Vítores en la nueva temporada de la Sinfónica en Mérida, participan bailarines cubanos

Esta noticia es de hace 12 años
Luz y espacio como únicas premisas. Vistoso girar de la pareja humana. A veces oro y a veces plata. Verde germinativo, azul ceremonioso, el rojo del impacto repentino. Brazos que se alzan hacia el cielo y perseveran. Oscilación tenaz de las cinturas. Pies educados para imponerse como sostén de vuelo o ráfaga fogosa.Tal es el ritual del ballet, su campo de batalla, y resulta señal de fortuna, de esperanza acaso, que este lenguaje artístico fuese la apoyatura para una nueva temporada —la novena— de la Orquesta Sinfónica de Yucatán, ahora con nuevo director titular, maestro José Luis Chan Sabido, y en medio de tejes y destejes ante el inicio de otro momento en su historial de grupo largamente esperado.Fue anteanoche cuando cuatro primeras bailarinas —Mary Paz Duarte, Mariela Romero, Mónica Osorno y Ana Elena de la Peña— del grupo camerístico que inspira y preside la maestra Bertha de la Peña Casares, acompañadas por tres danzantes que llegaron a Mérida para la ocasión —el mexicano Domingo Rubio y los cubanos Hansell Nadchar y Daymel Sánchez— vertieron renuevos de técnica y potestad física en el escenario del Peón Contreras, apesgando piezas de Mozart y Tchaikovski, fragmentos de Minkus y espléndidas escenas de Alexandre Luigini Aram Kachaturian.En este confuso inicio de año, mar de embustes, violencia y palabrería, de vengativos caprichos, el decepcionado cronista, dejando para más tarde sus dolamas, divisó este programa de apertura, de extrema gala en homenaje a Mérida, como la doble oportunidad de acicalar ojos y alma con el arte emanado del magisterio de Bertha y constatar la habilidad del estimado violinista, Chan Sabido como timonel designado (desde “arriba”) de nuestra orquesta.Con dos vías de esfuerzo lidió don José Luis, pues no sólo debió atender los íntimos avatares de las partituras, el delicado horizonte de sus músicos, sino también lograr que el elemento melódico coordinara con los planos figurativos, rítmicos, de los bailarines. Diremos, de ingreso y con satisfacción, que el enlace se cumplió eficazmente. Nuestra orquesta y los danzantes forjaron un solo gozo y alcanzaron la misma meta con precisión ejemplar. Formulemos el “¡Bravo!” merecido. Hubo permanente acierto en los alborozos de la danza, tal como se esperaba, pues con la seda de las manos de Bertha nunca tendremos ovillos mediocres. Por su parte, la Sinfónica se escuchó lozana, solvente, como es usual, tal como en otras temporadas, sin transfiguraciones dignas de admiración instantánea y obligada.El cronista debe agradecer a los encargados del boletaje que no se le hubiese dejado espacio para el desmayo a causa de éxtasis o similares extravíos, pues precisamente para un espectáculo en el que la visibilidad era requisito supremo, se le acomodó en silla de segunda fila, apropiada para ver espaldas y nucas. Bien, a caballo regalado, aunque sea sin dientes.El comienzo El primer cuadro avanzó sobre fragmentos de la “pequeña” serenata en sol menor K 525 de Amadeus Mozart. En su ilusión de intemperie, Mónica, Ana Elena y Alejandra Mier y Terán encarnaron los murmullos y el júbilo dieciochescos que el público reconoce y agradece de inmediato. El trío lució su jerarquía en giros y avances de puntual, definida elegancia. Ellas fueron el centro de una ceremonia cortesana, siluetas nocturnas en busca de resolver los misterios de la gran vigilante, la luna llena.Nada como un gran “pas de deux” —y más si procede de Tchaikovski— para sosegar el espíritu. Como el hada de azúcar, Mary Paz ha tomado, con su garboso porte, la misión de hacerse símbolo, corpórea leyenda, de las manos caballerosas de Hansell. Ambos parecieron seguros y precisos en sus desplazamientos como pareja y con sus variantes solistas llovieron aplausos, para ella —gentil en sus arabescos— y Hansell por la elástica calidad de sus amplios saltos. La armonía de la pareja danzante como paliativo para el sobresalto de transitar por un presente agresivo. Aunque no hayamos leído la novela de Howard Fast ni visto la película de 1961, la sola figura de Espartaco resulta significativa para cualquiera que conozca siquiera un ápice de la larga lucha del hombre por rescatar sus derechos elementales. Con Domingo como el esclavo tracio que puso en jaque a la república romana, el escenario se torno rojo como la ira de 100 mil serviles alzados en armas. Mariela dictó la intensa agonía de Verinia, la esclava frigia que desposa al caudillo en la prisión de Capua.El cuadro es una ofrenda al amor que cede su sitio al deber ineludible. Los amantes ven llegada la hora del combate final y la derrota. Mientras un soplo de libertad se les conceda, ellos avivaran las brasas de su lámpara común, persistirán en su terca decisión de ser felices. Con excelente balance corporal, flexibles, sugestivos, Mariela y Domingo obtuvieron la más natural progresión patética del plan coreográfico y emocionaron al público.A Ludwig Minkus le correspondió la mala fortuna de llegar a Rusia para componer ballets cuando Tchaikovski tomaba el mismo camino. Entre la mediocridad y el genio no hay competencia que perdure, de ahí que, en la actualidad, sólo se escenifican del austriaco algunos de sus “pas de deux” más celebrados. Uno extraído de “La bayadera” sirvió anteanoche para el cierre de la primera parte, con Mónica y Daymel en pleno ejercicio de sus aptitudes. El público les agradeció la impetuosidad de sus giros y la elegancia en las progresiones.Exotismo árabe Nada como el exotismo para iniciar una segunda parte y Bertha lució aquí, como cuerpo de ballet, a 14 chicas muy avanzadas dentro de su grupo camerístico. Para Fantasía Árabe, con coreografía de Mariela, el trabajo escénico de Ana Elena y Domingo gozó de un lucimiento soberano. Sus entradas y desplantes fueron tan exactos y bellos que arrancaron uno de los aplausos más genuinos de la noche. Acto seguido, Mary Paz y Hansell retornaron para el gran “pas de deux” de “Don Quijote”, instante de las bodas de Camacho, para el cual ostentaron esa técnica de azogue y seda tan admirable que el público aguarda con admiración. Entre la frivolidad y la tuberculosis cabe un melodrama de gran éxito. Para cerrar la noche de gala, Mariela y Domingo, acompañados de un cuerpo de actores presidido por el experimentado Aníbal Escalante, retomaron de Dumas la romántica anécdota de la coqueta y voluble dama que conoce el amor verdadero tan sólo para perderlo en las orillas de los convencionalismos sociales. En cuatro escenas y con el murmullo de un pasaje sinfónico de Tchaikovski, los danzantes, estrellas de la velada, a veces frágiles y a veces intensos, irrumpieron en la predilección del público. El aplauso final, los vítores y los ramos de flores para Bertha y su grupo, y el maestro Chan Sabido y los músicos de la orquesta fueron justos y merecidos. Hermosa noche para inicio de una temporada que aparenta ser interesante.— Jorge H. Álvarez Rendón

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