Repasador por cuenta ¿impropia?

Este artículo es de hace 12 años
«Se ha puesto de moda el asunto de los profesores particulares. Yo mando a mi hija, porque todos van. El que no va, saca notas más malas». —¿Porque aprende menos, o porque la maestra condiciona la nota al repaso? —Bueno, el maestro dice que no ir a su repaso demuestra falta de interés. Y de hecho, los que no van tienen problemas. Todo es muy subjetivo. No puedo decirte qué pasaría si mi hija no asistiera, solo sé que quienes no van, salen peor. Si la nota está condicionada, o si los otros aprenden menos, no lo puedo saber. Angelita Domínguez, residente en el municipio capitalino del Cerro, tiene una hija en Secundaria Básica. Aunque la adolescente aún no cursa el noveno grado y no sabe qué estudiará en el futuro, su madre quiere garantizar un buen aprendizaje. Para ella, con un esposo cuentapropista, no es un problema pagar 40 pesos al mes. Pero para María Elena Cabrera, una madre trabajadora de bajos recursos que cría sola a su hijo Yasell, no es ninguna «gracia» pagarle clases extras a la propia profesora de su hijo. «El niño no pasaba de seis en la evaluación —contó. Yo me disgusté con aquello y fui a hablar con la maestra. Ella me explicó que él no asistía a los repasos, y que eso influía. «Cuando llegué a la casa me lo quise “comer”. ¡Cómo no iba a ir a los repasos! Entonces me dijo que no eran los de la escuela, sino los que su maestra daba en la casa de estudios, que eran un día a la semana y costaban diez pesos. Las evaluaciones habituales no se parecen a los exámenes de ingreso, opinan los estudiantes. Foto: Roberto Morejón «Él no había querido planteármelo, porque yo podía pensar que no estudiaba suficiente y que tendría que hacer ese gasto. Entonces conversé con las madres de otros compañeritos de su aula, y me dijeron que ellas estaban pagando, porque así los niños salían mejor. Al final, también caí en eso. Ahora él va semanalmente, excepto cuando no puedo dar los diez pesos». Historias como estas son cada vez más frecuentes en el panorama educativo cubano. Así lo corroboró este diario en conversación con padres de Ciudad de La Habana y Camagüey. Estos, en su mayoría, ven al maestro repasador como un mal necesario. Tal consideración la sustentan «en la falta de confianza en la preparación que reciben sus hijos en la escuela». Algunos acuden a maestros retirados o profesionales de otras ramas con suficiente experiencia. Otros en cambio, prefieren a los mismos docentes de sus hijos. Aceptar el reto María Antonia Díaz, pedagoga con más de 20 años de experiencia, no admite que ningún maestro en ejercicio cobre por sus repasos. Ella asegura que esta práctica es nociva, pero no es algo que se pueda controlar, ni reprimir. «No hay que caer en prohibiciones absurdas que todo el mundo puede vulnerar». —¿Cómo podría eliminarse este sistema? —Con el compromiso de que la calidad de la educación cada vez sea mayor, y que nadie encuentre en las insuficiencias escolares la razón para hacer ese tipo de acto que, en mi opinión, perjudica a los hijos, y de alguna manera también releva la responsabilidad familiar. «Es un deber de los padres repasar a los hijos. Toda la vida lo fue. —En escuelas buenas también hay padres que contratan los servicios de un particular. —Porque se ha convertido también en un modo de vida, una forma más de «especulación» de familias que poseen recursos. Personas que tienen el concepto de que un servicio es siempre mejor si hay dinero de por medio. Un IPVCE cuesta caro Sin dudas, las pruebas de ingreso a los Institutos Preuniversitarios de Ciencias Exactas son hoy uno de los mayores retos que enfrentan los pioneros al terminar el noveno grado. La preparación que allí reciben aquellos que desde pequeños aspiran a ser profesionales es superior. Por ello, desde hace años es común que estos muchachos acudan a los servicios de un repasador. Lo curioso, sin embargo, es que estas clases ya no se inician, cuando el pionero llega al noveno grado, sino desde el comienzo de la Secundaria. Según explicaron a JR padres de alumnos de tres secundarias básicas de las ciudades de Camagüey y Ciudad de La Habana visitadas por este diario, a las lagunas en la preparación docente se une el hecho de que sus hijos no se enfrentan, como años atrás, a trabajos de control parcial y pruebas semestrales, que consti- tuían una preparación para afrontar con éxito el dilema que supone un riguroso examen de selección. Así lo confirmó Mireya Rodríguez, quien tiene a dos de sus hijos en Secundaria, y una que ya pasó por los «nervios» de una rigurosa prueba de ingreso a la Vocacional de Ciencias Exactas. «No es fácil —expresó— tus hijos tienen diez puntos de recorrido y al final se quedan en el aire. Yo tuve suerte con la mía, pero pagué, mes tras mes, durante dos cursos, a los profesores particulares en Matemática y Español. Es muy triste ver estudiantes