cubanos que por esta causa aparecen cada año en los números de la OMS.

La más arcaica referencia al suicidio en la Isla, es el estudio médico legal del Dr. Jorge Le-Roy Cassá publicado en 1907. En él, Le-Roy contabiliza y analiza las muertes reportadas como suicidios durante el primer quinquenio republicano. Aunque las cifras eran ya entonces preocupantes, de ahí a 1959, siempre existió transparencia periodística y gubernamental en esa estadística nefasta. Le-Roy puso de manifiesto que los cubanos tenemos históricamente una fuerte tendencia a quitarnos la vida. Pero a partir de 1959, el fenómeno tomó tintes de tragedia.

Desde que llegó Fidel, los suicidios de personas comunes jamás han sido noticiables para la prensa cubana, mucho menos los de personalidades del Estado, el Partido y el Gobierno. Están radicalmente prohibidas las necrológicas desagradables, porque crean un malestar adicional en la población. Excepto si el acontecimiento es muy sonado y difícil de esconder (como fue el caso de Dorticós o el de Haydée) pocas veces o ninguna, los cubanos de a pie no enteramos de cuánta gente importante o no, se quita del medio en Cuba por propia voluntad.

El ejemplo mejor de este “mirar a otro lado” institucional, lo he encontrado en Internet al comenzar a escribir este artículo. Cuando he intentado encontrar una publicación cubana que tratara el tema, la primera correspondencia con mi búsqueda fue un artículo del periódico Granma con el título, “¿Por qué los europeos se suicidan con más frecuencia que los cubanos?”. Burda maniobra de distracción.

La decisión del Gobierno de clasificar las muertes por suicidio como secreto de Estado, estaba en perfecta consonancia con el control de las estadísticas de salud mental de los otros países comunistas. Es obvio que un suicida no decide morir cuando es feliz y tiene esperanzas en el futuro. Y también lo es, que en la propaganda comunista, el nuevo orden social afirma que “todo el que vive bajo ese régimen se siente feliz, contento y lleno de esperanzas, y pobre de aquel que no quiera sentirse así”, como dijo Fidel Castro en el primer congreso del PCC.

En 1984, por decisión expresa de Fidel, el Departamento de Salud del Comité Central del Partido Comunista convocó a las instituciones científicas y académicas del país a formar un grupo multidisciplinario de profesionales (epidemiólogos, psiquiatras, psicólogos, sociólogos y médicos legales) patrocinado por el Viceministerio de Higiene y Epidemiología del MINSAP, para realizar un censo sobre la conducta suicida en Cuba. Esa investigación marcó un punto de inflexión en el estudio del suicidio en Cuba.

Es entonces que, presionada por la opinión pública mundial, por fin la prensa oficialista cubana publica los datos macabros del asunto, según los cuales, de 1962 a 1970, el índice de suicidios fluctuó entre 10.6 y 12.6 por cada 100.000 habitantes, que se elevó en la década de los 80s hasta 21. En 1987 la tasa llegó hasta 22.7 y en los primeros años del nefasto Período Especial, se mantuvo entre 20 y 21. Las cifras de la Oficina Nacional de Estadísticas (ONE) que resumen los años del 2004 al 2011, indican que un total de 12.509 cubanos se quitaron la vida en ese lapso, datos que colocaron al suicidio como la quinta causa de muerte no natural del país, siendo la número 21 a nivel mundial.

He revisado las estadísticas de suicidio de la ONE del año 2015, y lamentablemente las cosas no han cambiado nada desde 2011. Cuba tiene el triste honor de seguir liderando la lista negra de suicidas entre todos los países latinoamericanos, y de ser el sexto en número de suicidas por número de habitantes, entre los más de 200 afiliados a la ONU. Un muy mal dato para una nación presuntamente feliz.

Dice la OMS en su informe de 2015, que los métodos más empleados hasta la fecha en Cuba por los suicidas son “el ahorcamiento, el salto al vacío, el uso del fuego con combustibles caseros, el envenenamiento con medicamentos y los disparos con armas, principalmente en jóvenes obligados a pasar el servicio militar contra su voluntad, y personas desesperadas por problemas relacionados con su subsistencia y la de familiares a su cargo, debido a la pobreza extrema y al desempleo sostenido”.

La Revolución ha propiciado el arraigo de la inercia individual y social, la hostilidad constante hacia los desafectos políticos, y la carencia de confianza en el futuro, razones que casi siempre desembocan en tragedia. Con frecuencia ocurren suicidios en las cárceles e instituciones mentales cubanas, por la desatención y la no vigilancia de suicidas potenciales.

