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Este artículo es de hace 17 años
Él era un joven locuaz y enamoradizo. Ella,
una bella valenciana en el exilio de México llamada Isabel Custodio.
Vivieron un apasionado romance y él la pidió en matrimonio. Fue una
relación de nueve meses, rota por la revolución, que marcó al
comandante y que ella recuerda 50 años después
La revolución que Fidel Castro no pudo
conquistar fue ella. Ocurrió en la víspera de la revolución cubana, en
el México de exiliados y trashumantes de los años cincuenta. Fidel
entonces era un joven imberbe, de trajes y corbatas imposibles, que no
se cortaba las uñas. Ella, Isabel Custodio, hija de exiliados españoles
y nacida en Valencia, era una adolescente cuidada, de ojos grandes, que
hablaba de marxismo y de vestidos de moda con la misma propiedad.
Se enamoraron antes de que la revolución comenzara a arrastrar lo que se ponía a su paso, incluido el amor. “El Ché se oponía a nuestra relación. Decía
que yo era una burguesita, que desconcentraba a Fidel, que iba a poner
todo en peligro. Era muy machista. Yo era la más joven y la que más le
discutía sobre política”, relata la mujer casi cincuenta años después,
los mismos años que cumplirá la revolución en 2009.
El romance ha estado guardado durante todo
este tiempo, salvo algunas referencias con apodos y nombres ficticios
en la larga lista de amores que se le atribuyen al comandante. En ellas
se describe a una joven que se iba a casar con Fidel y que, justo antes
de la boda, se negó.
Isabel, conocida en México como feminista y
escritora, cuenta su historia en el libro El amor me absolver, un guiño
a la célebre frase que Castro pronunciaría en el juicio por el ataque
al cuartel Moncada, en Santiago de Cuba: “La historia me absolverá”.
El libro, publicado en México, está pendiente
de una segunda edición. “Durante mucho tiempo quisieron entrevistarme,
pero no quise. Seguí mi vida. Sin embargo, sentía que tenía que
contarlo, y me dije: éste es el momento. El Fidel que yo conocí no es
el de ahora: era muy joven y no tenía el mundo a sus pies, era un
idealista, un verdadero revolucionario”, relata Custodio desde la
ciudad de México.
La escritora describe a un Fidel enamoradizo,
locuaz, incansable, que dormía pocas horas y que hablaba más de
libertad y derechos que de comunismo. La pareja se conoció en la
cárcel. Fidel se había exiliado en México en 1955 después de que el
Gobierno de Batista le amnistiara por el ataque del cuartel Moncada.
Allí formaría una incipiente guerrilla con su
hermano Raúl y con un joven argentino que venía recorriendo el
continente en motocicleta. “Un amigo fotógrafo, Néstor Almendros,
también exiliado español, me pidió que le acompañara a tomar unas fotos
de unos cubanos que habían detenido. Yo no quería ir porque íbamos a
dar un paseo en un convertible que nos había dejado una amiga.
Néstor entró y me quedé en el coche. Tenía
ganas de ir al baño, así que entré, me encontré un patio repleto de
gente con un pequeño círculo de personas a las que les daban la mano
como si fueran de la realeza. Ahí estaba él, era el más alto. Yo no me
detuve a mirar, pero él sí”, comenta Custodio. Minutos después, el
fotógrafo le diría que uno de los cubanos había preguntado por ella.
“Se llama Fidel, dijo que te vas a casar con él”, agrega sonriente. A
los pocos días, aquel hombre de bigote minúsculo llamaría a su puerta.
La familia Custodio siguió la ruta del exilio
español: Francia, República Dominicana y Cuba, de donde también fueron
expulsados. “Yo era una niña, pero me daba cuenta de todo. De Francia
me acuerdo del hambre y del dolor del frío. Una vez me puse a jugar con
la nieve y se me congelaron las manos. Los médicos pensaban que me las
tendrían que cortar”, recuerda Isabel. Del frío pasaron al calor, a La Habana; allí
vivieron cuatro años, durante los cuales su padre, el dramaturgo Álvaro
Custodio, dirigió la Compañía Nacional de Teatro. “Hasta que Batista
nos echó. Decía que no quería nada de republicanos ni de comunistas.
