Enrique Pineda Barnet: todavía espero la sorpresa

Este artículo es de hace 12 años
El destacado cineasta cubano Enrique Pineda Barnet, Premio Nacional de Cine 2006, centra en el tema de la separación familiar su más reciente filme Te espero en la eternidad, en proceso de edición.  La cinta, rodada entre diciembre de 2006 y enero de este año cuenta con las actuaciones de Verónica Lynn (Premio Nacional de Teatro 2003), Broselianda Hernández, Héctor Eduardo; Ismael Diego, nieto del fallecido poeta Eliseo Diego, y el niño Roberto Díaz.  Guionista de cine y video, profesor titular universitario, periodista, crítico, publicista y locutor, Pineda Barnet tuvo una participación activa, desde muy temprana edad, en casi todas las disciplinas artísticas.  En 1953 obtuvo el Premio Nacional de Literatura Hernández Catá y el premio del Festival de la Canción Cubana.  Motivaciones al margen, el realizador de La bella del Alhambra -Premio Goya 1990 y nominada al Oscar en 1991- es un hombre extrovertido, dueño de una comicidad envidiable que imprime a su mordaz y elocuente verbo.  -¿Qué enseñanzas y qué huellas le ha dejado el cine?  -Enseñanzas miles, huellas también. Hay una etapa de mi vida muy marcada, cuando ejercí el magisterio en la Sierra Maestra, en la montaña. Lo había ejercido desde antes, pero lo desarrollé allí.  Un documental de mi coterráneo José Massip, titulado El maestro del cilantro, recoge escenas de mi vida en la Sierra, con los niños que fueron mis alumnos, desde los que tenían cuatro años hasta los adultos.  De esos niños de entonces hay unos cuantos que, por determinadas vueltas del destino, viven ahora en la ciudad. Hay, por ejemplo, una maestra de profesión, cuyo hijo es actualmente el abogado que trabaja conmigo. Ese es un regalo de la vida. Esos niños de ayer son mis padrinos en la actualidad. Es un tesoro incalculable.  La vida te regala y te premia constantemente. No he sentido su castigo, a lo mejor es que me he portado bien. Nunca he experimentado ni odios ni rencores. Todavía espero la sorpresa.  -Usted es un creador multifacético y se ha destacado también en la actuación teatral.  -El teatro fue el origen y la inspiración. Siempre pensé que iba a ser un artista: un cantante, un bailarín, un actor, y terminé siendo director de cine.  Me hice escritor y soñé que lo sería toda la vida, me gané un Premio Nacional de Literatura pero la vida me llevó al cine, fue la casualidad y no la causalidad.  Cuando tomé la decisión omántica de marchar como maestro de campesinos a la Sierra Maestra, no me había dado cuenta de que en mí existía esa vocación tan fuerte y la vida me jugó una treta difícil.  Me designaron como administrador-interventor de ingenios, algo que no tenía nada que ver conmigo, no me gustaba. Por ese motivo, me trasladaron al cuerpo diplomático, que tampoco me gustaba, ni escogí. Por escapar de todo eso me fui adonde primero encontré sitio: pedí asilo en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos.  Alfredo Guevara, Julio García Espinosa y Héctor García Mesa me acogieron y me convertí en cineasta por casualidad.  -¿Cómo interpretó el Premio Nacional de Cine?  -Primero, como una paradoja, pues me parecía muy extraño que uno recibiera un premio de esa categoría tras 18 años sin poder hacer un largometraje en mi país. Significó y significa, no obstante, una idea de resurrección. Es muy curioso: resurrección ha sido la de mi primera película, Giselle (1963), devenida ahora un clásico.  Resurrección también es la de otro de mis títulos, Soy Cuba (1963), cuyo guión me provocó quebraderos de cabeza por todo lo que significa escribir para personas de otra cultura y una visión diferente de la vida. Fue un fracaso en el momento de su estreno, tanto aquí como en la otrora Unión Soviética. Al cabo de casi 50 años se ha convertido en un boom; es otra paradoja, otra resurrección.  