Recientemente el periodista cubano Jacinto de la Concha, difusor en las redes sociales de la supuesta visita de Marc Anthony a Cuba, amaneció ahorcado en el patio de su casa del Reparto Buena Vista. Había confesado antes a algunos amigos lo orgulloso que estaba de romper el cerco mediático de la Isla, pero en el bolsillo de su pantalón se encontró una nota que decía: “Ojalá mi muerte sirva de inspiración para muchos colegas de mi profesión que desde hace rato deberían tomar este camino, desde el mismo día en que cambiaron sus principios por cuatro míseros quilos. No se alarmen; el que no la deba que no la tema”. La nota desató la alarma en el ICRT y en la UPEC, preocupados por la posibilidad de un suicidio masivo. Al velorio no asistió nadie, excepto su madre y un primo lejano, director provincial de la OFICODA.

“Me suicido porque ya no puedo más”, fue la escueta nota encontrada al pie de la cisterna de su domicilio, escrita en letra temblorosa por Favio Menéndez Carro en marzo de 2016, el último de los suicidas cubanos, un campesino de 40 años que se ató un bloque de cemento al cuello y se tiró en su propia cisterna, dejando a sus seis hijos y a su mujer embarazada en un pueblo cercano a Manzanillo. Pocos lo saben en la zona. Casi nadie en el resto de la Isla. Silencio.

EL SUICIDIO POLÍTICO EN CUBA.

El suicidio político en Cuba, como en la antigua Roma, ha sido considerado una muestra de integridad moral o una salida “digna” al escándalo o a la presión gubernamental, aunque curiosamente también ha sido visto como lo contrario: la “confirmación” de una culpabilidad, o un síntoma de debilidad política.

"Un revolucionario no se suicida si no es para guardar un secreto de la Revolución" dijo una vez Fidel durante una visita a Nicaragua. Los suicidios políticos son pues, lamentablemente corrientes en la sociedad cubana, desde el más alto al más bajo de los estratos sociales, si bien, por motivos diferentes.

Los textos escolares de Historia de Cuba, hablan de los aborígenes que se suicidaban antes de someterse a los colonizadores españoles, como los esclavos lo hacían como única alternativa al infierno de la esclavitud. En las luchas independentistas, nuestro folclor hace referencia a la identificación de los criollos con el alacrán, que se clava su propio aguijón cuando se siente acorralado. La consigna de los mambises, “Libertad o Muerte”, se transformó en “Patria o Muerte” y, después del fin del comunismo en Europa del Este, derivó en el apocalíptico “Socialismo o Muerte”. “Será mejor hundirnos en el mar”, nos dijo Pablo, un mensaje “optimista” del que espero, hoy se esté arrepintiendo.

Calixto García tenía una cicatriz en la frente en forma estrellada como resultado de un intento suicida antes de caer prisionero de los españoles. Según algunos historiadores, ese es el origen verdadero de la estrella solitaria de la bandera cubana, después entendido como la república libre, independiente y soberana que debía ser Cuba.

En 1911, Pablo Lafargue, un escritor mestizo nacido en Santiago de Cuba y convertido desde su juventud en incondicional del naciente comunismo, se suicida junto a su esposa Laura, hija de Carlos Marx, poco después de la publicación del libro "El determinismo económico en Carlos Marx". Su obra más conocida es “El derecho a la pereza”, un sugerente título para un escritor comunista. El 25 de noviembre de 1911, convencidos de que habían vivido ya el tiempo suficiente, Pablo y Laura Lafargue se suicidaron de común acuerdo, luego de pasar una espléndida tarde en un cine de París y de haberse comido unos pasteles de hojaldre. En su carta testamento, Lafargue explicó las razones de su sorprendente decisión:

“Sano de cuerpo y espíritu, me doy muerte antes de que la implacable vejez, que me ha quitado uno tras de otro los placeres y goces de la existencia, y me ha despojado de mis fuerzas físicas e intelectuales, paralice mi energía y acabe con mi voluntad, convirtiéndome en una carga para mí mismo y para los demás. Desde hace años me he prometido no sobrepasar los setenta años; he fijado la época del año para mi marcha de esta vida, preparado el modo de ejecutar mi decisión: una inyección hipodérmica de ácido cianhídrico. Muero con la suprema alegría de tener la certeza de que muy pronto triunfará la causa a la que me he entregado desde hace cuarenta y cinco años”.

