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Si sueñas con una monja, ves un majá, te asusta una guagua o te enteras de alguien preso o muerto, entonces apostarás al 5, 21, 46, 65 o 8 respectivamente.

Se juega en Puerto Rico y Estados Unidos, pero fue de Cuba que salió la lotería más mestiza y ‘surrealista’ de todas, la que agita y se nutre de sueños, matemáticas, intuición, superstición, azar e ilusión.

A casi ningún cubano hay que explicarle que la bolita es una lotería donde se apuesta a uno o varios entre 100 números a los que se atribuyen significados relacionados con objetos, sujetos, animales, lugares o conceptos disímiles, dispares.

Si sueñas con una monja, ves un majá, te asusta una guagua o te enteras de alguien preso o muerto, entonces apostarás al 5, 21, 46, 65 o 8 respectivamente.

Las coincidencias de estos eventos con el significado de los números ganadores son las ‘Cábulas’.

Para jugar o conoces la mayoría de significados posibles de los 100 números, o tiras de asesores con memoria de elefante que te aconsejen a cuál número apostar.

Generalmente se apuesta de 1 a 60 pesos a un número que el ‘apuntador’ anota y recoge el dinero.

Solo se premian 3 números. El primero es el ‘fijo’ y su acierto reporta entre 80 y 100 pesos por cada peso jugado. Los otros dos son los ‘corridos’ y los ‘parlés’, combinados de dos números pagados entre 900 y mil pesos por cada peso jugado.

El ‘apuntador’ lleva la lista y el dinero recaudado a ‘banqueros’ que sopesan la cuantía de su propia liquidez para pagar las apuestas altas, y de no poder asumirlas transfieren o ‘botan números’ a otros ‘banqueros’ para prevenir perdidas.

Aunque en el 80% de las ocasiones tienen ganancias, los ‘banqueros’ deben precaver y disponer siempre de suficiente dinero en cash pues algunos ‘fijos’ o ‘parlés’ acertados les suponen sangrías de entre 80 y 100 mil pesos.

A diario el ‘banquero’ está pendiente de los dígitos cantados en la lotería; repasa las listas y hace balance de pérdidas y ganancias. Los ‘apuntadores’ pagan al siguiente día a los ganadores.

La bolita, cubana al fin, es una lotería mestiza. Surge de la Charada china llegada a Cuba a mediados del XIX con unos 125.000 culíes semiesclavos, sobre todo del sur de China, donde fue un juego de azar muy popular hasta la prohibición comunista en ese país.

Originalmente la Charada consistía en el dibujo de un chino de cuerpo entero cuya anatomía se dividía, de la cabeza a los pies, entre 36 números con los dibujos de sus respectivos significados: personas, animales y objetos.

Los negros esclavos pronto se sumaron a jugarlo y ya a principios del siglo XX la imaginación popular amplió hasta 100 los 36 números originales.

Es nuestra lotería más autóctona, criolla, añeja, de esas tradiciones populares, fieles y tercas. En ella apuestan lo mismo cubanos pobres que ricos, y todos con un denominador común: la adictiva pasión por ganar dinero a golpe de suerte.

Desde que llegó a la Isla se arraigó como las palmas y nos ha acompañado en épocas de vacas flacas o gordas, triunfando o salvando escollos, siempre ahí, pese a lo difícil que se lo hemos puesto a veces.

En la época republicana fue un negocio floreciente.

Algunos cubanos, por tradición familiar, aprendían de memoria el significado de los dígitos incluso antes que a leer. Los billetes se vendían abiertamente y los resultados se transmitían a las 2 de la tarde por Radio Progreso. Gracias a sus ganancias como banquero de charada, el avileño Martín Fox se convirtió en los 50s en el dueño del Tropicana.

Con la prohibición revolucionaria y socialista de una bolita ‘capitalista’ sancionada por el Código Penal, aunque inoculada ya hasta los tuétanos y de por vida en el alma cubana, no tuvo más remedio que pasar a la clandestinidad. Eso sí: jamás desaparecer.

Su ilegalidad podía costarle hasta cuatro años de cárcel a cubanos que seguían ‘jugándosela’ (nunca mejor dicho), poniéndole aunque sea un peso al 1 del ‘caballo’ en los cumpleaños de Fidel o cada primero de Enero; al 17 o 77 (muletas) el día de San Lázaro, o apostándole al 8 (muerto) cuando alguien famoso, cubano o extranjero, fallecía.

Ante la imposibilidad de extirpar la ‘bolita’ de nuestra cotidianidad, las autoridades policiales acabaron no solo haciéndose los de la vista gorda, sino incluso sumándose a ella apostando o cobrando comisiones a cambio de no tomar medidas penales.

Los 90s del Período Especial dispararon la popularidad de la ‘bolita’ a niveles donde el pueblo, a cada peso apostado, se jugaba lo mismo un alivio económico temporal que la supervivencia en medio de las carestías alimentarias y de enseres más duras que se recuerda en la Cuba del siglo XX.

Por entonces las expectativas diarias en torno al resultado de esa lotería eran máximas. De noche, los vecinos, anhelantes, se preguntaban entre sí, mediante claves o códigos como ‘números telefónicos’ o ‘fechas’, de ventana en ventana, qué números habían salido.

Hubo hasta presidentes de CDRs ‘apuntadores’ o ‘banqueros’.

Ya hoy ese nivel discrecional ha bajado.

Durante más de medio siglo de Revolución, las referencias para la bolita han sido loterías venezolanas escuchadas por emisoras de onda corta, Telemundo, Radio Martí, La Poderosa, las loterías de Ca$h3 o el Play4 de la Florida, SMS, internet y redes sociales.

Quizás la bolita sea un ‘vicio’, uno más entre otras tradiciones nacionales tan adictivas como el dominó y que durante tantos años los cubanos hemos llevado como parte de nuestra cultura lúdica.

Para quien considere que por tratarse de ‘apuestas’ la bolita no sea precisamente una de nuestras tradiciones más edificantes, solo quiero recordarles otro tipo de ‘apuestas’ bastante menos ejemplares arraigadas en la Isla, como las peleas de gallo de antaño o las peleas de perros actuales.

Junto a estos dos últimos ejemplos, la bolita solo es folclor, un ‘vicio’ inofensivo.

Larga vida a la bolita.




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