Una resurrección es asimismo la del filme Mella, que había pasado sin penas ni glorias en 1975 y que en 2006 se difundió como si fuera una obra nueva. Lo mismo sucedió con David, en 1967.  Este año me llamaron del Museo de Arte Moderno Reina Sofía, de Madrid, para decirme que mi corto Cosmorama (1964) estaba calificado como precursor de lo que actualmente se llama videoarte.  Hay muchas resurrecciones, mayores y menores, pero me digo: ya tengo edad para morirme, ¿será que el Premio Nacional de Cine es el colofón de mi vida?  Arturo Infante, joven y talentoso realizador, hizo un corto y me llamó para que encarnara un pequeño personaje. Le dije: lo hago siempre y cuando me permitas añadirle algo al anciano que interpreto, que tiene el pecho lleno de medallas y condecoraciones. Quiero quitarme las medallas frente a la cámara y echarlas en una gorra.  He aprendido mucha analogía, me gusta jugar con la semiótica y las múltiples interpretaciones, y he tratado de impregnar ahora mi vida, lo mismo que a mi obra, la analogía y la paradoja.  -La vida también lo llevó a ser jurado en el recién concluido Festival del Nuevo Cine Latinoamericano.  -Es paradójico que al cabo de 18 años estuviera en el jurado de ficción, cuando no recibí el Coral por La bella del Alhambra, en su momento. Lo que me divierte es la paradoja y la resurrección.  Tuve una enorme preocupación por ser justo, exacto, preciso. Ser justo es muy difícil; no es justo que uno diga que ha sido justo, porque no sé si lo he sido. No me gusta tomar decisiones a ciegas, no me gusta la fe ciega, ni la justicia ciega. Creo que hay que hacerlo de manera consciente y con todos los elementos posibles. Es una tarea difícil, nada cómoda.  -Como bien ha dicho, se le considera precursor del videoarte.  -Tres obras mías: Cosmorama, Juventud, rebeldía y revolución, y El ñame siguen durmiendo el sueño de los justos en los archivos del Instituto Cubano del Arte e Industria cinematográficos (ICAIC).  Con la primera traté de hacer un juego estético y poético, sin grandes pretensiones. Comenzó siendo una prueba de color de un nuevo celuloide que le mostraron al ICAIC, para una posible compra. Me dieron mil pies de película, fue un regalo para que yo hiciera lo que me viniera en ganas.  Me fui a casa del pintor Sandú Darié y empecé a fotografiar con Jorge Haydú (húngaro residente en la isla). Así surgió Cosmorama.  -Su presencia fue notable en el Festival de La Habana. Entre otras cosas, se exhibió el documental Una canción para Rachel.  -Es un documental de Carlos Barba, un joven valor, muy interesante. Se trata de un homenaje a La bella del Alhambra con un making off de la película, un precioso trabajo en que logró entrevistar a varias personas. Empezó conmigo, con Verónica Lynn y el director de fotografía, Raúl Rodríguez. Pero se fue a buscar a Beatriz Valdés, a Caracas; a Isabel Moreno y a Jorge (Tuti) Abello, a Miami; a Gonzalo Romeo, a México; buscó momentos de la filmación, usó el trailler de la película, fragmentos de las canciones, escenas, en fin…  Me parece un documental muy emocionante, bello e inteligente.  -¿Ha pensado que hará en los próximos cinco años?  Tengo pensadas varias películas, en este orden: Verde, verde; Nora@dirección equivocada; El beso que no te di; y Bolero rosa. También pienso terminar mi novela, que vengo armando hace años, es medio autobiográfica y se llama Se anda buscando a un hombre llamado Máximo. Si lo ve, pídale, por favor, no desaparecer. Ese es el titulito.  Quien la lea tendrá que tener mucha paciencia y tenacidad, porque será muy larga.

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