Muchos políticos cubanos de renombre del siglo XX terminaron suicidándose dentro y fuera del país. Al suicidio heroico del dirigente ortodoxo Eduardo Chibás, hay que añadir los del ex presidente Carlos Prío Socarrás, Eduardo Castañeda, dirigente estudiantil universitario, Miguel Rodríguez, ex dirigente de la Juventud Comunista, Alberto Mora, ministro de Comercio Exterior, Eddy Suñol, militar de alta graduación; Javier de Varona, de la Microfracción, Alexis de la Guardia, poeta y periodista del periódico Juventud Rebelde; Osvaldo Dorticós, ex presidente de Cuba, Rodrigo García León, ministro de Finanzas; y Haydée Santamaría, asaltante del Cuartel Moncada en 1953, directora de Casa de las Américas y muy cercana a la cúspide del poder. Pero estos son solo algunos entre los centenares de suicidas anónimos afiliados al régimen, desde la Sierra hasta nuestros días.

Igualmente intentaron quitarse la vida sin conseguirlo, el Comandante de la Revolución Augusto Martínez Sánchez, ministro del Trabajo, Jorge Enrique Mendoza, director del periódico Granma y Melba Hernández, una de las heroínas más relevantes de la Sierra y figura muy cercana a Fidel Castro, entre otros.

Fuera de Cuba también los cubanos se han suicidado por motivos disímiles, desde la locura hasta la enfermedad pasando por los remordimientos, la culpabilidad o la ruina. Miguel Ángel Quevedo, editor y propietario de la Revista Bohemia, se suicidó en Miami en agosto de 1969 dejando una histórica carta a Ernesto Montaner donde hacía saber su posición con respecto a supuestos errores cometidos en perjuicio de Cuba, que culminaron con el triunfo de Fidel Castro. Se han suicidado también en el exilio una larga lista de ciudadanos de a pie, deportistas, intelectuales, actores o escritores, algunos muy mediáticos como el escritor Reynaldo Arenas, que se suicidó en Nueva York enfermo de SIDA, otros menos, como el disidente, Albert Santiago Du Bouchet Hernández, que se quitó la vida en España en 2006, y otros anónimos como el ex jugador de béisbol Serguei Linares.

Hoy quiero rendir homenaje –lo merezcan o no por su trayectoria política, y exceptuando a los cobardes, a los asesinos, a los violadores y a los sátrapas–, a la memoria de los suicidas cubanos olvidados por la ley oficialista de los hombres y por el extraño dogma cristiano de Dios, que considera pecado atentar contra el cuerpo sagrado.

Y ante la imposibilidad de recordar a todos los anónimos por su nombre, haré mención de los casos más mediáticos, por la trascendencia o importancia social y política de sus desafortunados protagonistas.

LOS MUERTOS

El desfile de cadáveres “por cuenta propia” de la era revolucionaria empieza pronto, los primeros días de la Revolución.

En la Ciudad de Santiago de Cuba, el 2 de marzo de 1959, son llevados a juicio varios pilotos, artilleros y mecánicos de la Fuerza Aérea Cubana. Se les acusaba de haber bombardeado en forma indiscriminada a poblados campesinos y a los guerrilleros que operaban en las montañas.

El Tribunal Militar estaba presidido por el Comandante de la revolución triunfante FÉLIX LUGERIO PENA, y de fiscal, fungía Antonio Cejas Sánchez, que instruido por Fidel, pedía la pena de muerte para los pilotos, y 30 y 20 años de cárcel para los artilleros y mecánicos respectivamente.

Sin embargo, debido a la falta de pruebas, el Comandante Pena desestimó los cargos, otorgando la absolución de todos los acusados. Inmediatamente Castro, ciego de cólera, reunió a los medios de comunicación para expresar su disconformidad frontal con el veredicto, ordenando un nuevo juicio y dando a entender por sus palabras que había que fusilar a algunos de los pilotos.

Es importante recordar que Camilo Cienfuegos también apareció ante las cámaras de televisión, y manifestó: "Si no condenan a esos criminales, me pego un tiro", uno de los pocos puntos negro en la blanca trayectoria del líder cubano, cuyo final posterior pareció obedecer a ese deseo.

Tres días después de la absolución de los pilotos, Fidel constituye otro tribunal, esta vez presidido por el incondicional comandante de la revolución, y esbirro de conciencia, el comandante Manuel Piñeiro Losada, alias Barba Roja, y como fiscal, el recién nombrado Ministro de Defensa Nacional Revolucionario, el Comandante Augusto Martínez Sánchez.

