Ernán López-Nussa: la rumba llama

Esta noticia es de hace 12 años
"Una de las cosas que más me conmueven de Ernán López Nussa es cómo se acoplan en él lo singular y lo gregario. Es tan capaz de la exquisitez más callejera como de la cotidianidad más elaborada. Ernán es un hombre en el que aparentemente se pelean dos condiciones, pero él resuelve las distancias con su arte". Semejantes elogios, como esos del popular cantautor y coterráneo, Silvio Rodríguez, han sido una constante en la carrera del reconocido pianista cubano, alguien para el que no existen ni los titubeos ni las concesiones. El apellido López-Nussa suena mucho en la isla. Con un padre pintor, periodista y crítico de arte, y una madre que, a pesar de estudiar piano encaminó sus pasos a la pedagogía, sus cuatro vástagos –con excepción de uno- se dedicaron al arte. De ellos, los hermanos Ruy y Ernán aprendieron la música de academia, mientras que los hijos del primero, Harold y Ruy Adrián, siguieron los pasos de su padre. Sin duda, el pentagrama ha centrado un ambiente familiar donde se pondera la creación a contrapelo de cualquier banalidad. Sin rechazar a los clásicos, te inclinaste por el jazz. ¿A qué se debió esa elección? Algo muy simple y humano: la rumba llama. Son decisiones que uno va tomando en el curso de la vida. Tenía dos opciones. Desde muy joven sentí interés por el jazz y lo iba llevando paralelamente a los estudios, y terminando el nivel medio empecé a tocar en diversas agrupaciones y a relacionarme con profesionales que me hicieron conocer un mundo muy atractivo. La música de concierto, igual que cualquier otra disciplina, es muy difícil y requiere demasiada entrega, no hay otra manera de hacerla. Es también el camino de menos retribución, la competencia es muy fuerte y bastante injusta, porque no siempre los mejores son los que tienen éxito. Hay pocos y menos espacios para desarrollarla al nivel que uno pretende, y es una disciplina prácticamente enfermiza si quieres lograr algo. Con la música popular enseguida tuve un camino para expandirme; es una tranquilidad espiritual por haber escogido esa opción. No es solo que la rumba llame, sino que también pesa todo lo que acabo de contar. Ha habido un impasse en tu carrera últimamente. No es así sino algo más pausado en la actividad promocional. Llegó un momento en que me agotó el arduo trabajo de la promoción pues requiere mucho tiempo, mucha energía, y de alguna manera estaba satisfecho con lo que había logrado, con mi posición en la sociedad. Mayormente uno busca la promoción como reconocimiento, y eso ya está a nivel institucional y del público. Ahora me conformo con documentar cada concierto para que luego sea transmitido por la televisión. Hago poca radio, que es lo que más me gusta, uno de los medios más importantes por su asiduidad. También actúo menos, igual por cansancio y porque no hay salas que te brindan las condiciones que uno va exigiendo, pero hago conciertos privados, muchos de ellos por mediación de UNICEF. El hecho de que no toque más no quiere decir que no sienta inquietudes. En mi camino está el jazz y la música popular, amén de la música de concierto que cada vez interpreto menos. La nocturnidad es la que queda y en los espacios nocturnos no hay piano. Con esto ¿no afecta la falta de entrenamiento a la hora de tocar? No, sigo tocando mucho pero fuera de la Isla, y hago más de lo que se publica porque muchos son conciertos privados. ¿Cuál es tu régimen de estudio? Diario. Por supuesto, hay etapas en que cuando estoy componiendo dedico menos tiempo al instrumento técnico. Por ejemplo, ahora no tengo conciertos y estoy escribiendo música para editar un libro, a la par que doy los toques finales a un DVD. Ahora me preocupa escribir la música; llevar la música al papel es lo más tedioso de esta profesión porque es la parte menos creativa, pero igual es tiempo que necesito emplear. Tengo ya bastante obra para piano, fundamentalmente para las escuelas (conservatorios). ¿No te interesa el magisterio? Mejor prefiero ofrecer clases especiales. De alguna manera estoy muy cerca de la