de una trayectoria excelente desaprobar sus pruebas de ingreso hasta con cero puntos». Marina González, abuela de un pionero de séptimo grado, de la secundaria Javier de La Vega, agregó: «Hay quienes graban las teleclases para repasar a sus hijos, o pagan a par- ticulares desde séptimo grado para que el contenido no quede en el aire. Sin embargo, muchos no tenemos los medios para eso y nos preocupa qué pueda suceder en las pruebas de ingreso». Algunos alumnos sondeados por este diario refirieron nuevas aristas del problema: •Hay estudiantes que no se deciden a hacer las pruebas de ingreso, y no siempre son los de menos escalafón. Los hay de buen recorrido y sin embargo no se sienten preparados. Casi siempre los que aprueban están respaldados por un profesor particular. •La verdad es que las tareas evaluativas, los trabajos prácticos, las preguntas escritas y las pruebas del Sistema de Evaluación de la Calidad de la Educación (SECE), no se parecen en nada a esos exámenes. •Los profesores particulares repasan con profundidad. Incluso guardan pruebas de ingreso de otros años, para que te acostumbres a los enfoques y a la complejidad de las preguntas. •No todos podemos asistir a un repasador, y el que no puede sabe que va en desventaja con respecto a los que lo hacen. Siempre queremos estudiar con los particulares, porque tienen una especialización que no encontramos en el PGI. Al respecto, la profesora Odalis Rodríguez, quien lleva cerca de una década revisando exámenes de ingreso a los IPVCE, valoró: «Es triste cuando llega el noveno grado y muchos escolares desaprueban teniendo un alto índice. Se impone un análisis ante esta situación». PGI a domicilio No son solo jubilados o maestros que dejaron el aula los que dan clases particulares. Algunos jóvenes en ejercicio se suman a esta práctica con sus propios alumnos. Ese es el caso de una licenciada en Educación en la especialidad de Inglés, que labora en una secundaria básica del municipio de Plaza de la Revolución. Ella asiste a las casas de dos de sus discípulos, donde se reúnen varios de ellos. «Les doy clases en una casa los lunes y en la otra los martes. Dos horas cada sesión a 25 pesos cada una. Hay dos niños de Primaria que van a una de las casas, hermanitos de mis alumnos, y las madres quieren que vayan cogiendo oído. A esos no les cobro nada. Yo no condiciono la nota a la clase particular, pero de todos modos influye, porque los que van están mejor preparados». Una PGI de Secundaria Básica realiza los repasos en su propia casa. Según ella, este método ayuda a sus alumnos a superar deficiencias de años anteriores, a la par que le supone un ingreso económico extra. «Yo no los obligo a ir, pero ellos saben que mejoran la nota. Tienen muchos problemas que vienen arrastrando. Dedico una jornada entera de repaso una vez al mes. El resto del tiempo lo dedico a hacer ejercicios y a explicar. Sobre todo, bajo el nivel a otros grados, para que puedan entender lo que luego les voy a enseñar en el aula». —¿Qué matrícula tienes? —Son diez alumnos fijos. Les cobro 40 pesos al mes. —¿Qué piensan los padres? —Ellos están muy contentos, porque ven que sus hijos avanzan. —¿Les das mejores calificaciones a los que repasan? —Yo no hago trampas con las notas. Lo que pasa es que los que repasan salen mejor, porque estudian más y entienden más las clases. De los que no van, hay dos que sacan muy buenas notas también, porque sus padres les repasan. —¿No das repaso en la escuela? —Lo hago, los que están en el programa. Pero no es suficiente. Ellos traen muy mala base, y tienen problemas para fijar la atención en la televisión. Necesitan de clases extras. —Pero no hay dudas de que hay un interés material tuyo... —A nadie le alcanza el dinero. Eso no es un secreto. Si yo soy maestra no puedo estar vendiendo coquitos en la esquina, como otra gente. Lo que hago no le hace mal a nadie, todo lo contrario. Ayudo a esos niños. Si los padres no tienen dinero, imparto la clase gratis, y luego me lo dan, en eso no hay problema. Pero igual que costean otras cosas, que me paguen a mí no me parece un pecado. Si quiero algo, lo tengo que comprar. Nadie piense que por ser maestra me dan las cosas gratis en el agro o en las tiendas de divisa, ni aunque allí trabaje el papá de un alumno. No robo, no le quito tiempo a mis obligaciones, es solo un trabajo más». En el sondeo, la necesidad económica prevaleció como la principal razón por la que los repasadores cobran. Una forma de manutención «En mi edificio, que es grande, les repaso Español e Historia a niños de Primaria y de Secundaria. Los ayudo con las tareas, sobre todo con la ortografía. Lo hago los miércoles y jueves por la noche, después de las seis, y a veces los sábados por la tarde. Es el tiempo del que dispongo. «Les pido diez pesos por sesión de clases. Es la manera más fácil de cobrar, pues si pongo un precio fijo al mes, y