Esta nueva audiencia quedó para la historia de la “justicia” revolucionaria por vergonzante, violenta y dictatorial. Increíblemente se prohibió la presencia de los acusados, y los acusadores abusaron del insulto y los epítetos fuertes contra los abogados defensores, que fueron amenazados, empujados, agredidos, y finalmente expulsados de la sala. El 8 de Marzo Fidel dio conocer la sentencia al pueblo de Cuba: Los 19 pilotos y los 10 artilleros fueron condenados a penas de prisión entre 20 y 30 años, y los 14 mecánicos a dos años de cárcel.

Al mismo tiempo Fidel inicia una campaña de desprestigio contra Pena y lo acusa de corrupto. A los tres meses, en junio de 1959, Félix Lugerio Pena, aparece muerto en su casa de un disparo en la cabeza, con el arma en la mano. Fidel se apresura a afirmar que Pena “se ha suicidado de vergüenza”. Aunque incluyo a Pena en la lista de suicidios, entenderán que ha de ponerse en cuarentena este extremo.

Pocos días más tarde RAÚL CHIRINO, un ex combatiente revolucionario fiel a Pena, pide audiencia con Fidel en el Palacio de la Revolución, y tras sostener una larga entrevista con él, vuelve a su casa en evidente estado depresivo. Al día siguiente Chirino se suicida en un dispensario médico.

Unos días después otro héroe de la Sierra Maestra, después alto mando del MININT, el comandante EDDY SUÑOL, se suicidó con su pistola calibre 45 en su casa sin que oficialmente se conocieran las razones.

El 8 de diciembre de 1964, después de sostener en su despacho una angustiosa conversación telefónica con Fidel Castro, el comandante AUGUSTO MARTÍNEZ SÁNCHEZ, aquel fiscal del segundo juicio amañado de los pilotos, se disparó en el pecho con su pistola. Había sido acusado de corrupción por Fidel el mes anterior. Quedó vivo, pero separado de su cargo como ministro de Trabajo, y para siempre de la vida pública.

Por aquella época, en el mismísimo despacho del hoy presidente Raúl Castro , entonces segundo jefe de gobierno, su cuñada NILSA ESPÍN, hermana de su mujer Vilma, se disparó en la sien con su pistola calibre 45. Rumores posteriores apuntaron a que se trató de un doble suicidio premeditado, porque ese mismo día en Pinar del Río, se quitó la vida su esposo. Ambos habían combatido en la Sierra junto a Fidel y Raúl.

En 1971 se mató de un balazo en el corazón el joven funcionario JAVIER DE VARONA. Acababa de salir de la cárcel, donde había estado bajo investigación por haber participado en la redacción de un análisis sobre la situación financiera nacional, el sonado fracaso de la Zafra de los Diez Millones, y los errores que había cometido Fidel en ese y otros dislates económicos de la Revolución.

También en la década del 70, otro alto funcionario del régimen, hijo del mártir Menelao Mora, ALBERTO MORA, no pudo soportar la humillación de ser enviado a una granja de castigo, y allí lo encontraron muerto con su uniforme militar. Unos meses antes había salido en defensa de su amigo, el poeta Heberto Padilla, cuando éste fue obligado a hacerse una autocrítica pública en la UNEAC. Durante varios años Mora había ocupado el cargo de ministro de Comercio Exterior. No hubo reacciones oficiales al suicidio de Alberto, también Comandante de la Revolución. Había sido director del Banco de Comercio Exterior y luego Ministro de Comercio Exterior, en el periodo de la integración de la economía cubana al campo socialista. Se suicidó en 1972, cuando ya no era ministro, por lo que el gobierno pudo ahorrarse la declaración.

Unos años después, el 26 de julio de 1980, la ex guerrillera de la Sierra Maestra, HAYDÉE SANTAMARÍA utilizó también su 45 para morir. Entonces era la presidenta de Casa de las Américas, y gozaba de la confianza de Fidel Castro. El suicidio de Haydée se produjo durante los festejos por el aniversario del asalto al Cuartel Moncada, donde había jugado un papel muy relevante. Haydée nunca se recuperó de los sucesos del Moncada y no estaba bien de salud, quizás un paliativo para evitar los reproches de la oficialidad al suicidio, una acción que la nomenclatura revolucionaria cuando le convenía, consideraba una cobardía.

Pero Haydée era muy conocida y, además, una figura de primera línea en la Revolución cubana, así que la parquedad oficial provocó un mar de especulaciones, algunas de las cuales no creían en la teoría del suicidio.