Así llegamos a México”, agrega. Sin proponérselo, su familia había
trazado un camino de exiliados españoles y cubanos que conducía a su
hogar en el Distrito Federal. Allí se reunían a discutir y hacer lobby;
entre ellos, Fidel, que llegó de la mano de Isabel.
“nos unió el exilio. Además, yo era como una
extraterrestre en el grupo. Era de izquierda, pero también me
comportaba como una burguesa. Yo creo que le llamaba la atención mi
ingenuidad y mis conocimientos de política”, comenta.
La historia de amor, que duró nueve meses,
tiene como telón de fondo la prerrevolución en un México de lujos y
movilizaciones sindicales. Custodio habla de la asesoría que recibieron
los cubanos por parte de los exiliados españoles, de los entrenamientos
clandestinos en montañas cercanas y también de los cócteles nocturnos
en mansiones donde se buscaba apoyo para la causa y donde los futuros
comandantes tenían fama de no ducharse. “Yo le decía a Fidel: o te duchas, o nada”,
sonríe. “Fueron días intensos. Nos perseguía la policía, la CIA, la
gente de Batista. Apenas se dormía. Estábamos muy juntos, quizá por eso
me gané la antipatía de varias personas del grupo. Me veían como a una
muchachita que iba a concursar en Miss Universo”, comenta Isabel.
Entonces estudiaba Filosofía y Letras y se
nutría de los debates que oía en su casa. “Me sorprendió que la mayoría
no tenía idea de marxismo, excepto el Ché. A Fidel no le escuché hablar
de comunismo; hablaba de ideales, de libertad, de un mundo mejor. Era
un encantador, te envolvía con palabras”, agrega.
En esos días la secuestraron. “La gente de
Batista, me agarró en la calle. Estuve tres días encerrada. Me tenían
drogada, sólo recuerdo que hubo un tiroteo muy fuerte y que me
rescataron”, comenta.
Era Fidel. “Luego me enteré de que el grupo
no estaba de acuerdo con el rescate, decían que yo me lo había buscado
por salir sola”, detalla. A estas alturas, la relación con su familia
se había deteriorado. Su padre, quien se mantenía de gira con la
Compañía Nacional de Teatro Clásico, le decía “que era una adolescente
pretenciosa. ¿Grupo revolucionario? ¿Pero qué idioteces te propones?”
Isabel continuó.
Fidel le propuso matrimonio con anillo
incluido; él ya venía de un divorcio con la madre de su hijo Fidelito,
Mirta Díaz-Balart. Ambos anunciaron el compromiso en una fiesta de
revolucionarios y alta sociedad, pero, minutos después, ella canceló la
boda. “No voy a decir el porqué. Sólo que yo era muy joven y tenía
muchas presiones”, comenta.
En algunas biografías no oficiales del líder
cubano se señala que, después de aquel rechazo, Fidel juró no
enamorarse nunca más.
Isabel, por su parte, se casaría cuatro
veces. La primera vez, a los pocos meses de que Castro desembarcara con
el Granma en las playas cubanas. Sobre el Fidel posrevolución prefiere
no opinar. “Mi historia es la del Fidel anterior a todo lo que vino
después”, zanja la pregunta.
Tampoco admite que haya tenido algún vínculo
o comunicación posterior, como si aquella noche de la fiesta hubiesen
definido su futuro. Ella se dedicó al activismo y a codirigir una de
las revistas feministas más antiguas de Latinoamérica, Fem. “Me hubiese
gustado participar en una revolución, aunque de alguna manera participé
en la preparación de una. Todos vamos cambiando, yo no soy la misma
chica de aquella época”, confiesa detrás de su cabello incendiado y su
voz delicada. Su última novela, La Tiznada, cuenta la
historia de una médica hacendada que se mete a luchar en las huestes de
Pancho Villa. “El Ché me insistía que dejara a Fidel por el bien de la
revolución. No sé si tenía razón”, comenta. Fidel fue su primer amor y,
quizá, el último para él.
Fuente: LaPrensa.com.ni
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