luego no vienen a todas las clases, es un problema. Además, cada cual acude si lo necesita». Este es el testimonio de un joven que estudia una carrera de Letras en la Universidad de La Habana que prefirió no identificarse. Según reveló en su edificio vive una profesora de un tecnológico que repasa Matemática, Física y Química. «Los niños están completos. Ella los atiende días diferentes a los míos, así que tienen con quien estudiar todo el tiempo». —Pero entonces, el que vaya todos los días a una clase gastaría 50 pesos a la semana. —Eso va en dependencia de las dificultades del niño y de las posibilidades de la mamá. —¿Repasarías gratis? —Bueno, no ha sucedido. Ellos saben el precio y yo lo hago porque tengo necesidades económicas, si no, utilizaría el tiempo en otra cosa. ¿Y la tradición ética y pedagógica? No todos los docentes del país aceptan con tranquilidad el paso dado por algunos de sus homólogos. La mayoría, de las decenas que dialogaron con JR prefieren esforzarse con todos sus estudiantes y no beneficiar a unos cuantos con clases particulares, pues violentarían sus percepciones éticas. Apuestan a que habrá una reevaluación estatal sobre la atención al maestro, y ponen por encima de las necesidades económicas la tradición pedagógica cubana, que apuesta a una educación para todos, igual y gratuita. «A mí me daría vergüenza ponerme a pedirle dinero a un padre para repasarle a su hijo. Si yo no soy capaz de que aprenda en el aula, lo ayudo aparte, le pongo tareas especiales», afirma Vanesa León, PGI de una secundaria básica del capitalino municipio de Plaza de la Revolución. «Ya sabemos que todos los muchachos no son iguales, que unos tienen más dificultades que otros, ahí es donde tiene que estar mi mayor dedicación. «Yo no critico a quien da clases particulares, ese es su problema. Yo no lo hago, ni lo haré, porque me parece que sería un abuso con la familia de mis pioneros». Marta Figueroa es una profesora de experiencia en un tecnológico capitalino. Ella sabe que algunos de sus colegas realizan esa práctica, pero no se ha sumado. «Yo respeto la opinión de cada cual, pero nunca le pagaría a un profesor particular para que mi hijo tuviera mejores notas. Creo que hay que ganar la confianza en la escuela y valorar las capacidades del niño. «A veces los muchachos no atienden las clases, porque en el fondo no les interesa lo que están haciendo. Los padres no deben pagar un maestro para que les enseñe lo que ellos no aprenden en clases por estar “bobeando”. Creo que por una parte la escuela debe rescatar su autoridad profesional, y por la otra la familia debe orientar mejor a sus hijos, inculcarles el respeto a la escuela y al maestro, así aprenderán más. «Yo he tenido alumnos que en el aula no son capaces de contestar una pregunta, porque están todo el día “en las nubes”. Luego el padre le paga un repasador, y ni así logran que apruebe. Pienso que falta mucho por hacer en la escuela y también en la educación por parte de la familia, eso es fundamental». Entre los que no conciben cobrar por una clase se encuentra Raquel González Matías, quien se ha mantenido en el sector durante 40 años. De ellos, 31 los ha dedicado a dirigir la secundaria Noel Fernández, una de las de mejores resultados integrales en Camagüey y con tradición de incorporar a sus alumnos a la vocacional de Ciencias Exactas Máximo Gómez de ese territorio. «La gran mayoría de los profesores particulares no están en correspondencia con los métodos que utiliza la Secundaria Básica, ni con las transformaciones que hoy están implementadas. «Sin faltar a la ética, pienso que muchos de ellos persiguen un objetivo puramente económico. ¿Quién asume gratuitamente diez, 12 y hasta más estudiantes los fines de semana y hasta en horas nocturnas en la sala de su casa? «Esto no quiere decir que los profesores particulares no sepan lo que enseñan, sino cómo lo enseñan. Es aquí donde el alumno se enfrenta a una contradicción, entre la manera en que aprende con el profesor particular y cómo lo hace en la escuela. Esa falta de cordancia trae como consecuencia que el estudiante no pueda aprender correctamente. «En mi centro tenemos experiencias preocupantes. Hemos tenido que interrumpir una clase porque un estudiante dice en medio de un turno: “Mi profesor particular no me dio eso así, profesora. Eso no es así...”. Y eso no es una sola vez al día, ni en un solo grupo, sino en varios grupos y en varios momentos. «Hay que buscar soluciones dentro de nuestras escuelas, implementarlas eficazmente y no esperar al final del curso. En la secundaria que dirijo, por ejemplo, aparte de trabajar individualmente con el alumno desde la clase, que es lo principal y lo que persigue la Resolución 226, hemos implementado horarios para atender las necesidades específicas de los estudiantes». Fuente: Juventud Rebelde

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