Una versión más pueril de la causa de su suicidio, especula con la posibilidad de que se quitara la vida porque Fidel autorizó a Armando Hart a divorciarse de ella, un permiso que venía solicitando Hart desde hacía tiempo, y que le había sido negado sistemáticamente por Fidel. Esa circunstancia añadida a su fuerte depresión nerviosa pudo desatar su muerte.

Tres años después, el 23 de junio de 1983, luego de una fuerte discusión con Ramiro Valdés, el doctor OSVALDO DORTICÓS TORRADO se quita de la vida de un tiro, siendo ministro de Justicia. De 1959 a 1976 había desempeñado el cargo de Presidente de la República.

Hay un detalle aquí del que poco se habla entre los cubanos de a pie, pero fue bastante comentado en las altas esferas del gobierno cubano. Según esos rumores, la verdadera (y común) causa del suicidio de Haydée y Dorticós fueron sus discrepancias y posteriores enfrentamientos con Fidel, a cuenta de los actos de salvajismo e incivilidad ocurridos durante los sucesos de la embajada del Perú y el éxodo por el puerto del Mariel. Cuentan que tanto uno como el otro se oponían frontalmente a los actos de repudio y a la política de “la escoria y el lumpen” que echó a andar Castro como parte de su propaganda política en aquellos días. En el caso de Dorticós, se dice que era demasiado cobarde para atentar contra sí mismo, un dato confirmado después por su hijo. Nada de esto puede probarse hoy, pero la duda queda.

Haydée escribió una larga y amarga carta a Fidel mostrando su desacuerdo explícito con la desmedida violencia desatada por el estado. Fidel nunca le respondió, ni tampoco aceptó discutir el problema con ella. Precisamente hasta unos días antes del suicidio de Haydée, Fidel estaba de gira por Nicaragua festejando el primer aniversario del triunfo de la revolución sandinista. Quizás fue allá que recibió la mencionada carta, pero nadie puede confirmarlo.

Como en el caso de Camilo, la trayectoria moralmente impoluta de Haydée se vio manchada por el affaire Heberto Padilla, ocurrido mientras ella mandaba en la Casa de las Américas.

Padilla, que anteriormente había ganado el premio de esa institución con su libro de poemas "Fuera del juego", que se retiró de circulación después de que salieran de Cuba todos los miembros de aquel jurado, fue preso y torturado en Villa Marista y estuvo bajo constante vigilancia hasta 1980, año en que Castro autorizó su salida de Cuba. Haydée se mantuvo en silencio durante todo el viacrucis de Heberto, al menos públicamente. El propio Padilla no olvida mencionarlo en su libro posterior, "La Mala Memoria".

Pero Dorticós y Haydée no fueron los únicos que se opusieron a la violencia de Fidel dentro de la alta jerarquía comunista. A ambos se unió Carlos Rafael Rodríguez, que en una polémica entrevista para una revista mexicana, dijo tajantemente que el éxodo por el Mariel y su gestión por parte del Gobierno, no beneficiaban en nada a la Revolución.

JESÚS MANUEL SUÁREZ ESTRADA, natural de Santa Clara, era un hombre de confianza de Fidel en el Comité Central del PCC, donde trabajó largos años. Una tarde se montó en su carro, se fue al parque Lenin, y se ahorcó colgándose de un árbol. En su juventud había publicado un libro de poemas, dicen que bueno. Nunca se supieron las razones de su suicidio, ni siquiera por parte de su familia.

Tras el fusilamiento del General Arnaldo Ochoa y otros oficiales, en julio de 1989, dos coroneles del Ministerio del Interior decidieron suicidarse: RAFAEL ÁLVAREZ CUETO, Jefe de Finanzas, y ENRIQUE SICARD, Jefe de Inteligencia. En 1994, por razones aún desconocidas, JORGE ENRIQUE MENDOZA, director del periódico Granma durante años, intentó suicidarse de un disparo. Poco después falleció de un infarto cardíaco.

Dos chilenas muy conocidas, BEATRIZ ALLENDE BUSSI “TATI”, hija del ex presidente Salvador Allende, y LAURA ALLENDE GOSSENS, hermana del líder chileno, que gozaban de la protección del régimen castrista, decidieron despedirse para siempre del mundo de los vivos. Beatriz, de un disparo, en la elegante residencia de Miramar que le fue cedida por el gobierno cubano, y Laura lanzándose del piso 16 (según el informe oficial) del Hotel Riviera, y NO desde su apartamento en el Vedado como se dijo después. Este detalle es muy importante.

