Raúl Roa: dignidad en el pensamiento, la acción y la letra

Este artículo es de hace 12 años
Hablar de Roa es hablar del estudioso abarcador, amplio, interesado en aprehender y captar las distintas ramas del saber; en su caso con marcada afición hacia las humanidades. No se minimiza ninguna de estas facetas de Raúl Roa, ni es usual a la hora de aludirlo establecer un parangón para reparar en cuál de ellas su talento prendió con más fuerza. Mucho menos se reduce su figura en la definición absolutoria de una determinada profesión, pues él se consagra como paradigma de ente polifacético, dueño de un vasto campo de acción. Empero, a fuerza de ser justos, hay que reconocer que en el ámbito de sus intereses, a una actividad creativa como el periodismo siempre le deparó especial cariño, por lo que para sí significó en el curso de su vida. En un hombre como él, el periodismo constituyó el complemento de una singular personalidad que encontró en dicha vía el modo idóneo de verter sus emociones y sus pensamientos. Es por ello que al recordar la obra de este grande nacido en La Habana el 18 de abril de 1907, nuestros más prestigiosos intelectuales evoquen al Roa periodista. Lo sentenció Marinello al afirmar que era su oficio mayor; convino en ello Carlos Rafael Rodríguez; lo dejó sentado Enrique de la Osa en su libro-biografía, de la misma manera que otros lo hicieron. Entre los periodistas de su generación, el autor de Bufa subversiva alcanzó uno de los sitios de avanzada por su nivel intelectual, genio creador y comprometida postura revolucionaria. Dispuso toda su capacidad de escritor al servicio de sus ideales políticos, e hizo del periodismo escudo y espada con que repeler o contraatacar los zarpazos de sus enemigos. Se pertrechó de la conciencia revolucionaria que -sabía- le era difícil adquirir a la gente de su clase. Dejó los derroteros felices de la toga y el manuscrito por la brega abrupta de la refriega y el escondrijo. No sucumbió nunca, ni terció ante ninguna componenda coyuntural porque -lo advirtió Rómulo Gallegos- jamás se prostituyó su dignidad de pensamiento.   Consideró el primer deber del intelectual interpretar y difundir los dolores y afanes del pueblo cubano, y así lo hizo, al asumir un puesto de vanguardia en la lucha por la revolución nacional, social y cultural de su Patria. Fiel a la prédica de Mella de que es nulo lo que se aprende en los libros, si no se materializa en los hechos (lo que anda muy en paz con la premisa goetheana de "No basta con saber, hay que aplicar"), llevó a la práctica el legado de Martí, Marx, Lenin, Mariátegui y el propio Julio Antonio, a través de su lucha y de su periodismo aguerrido. Como bien señalara Roberto Fernández Retamar, fue uno de los pocos hombres de la generación del ´30 que no vio sobrepasada su retórica por la implacable exigencia del momento. Fue la retórica inflamada de las arengas ígneas, las enconadas diatribas y los panfletos rebeldes, en los que ya se delineaba, al par que su probada vocación patriótica, el estilo del periodista elegante que fundía en su producción el primor de la forma con la entraña del contenido. Roa, a no dudarlo, es uno de los escritores cubanos del siglo que más admiración despierta por el conjunto de una obra aderezada con los sabrosos ingredientes que al autor supo aportarle en grado preciso y medida adecuada. Sus largamente acariciados sueños se materializaron con la Revolución del 1ro. de enero de 1959. El Gobierno Revolucionario lo nombró representante permanente en la Organización de Estados Americanos hasta mayo de ese año, en que pasaría a ser nuestro Ministro de Relaciones Exteriores. En la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el Canciller de la Dignidad defendió con vehemencia y un estilo nuevo de diplomacia a la Revolución Cubana y cuanta causa justa se libra en el mundo. Roa también ocuparía otras importantes responsabilidades en el Gobierno Socialista: miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba desde su constitución en 1965, Vicepresidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, y miembro del Consejo de Estado. Por su constancia y su celo revolucionario sería siempre respetado y su palabra escuchada. Su desaparición física, el 6 de julio de 1982, representó una pérdida sensible para nuestro pueblo y los pueblos y gobiernos justos del mundo. Fuente: CubaPeriodistas

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