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Este artículo es de hace 12 años
Quizás dentro de cinco años, muchas familias pobres recuerden con nostalgia la libreta de racionamiento. En 1962, Fidel Castro implementó una cartilla para controlar la distribución de alimentos. Entonces, ni el opositor más recalcitrante del régimen podía imaginar que estaría vigente durante más de cinco décadas. Un verdadero récord mundial.
La libreta, como le dicen en Cuba, es un cuadernillo de cartón con varias hojas donde el bodeguero, panadero o carnicero anotan los alimentos otorgados a una familia.
Antes de 1989, además de una cuota básica de arroz, carne y pan, la libreta proporcionaba refrescos, leche condesada o queso crema. Luego, con la llegada del Período Especial, nombre oficial de la prolongada crisis económica que se inició en 1990, disminuyeron los artículos que el Estado proveía a cada nucleó familiar.
Sin fanfarria desapareció la otra libreta, también establecida en 1962, denominada de ‘productos industriales’ y mediante la cual se distribuía ropa, calzado, juguetes, hilos y bombillos, entre otros. A partir de ese momento, cada familia se las ha arreglado como ha podido para adquirir esos artículos de primera necesidad.
Por la libreta de alimentos una persona tiene derecho a comprar una magra cuota mensual que actualmente consiste en siete libras de arroz, 20 onzas de frijoles negros, cinco libras de azúcar, una libra de pollo, cinco huevos y un panecillo infame de 80 gramos, casi siempre mal elaborado.
Si haces una sola comida al día, la ‘canasta’ otorgada por el régimen puede durar 10 días. Su precio es barato. No excede los 7 pesos (0,35 centavos de dólar). Es un paliativo para los cubanos de bajos ingresos: gracias a la libreta, tienen garantizados algunos alimentos a precios subsidiados.
MENOS PRODUCTOS
A partir de la llegada al poder de Raúl Castro, en 2008, gradualmente, por la libreta han ido disminuyendo los alimentos a bajos precios. Las papas y los chícharos así como los jabones de lavar o de baño, figuran entre los artículos ‘liberados’. Por déficit en su producción en ocasiones escasean y sus precios han ido aumentando. La libra de papa o de chícharos cuesta un peso, aunque no siempre hay. El jabón de baño entre cinco y 25 pesos la pastilla.
La otrora azucarera mundial -vaya contradicción- vende el azúcar refinado a 8 pesos la libra, casi el equivalente de lo que cuesta en el mercado mundial.
A partir del 1 de julio, los cinco huevos per cápita de la cartilla de racionamiento, a precios subsidiados, seguirá costando 0,15 centavos cada uno. Los otros cinco que se vendían adicionales, a 0,90 cada huevo fueron eliminados. El nuevo precio de cada huevo ‘liberado’ será de 1,10 pesos (en el mercado negro los precios fluctúan según la demanda: entre dos y cinco pesos).
ESCASEZ DE COMIDA
Ahora mismo, comer es un problema serio en el 80% o más de los núcleos familiares. El 90% del dinero que recibe una familia se gasta en la adquisición de alimentos. Y no siempre de la mejor calidad, ni en la cantidad deseada.
El menú se improvisa a diario. Lo habitual es hacer una comida caliente al día. Lo que sobra, sirve de almuerzo al día siguiente para los niños, ahora de vacaciones escolares, y los ancianos. El resto de la familia suele almorzar un tentempié: un pan con croqueta o una pizza.
La élite, conformada por gerentes, ministros y dirigentes, desayuna, almuerza y cena según sus gustos. A esta clase, por lo general, se les ve presidiendo reuniones y congresos. Suelen ser blancos y obesos. Pero es una minoría.
La mayoría de la población vive pendiente de ‘resolver comida’. También a partir del 1 de julio, se dispararon los precios en los agros del Estado, reconvertidos en cooperativas particulares. Y para ser rentables, alzaron sus precios de ventas.
DOCILIDAD DEL CUBANO
“Es tremendo. Los precios están al mismo nivel que el de los agros particulares. Una libra de jamón cuesta 40 pesos. La libra de carne de cerdo, que antes valía 21 pesos la paleta y la pierna, ahora cuesta 40. Una libra de bistec de puerco, 40 pesos. Los productos subieron de precio, pero los salarios siguen congelados. Si esto ocurriera en Brasil, ya la gente se hubiera tirado a la calle. Si de algo no se puede quejar el Gobierno es de la docilidad del cubano”, señala disgustada una ama de casa.
Marta, oficinista, también se queja. “Es un descaro. Ni siquiera informan que subirán los precios. Llegas a una tienda por divisas o un agro y descubres que los han aumentado. Además, la mala calidad de los productos en los agros que ahora son cooperativas no justifican los altos precios. El particular vende caro, pero con calidad. El Estado ha establecido una competencia con los privados en detrimento de los más pobres”.
Hablar de la comida en Cuba es llover sobre mojado. El general Raúl Castro lo considera un asunto de seguridad nacional. Pero desde que llegó al poder en 2008, prometiendo un vaso de leche y aumentar la producción de alimentos, los precios han crecido en un 50%.
Con la libreta de racionamiento en mínimos, los abultados precios de los alimentos golpean a las familias de menos recursos como el potente gancho de un boxeador superpesado. Ya ni siquiera los más optimistas creen que se decretará un aumento general a los deprimidos salarios. El régimen prefiere no comentar ese tema.
Con un nivel de vida asfixiante, menos dinero y peor alimentación, personas como Leticia, desempleada, prefieren escapar de las carencias viendo culebrones y seriales en un DVD. “Evadirse no es lo aconsejable, pero no tengo la solución en mis manos”.
Meter la cabeza debajo de la tierra y dejar que las cosas pasen, es una estrategia seguida por muchos en Cuba. Su silencio es el mejor aliado con que cuenta el Gobierno de los Castro.
Fuente: Diario de las Américas
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