Me detendré en estos dos casos de suicidios de personas “no cubanas” en Cuba, por las notorias circunstancias en las que se produjeron.

La versión oficial que dio el gobierno cubano del suicidio de Beatriz, hija y secretaria de Salvador Allende, fue que “debió sufrir una fuerte depresión, acongojada, apesadumbrada, afligida, sufriendo por la dictadura que padecía su patria”. Vivía en La Habana desde hacía 4 años, protegida por Castro después del golpe de estado en Chile acontecido en septiembre de 1973. Tati, como la llamaban sus afectos cercanos, se dio un tiro en la sien en su hogar, que le ocasionó la muerte el 11 octubre de 1977.

Poco después, la inteligencia cubana “dejó correr” una segunda versión de su suicidio: Beatriz había puesto fin a su vida porque su esposo, el cubano también miembro del G2 Luis Fernández Oña, se había distanciado de ella para volver con su primera esposa. El propio Fernández Oña hizo algunas declaraciones a la prensa extranjera confirmando esta versión, pero sin entrar en detalles.

Pero ninguna de las dos razones que dio la oficialidad cubana explicaba el origen del arma de fuego que utilizó Tati para quitarse la vida, en un país tan estricto como pocos con el control de armas por personal no autorizado. Hay que tener en cuenta, que por la importancia política que tenía Beatriz Allende para Fidel, estaba constantemente vigilada por la Seguridad del Estado, que incluso había alquilado un apartamento frente a su casa para ese fin. Una pregunta obvia se impone:

¿Qué papel jugó en esto el esposo de Beatriz Allende?

Fernández Oña aparece en infinidad de documentos de los servicios de inteligencia extranjeros debido a su trayectoria subversiva como miembro del MINIT. Como agente de la DGI estuvo destinado en Chile para proporcionar información sobre la familia Allende, y sobre Allende mismo. En 1967, durante la Conferencia Tricontinental auspiciada por Cuba, Fernández Oña se acerca a Beatriz Allende con intenciones “festivas”. Entonces trabajaba directamente con Manuel Piñeiro Losada, el archiconocido Barbarroja del Ministerio del Interior. En esa conferencia Beatriz acompañaba a su padre, que era entonces senador en Chile. Allende había perdido ya dos elecciones presidenciales en el 58, y en el 64.

Así las cosas, y viendo en este “amor” un importante puesto encubierto de vigilancia en Chile, Castro aprueba que Fernández Oña –muy buen mozo, por cierto–, siga adelante con ese idilio, y le proponga matrimonio a Tati. Esta vez Salvador Allende tenía grandes posibilidades de ganar las elecciones presidenciales, así que Fernández se dedica desde entonces a cortejar a Beatriz, que no tarda en caer rendida en sus brazos.

En 1970 Allende gana la presidencia, y Beatriz y Fernández se casan. Fidel lo nombra encargado de negocios en Santiago de Chile mientras toma posesión el embajador (y también espía) Mario García Incháustegui. Cuando se produce el golpe de estado en Chile, alrededor de 200 chilenos cercanos a Allende se refugian en la embajada de Cuba. Al siguiente día, la Junta Militar del golpe de estado les otorga salvoconductos, y en un avión con personas de pie o sentadas en el pasillo, vuelan a la Isla, entre ellos Beatriz y su esposo Fernández Oña.

Instalados en Cuba en un apartamento que les da el gobierno, Fernández prosigue su labor dentro del Departamento América mientras Beatriz es encargada por Fidel de organizar a sus compatriotas exiliados, y realizar viajes por el mundo denunciando a la dictadura de su país.

Poco a poco Beatriz va desapareciendo para los propios cubanos, sus vecinos la ven cada vez menos y sus paisanos exiliados dejan de verla del todo. Entonces aparece en la prensa cubana una escueta nota sobre su suicidio y Prensa Latina envía un cable breve al resto del mundo, diciendo que el martes 11 de octubre la habían encontrado muerta de un disparo que se dio ella misma. Tenía solo 33 años y dejaba una niña de 5 y un niño de 4.

¿Quién le proporcionó el arma con la que, dijeron, se disparó en la sien? ¿Estaba deprimida realmente desde el supuesto abandono de Fernández Oña? Nunca se sabrá.

