Alicia Alonso en Canadá: Diálogo de amor

Este artículo es de hace 12 años
En el teatro Betty Oliphant, de la Escuela Nacional de Ballet de Toronto, no había asiento desocupado. Aunque la audiencia estaba compuesta exclusivamente por niños y jóvenes, estudiantes de ballet de la afamada escuela y por sus maestros, reinaba un silencio absoluto. Cuando Alicia Alonso entró al escenario acompañada por Pedro Simón, escritor cubano y director del Museo Nacional de la Danza, más de 300 niños en el auditorio se pusieron de pie. El silencio se convirtió en prolongada, delirante, ensordecedora ovación. Cualquiera diría que estábamos ante un ídolo de la música popular. Nos equivocaríamos. Los niños sabían muy bien que eran testigos presenciales de algo único. De un momento histórico. Para los niños, vidas jóvenes entregadas al ballet desde la infancia, Alicia Alonso no necesita introducción. Conocen su historia como la palma de sus expresivas manos. Para la Escuela Nacional de Canadá, que mantiene constante intercambio de estudiantes y profesores del ballet con la Escuela Nacional de Cuba, la visita asumía el manto de un caluroso abrazo entre entrañables y antiguos colegas y amigos. Después de unas breves palabras, Alicia simple, magistralmente, les entregó el podio a los niños. Inmediatamente el teatro tomó las características de una íntima reunión familiar. No es cualquier día que un niño intercambia opiniones con tanta confianza y con tanto cariño con un personaje de la magnitud, de la humildad y de la gracia de Alicia Alonso. Mavis Staines, directora artística de la Escuela Nacional de Ballet, bien lo dijo al recordarles al estudiantado y a los invitados de honor que "la visita de Alicia Alonso nos honra en extremo. Nos sentimos en presencia de alguien grande. Esta es una experiencia majestuosa. Única. La llevaremos en nuestros corazones por el resto de nuestras vidas." Durante más de una hora los estudiantes conversaron con Alicia. No hubo inquietud que no recibiera especial, extensa respuesta. Un alumno le preguntó quién fue su mejor maestro. "¡Los peores bailarines!," respondió Alicia sin vacilación. Las carcajadas resonaron en el teatro por largo rato. ¿Y su más dolorosa experiencia? "Perder la vista..., pero jamás permití que fuese un obstáculo. Continué bailando. El baile es mi vida. Lo amo sin reservas. Claro, ahora que soy directora artística del Ballet Nacional desempeño otro papel. Pero no dejo nunca el baile. Ni me deja. Aún ahora bailo. En mis adentros, pero bailo y no solo eso, soy mi más dura crítica. ¡Terrible conmigo misma! Así deben ser ustedes. Deben de cuidar hasta la manera en que colocan los pies y cada movimiento de las manos, del cuerpo".Fuente: Cubarte 

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