enseñanza, me invitan a formar jurados para diversos concursos y siempre que alguien reclama mi ayuda, la tiene. De tu estancia en el grupo Afrocuba, como fundador ¿qué lección obtuviste? Afrocuba abarcó desde mis estudios hasta unos cuantos años de vida profesional, fue una escuela en la que pasé por varias etapas. Eso se remonta a 1976, cuando empezamos a poner en práctica todas nuestras ansias, nuestras ideas, trabajamos con gente experimentada, por suerte, y después vino una etapa con Silvio Rodríguez que significó un estadio superior en la carrer pues era la visión de un artista de gran magnitud y yo, particularmente, bebí mucho de su sabiduría. Tus vínculos con Silvio se han mantenido. Sí, hemos hecho intervenciones en algún disco y de alguna manera siempre estamos intercambiando opiniones. Él me da a escuchar sus fonogramas y yo le doy las cosas que hago. Afrocuba fue la institución donde me hice de rudimentos para enfrentar la vida. Después creaste un cuarteto. Con egresados del Instituto Superior de Arte, integrantes del mismo grupo Afrocuba, a inicios de la década de 1990. Con el cuarteto Cuarto Espacio –así se llamó- trabajamos poco más de tres años, hicimos un disco y ese fue el puente para hallar plena madurez y contar una historia. Fue el puente entre Afrocuba y mi estatus como solista. Has formado un trío ocasional con Omara Portuondo y el guitarrista brasileño, Swami. Siempre estoy incursionando en cosas así. Es una experiencia reciente que quiero repetir en La Habana, algo muy particular porque Omara no ha hecho en Cuba ese tipo de formación orquestal. Es un ir y venir entre Brasil y Cuba, muy interesante con esa criollez de Omara, con su repertorio, con temas básicamente cubanos pero con un toque muy, muy brasilero. Es de las cosas que tú lamentas que no se hagan más, que no se repitan. Por lo que estás contando, has quedado para las grandes ocasiones. La vida se va armando así. Me llaman para ese tipo de cosas y, por supuesto, me ha gustado experimentar en otros géneros, y si es con la canción, siempre estoy intentando. Hay algo que todavía no he consumado con la canción francesa, algo muy dentro de mí por mis orígenes. Había pensado en Charles Aznavour pero creo que es preferible no violentar los hechos. Mientras, me conformo con la nueva trova. Con el que más he trabajado últimamente ha sido con Carlos Varela, en algunos conciertos y en música para cine; siempre estamos en el coqueteo. De tu faceta como compositor, ¿cuáles son tus motivaciones para dedicarte a esa otra parte que no es la interpretación? Todas mis obras tienen un corte, digamos, popular. No es jazz puramente, es una fusión con la música cubana, es el sentimiento principal. Hay algunos temas que tienen más influencia del jazz que otros y me gusta, incluso, que en algún momento de la pieza haya una improvisación. Eso ha despertado gran interés en los jóvenes estudiantes que están agotados de tocar prácticamente lo mismo en sus programas. Desde que yo estaba en la academia existía esa avidez por la música cubana más actual o diferente y hoy en día se ha abierto la brecha a la música popular porque, entre otras cosas, pienso que tiene solidez. De mi generación para acá es muy difícil encontrar a un músico que no haya estudiado en academia. Hay un nivel técnico muy alto en el país y las obras no son caprichosas sino escritas con conocimiento; aunque sean de corte popular tienen un rigor, tienen toda la dignidad para ser ejecutadas en un programa de examen o de concierto. Lo que más compongo es para piano, me gusta y es lo que estoy escribiendo básicamente para todos los niveles: elemental, medio y superior. El jazz ha perdido un poco de fuerza en Cuba, ¿no? No lo sé. No puedo dar una valoración ahora mismo pero debe haber algo de cierto en ello, debido a problemas con la promoción. Lo cierto es que el público está ahí. Cada vez que me presento o participo en algún concierto como invitado noto una asistencia numerosa. En Cuba sucede un fenómeno muy particular y es que esa música, que seguirá siendo de élite, aquí no es de minorías. ¿Qué