Un año después, el ama de crianza de sus hijos, también chilena, regresa a Chile y declara a una revista de Santiago, que Beatriz había tenido una reunión con Fidel el día anterior a su muerte, de la que había vuelto llorando. También declaró que nunca vio aquella pistola en la casa, hasta el día en que Tati fue encontrada muerta con ella en la mano. Le extrañó igualmente que no se hicieran fotos del escenario del crimen y que se limpiara concienzudamente toda la casa el mismo día. Y el detalle más importante: el agente de la seguridad del estado que tenía posta frente a la vivienda, la vino a recoger ese día por la mañana para llevarla con los niños “a pasar un día en Soroa”, según la criada, “por orden de Beatriz” que todavía ni siquiera se había levantado. Saquen sus conclusiones.

El caso de Laura Allende la hermana de Salvador Allende y tía de Tati, fue aún más extraño.

Laura pertenecía al Parlamento Chileno, y a diferencia de su sobrina, en el momento del golpe no quiso abandonar Chile. Se mantuvo viviendo en el país durante dos años hasta que la dictadura encabezada por Pinochet la expulsó y tuvo que exiliarse en México. Ella, al igual que otros miembros de la familia Allende, era una marxista convencida, como su hijo Andrés Pascal Allende, reconocido terrorista y fundador del Movimiento de Izquierda Revolucionaria MIR en Cuba desde el 65, que pasó a la clandestinidad después del Golpe de Estado.

De México, Laura Allende viaja a La Habana, y el sábado 23 de mayo de 1981 se lanza (o cae) al vacío desde la habitación del piso 16 del hotel Riviera, aunque algunos medios de prensa no cubanos afirmaron que fue del 18. Parece una guachada, pero esta diferencia de dos pisos es muy importante.

Según la tiranía comunista cubana, Laura Allende de 69 años por causa de la enfermedad terminal que padecía, y (como su sobrina) sufría una fuerte depresión por lo que acontecía en su patria. Cuando Augusto Pinochet permitió la apertura política en Chile para dar paso a la democracia, el cuerpo de Laura Allende Gossens fue trasladado a Chile y sepultado en la tumba de la familia Allende, en el Cementerio General de Santiago de Chile, en mayo de 1988.

En un principio se dijo que Laura se había lanzado desde el piso 16 del hotel Riviera, pero después varias fuentes apuntaron a que se había tirado desde el balcón de su casa. En este punto hay toda una teoría de la conspiración aún no aclarada. Ciertamente aquella noche Laura había estado en su casa, pero la abandonó después de medianoche para encontrarse con un hombre en el hotel Riviera.

Según testigos presenciales, cuando ocurrió la tragedia, nadie pudo ver su cuerpo, ya cubierto con una sábana sobre el pavimento, acordonada la zona y despejada de curiosos. Pero resulta que una hora después, se montó el mismo dispositivo (supuesto cuerpo, sábana y acordonado de la zona) en los bajos de la casa de Laura en el Vedado. Para los menos crédulos, este montaje “paralelo” obedeció a la estrategia gubernamental de trasladar los hechos ocurridos en el Riviera a la casa de Laura.

¿Se quiso desviar la atención quizás, del lugar y la razón de este “suicidio”? ¿Qué más daba que Laura se tirara desde su casa que desde una habitación del Riviera?

Lo cierto es que la planta 18 del hotel, sólo dos pisos más arriba de donde supuestamente se tiró la hermana de Allende, se destinaba a alojar entonces a los miembros del MININT y de las FAR durante sus vacaciones o momentos de ocio, y aquel día estaba totalmente ocupado por militares de alta graduación de esos cuerpos del gobierno. Otra vez son casi obligadas las suspicacias.

Hay una carta escrita por Laura antes de suicidarse que salió publicada en algunos medio de comunicación de Latinoamérica, y que el régimen cubano ni confirmó ni desmintió. En la misiva, elogia hasta la desmesura a Fidel Castro, exonerándolo repetidas veces (¿por qué?) de la decisión que tomará. La carta estaba escrita a máquina y no estaba firmada por su supuesta autora. Extraño.

Vale recordar que Salvador Allende Gossens el presidente de Chile, también murió supuestamente por su propia mano, (de ser cierto, era sintomática la propensión al suicidio en esa familia) pero aparece otra vez aquí el fantasma de la duda.

Entre los numerosos asesores militares de Salvador Allende, se encontraban los oficiales del Ministerio del Interior cubano Patricio y Tony de la Guardia, Luis Fernández Oña y Mario García Incháustegui (bajo el disfraz de embajador). Corre una leyenda urbana en las altas esferas del MININT según la cual Fidel Castro no fusiló a Patricio de la Guardia cuando el juicio del general de brigada Arnaldo Ochoa, porque éste escondió un documento comprometedor relacionado con la muerte de Allende que implicaba a Castro, y Fidel lo sabía.

Según compañeros de la DGI hoy exiliados, allegados a Patricio de la Guardia, éste les hizo algunos comentarios relacionados con las verdaderas circunstancias de la muerte de Beatriz Allende, que no pasaban por el suicidio. Su hermano Tony, fusilado en el caso Ochoa junto a éste, también estuvo en Chile entrenando a las milicias de Allende.

La muerte de Allende hasta el día de hoy no ha sido aclarada. La versión del régimen cubano de que murió peleando y que corría por el patio del Palacio Presidencial cargando armas para defender La Moneda, y que hasta disparó una bazuca contra un tanque de guerra según el propio Fidel Castro, no se la creen ni los propios comunistas.

La otra versión, la de la Junta Militar de Pinochet, cuenta que Allende se suicidó de un disparo hecho con el rifle que le regaló Fidel Castro, también ha sido muy cuestionada. Con el paso del tiempo y las declaraciones de más testigos presenciales, esta muerte extraña ha tomado tintes de novela policíaca:

Unos dicen haber escuchado un único disparo, otros que fue una ráfaga, y los peritos y forenses chilenos que analizaron el cadáver, aseguran que no fue un rifle sino una pistola la que utilizó el líder para suicidarse.

Una teoría más rocambolesca afirma que en realidad Allende se negaba a rendirse, pero que Patricio de la Guardia recibió órdenes de Castro vía su embajada, de que mataran a Allende para convertirlo en un mártir y abrillantar la moral comunista latinoamericana que lideraba Fidel en la región.

Hay que tener en cuenta que ciertamente, nunca se interrumpió la comunicación telefónica en la Casa de Gobierno, y que los periodistas que entraron más tarde, declararon que vieron primero a Allende muerto en el suelo y después sentado en un sofá con el rifle en la mano. La historia verdadera probablemente y como las anteriores, nunca se sabrá.

Terminando con el repertorio de suicidios notables cubanos”, el 26 de marzo de 2009 CARLOS FIGUEREDO ROSALES, Comandante de la Revolución y miembro del Directorio Revolucionario que asaltó el Palacio Presidencial y la emisora Radio Reloj en La Habana, se pegó un tiro en su residencia en la capital, a los 72 años. No se publicó nada al respecto en la prensa oficial.

En junio de 2013, en La Habana, un periodista independiente reportaba el suicidio del ex capitán de la policía ROMÉRICO BERENGUER, de 69 años, quien se ahorcó en su hogar de Santos Suárez. El móvil habría sido que después de cuatro décadas de servicio en el Ministerio del Interior, lo retiraron con 211 pesos mensuales (9 dólares), que posteriormente le aumentaron 300 pesos (12 dólares). El periodista terminaba su nota en Cubanet aclarando que en menos de un año, en esa misma cuadra, habían ocurrido tres suicidios más, todos de hombres mayores de 60 años.

El número de suicidios en Cuba hasta hoy, no ha hecho más que crecer. ¿Qué les deparará el futuro inmediato a los habitantes de aquella islita de tan insignificante extensión geográfica, pero de tan significativa trascendencia política?

Dijo Schopenhauer, desde su filosofía teutona:

"Cuando los terrores de la vida sobrepasan al terror de la muerte, el hombre pone fin a sus días".

Eso debe ocurrirles a los suicidas cubanos y a todos los del resto del planeta que deciden transitar al otro mundo por propia voluntad. Y le seguirá ocurriendo a un 0,6% de los seres humanos de la Tierra.

Es la estadística negra de nuestra naturaleza autodestructiva.

REFERENCIAS CONSULTADAS
Causa de muerte: suicidio, de Claudia L. Donate, Le-Roy; ob. cit., p. 27.[9] García Pérez, Teresita; El Suicidio.Taller Sociedad, Salud y Violencia, Diciembre 1994-Marzo 1995; Instituto de Medicina Legal, Ciudad de La Habana, 1994. World Health Organization; World Health Statistics Annual. 1995; United Nations; Demographic yearbook. 1997; Nueva York, “La última puerta” de Tania Díaz Castro, CUBANET. Donate-Armada, Maida y Macías, Zoila; El suicidio en Miami y en Cuba; Consejo Nacional Cubanoamericano, World Health Organization; Suicide rates per 100.000 by country, year and sex (Table). Diego, Eliseo Alberto; Informe contra mí mismo; Extra Alfaguara, México, 1997. Organización Panamericana de la Salud; Informe mundial.
(dedicado a Juan Pin Vilar y a Janina)

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