hace Ernán fuera de los escenarios, en la vida hogareña? Me gusta compartir con los amigos. Me considero un hombre del hogar y siempre seré citadino, me gusta la vida urbana para disponer de todo lo que ofrece la ciudad en el momento que desee. Cada vez soy más de mi casa, trato de rodearme de todos los placeres: el cine, la música, y el deporte –juego mucho, es mi pasatiempo preferido y mi terapia fundamental en una modalidad de squash. A la composición le dedico todo el tiempo que mi cuerpo soporte. Me gusta la impronta, la organicidad de la creación, que salga de un trance y no de un ejercicio compositivo. Siempre estoy alimentando la idea de componer algo pero estoy muy atento a que valga la pena. Es la misma actitud que tengo ante la adaptación de un estándar. Si yo decido adaptar alguna pieza como puede ser Bilongo o Capullito de alelí, o La muela, de Richard Egües, tengo que sentirla como una composición mía; es así como trabajo. También lo hago por encargo y confieso que me he sorprendido de mí mismo, por mi capacidad. Soy reacio a esa práctica y solo acepto retos como el de la música para cine, teatro o danza. Acabo de llevar al pentagrama una obra que hice para danza contemporánea, para el Ballet de República Dominicana, dentro de un espectáculo que se llama Cartas, con la técnica clásica pero una visión moderna. Fue hecha desde cero, solo con los elementos que me dio el director, sin cambiar una sola nota. La música para cine es muy difícil porque tiene muchos momentos y demanda esfuerzos. En el caso del filme La noche de los inocentes, de Arturo Sotto, toda la banda sonora es mía. No es exactamente la música que me gusta hacer para cine, prefiero el arte más sugerido, abstracto, trabajar las sensaciones, llegar por impulsos más que temas definidos, para revelar un estado de ánimo, pero realmente lo disfruté mucho. ¿Has pensado en poner letra a la música que compones? No creo tener habilidad para eso y, además, pienso como músico, no como cantautor. He intentado darle mi obra a algún compositor como Silvio Rodríguez o Carlos Varela, y son pocas en las que se puede insertar la letra. En una ocasión llamé a Kelvin Ochoa para que le pusiera letra a una melodía que hice en homenaje a Frank Emilio Flynn, con uno de sus temas emblemáticos: Mandinga, sandunga y mondongo; me pareció que podía generar una letra caprichosa y que alguien como Kelvin podía lograrlo, por su cubanía. El día que lo grabe lo haré con él. ¿Cuál es tu superobjetivo como artista? Tener algo que decir y que el mundo allá afuera esté interesado en esa historia por contar. En otras palabras, que siga sonando el teléfono y que aparezca el trabajo. Creo que cualquier artista, en cualquier etapa, tiene como primera sensación dar un brinco cuando suena el teléfono para invitarte a trabajar, porque alguien piensa en ti. Soy consciente, sin embargo, de que la difusión es fundamental para que la gente no te olvide. El apellido suena, sigue sonando, pero ahora el nombre es Harold (tu sobrino) y no Ernán. Es cierto, pero detrás de todo eso está mi mano, mis consejos, igual que los de su padre Ruy, percusionista, baterista y ahora más dedicado a la pedagogía (acaba de editar un libro con la SGAE sobre Metodología de la percusión cubana en el drums); mi hermano perfila su carrera como instrumentista, maestro e investigador. Para quien lea este diálogo, el final de todas las preguntas sería: ¿dónde se puede ver a Ernán López-Nussa? En La Habana o por el mundo, o en mi casa -que es un poco más difícil. Hay fanáticos por ahí que me han hecho varias páginas web. Yo investigo sobre mi trabajo por Internet, porque en los buscadores tradicionales pones mi nombre y enseguida salen todas las páginas, donde publican artículos de algún concierto, de mis presentaciones en cualquier festival o evento, y muchas veces me entero de cosas que no he hecho, pero eso también pasa. Lo que más sucede ahora es que ponen mi nombre en Google, por ejemplo, y el protagonista del concierto es mi sobrino Harold… Ya ocurrirá al revés.

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