El último camello y los próximos combates

Puede decirse ya que hubo una mole de hierro especializada en tragar y escupir personas en diferentes puntos de la capital. Que las calles y los viejos edificios temblaban al paso de su tonelaje, y que el ajiaco de la cubanidad tomaba en su interior unos olores nada apetitosos. Pero que pese a todo, cumplió una función de mérito: unirnos cuando las distancias parecían insalvables.


Este artículo es de hace 13 años
El último «camello» ha rodado en La Habana. Ya nunca más esa palabra evocará entre nosotros a un jorobado animal de algún paraje desierto. Más bien los que nos sucedan sabrán, al escucharla, que inventamos como animales cuando la Isla quedó casi desierta de recursos. Conocerán que hubo una mole de hierro especializada en tragar y escupir personas en diferentes puntos de la capital. Que las calles y los viejos edificios temblaban al paso de su tonelaje, y que el ajiaco de la cubanidad tomaba en su interior unos olores nada apetitosos. Pero que pese a todo, cumplió una función de mérito: unirnos cuando las distancias parecían insalvables. Sin embargo, al feliz entierro del monstruo de las dos gibas deberían añadirse otros finales que, por desgracia, parecen concretarse con extrema lentitud. Tal vez el más necesario sea el de la «tontocracia», como llamaba un maestro de Periodismo a la epidemia del buró. Ante los problemas —mínimos o colosales— aún se desatan una cantidad de planillas, controles, restricciones... Y lo peor: hay quien se vanagloria de que las medidas que en ocasiones hacen de la vida un yogur (de soya), estén funcionando «al quilo». Los ejemplos sobran. Quiero comentar uno que me dejó perplejo. Imagine que llega a un centro educacional del país, necesitado de ver con urgencia a su hermano, que estudia allí, y el acceso se torna una tragedia. Usted explica que el muchacho se cayó y está enyesado, que no va a tirarles piedras a las aulas ni armar una conga, sino a verlo, simplemente. Y el compañero de la puerta, con amabilidad, le dice que solo un determinado directivo puede autorizar el pase. «Pues llámelo», dice usted ligeramente indignado. «Bueno, ahora no se puede porque va saliendo para una reunión». «¿Y no hay otro?» «Están en otras actividades». Y usted, con unas pequeñas ganas de estropearle el rostro... a los mecanismos, indaga por los máximos responsables y mastica su incertidumbre acerca de cómo es posible que autorizar un pase recaiga en quienes tienen tan altas jerarquías docentes y científicas y deben, por tanto, ocuparse de ellas. «Es que esta es una institución atípica, compañero», responde con dulzura el empleado. Por supuesto, sí que es atípica, poseen medios educativos de mañana, y burocracia de anteayer. «Es que han sucedido cosas», continúa explicando el sujeto. Qué cosas, inquiere usted, y rastrea mentalmente comentarios sobre pérdidas, ineficiencias... No obstante, puede inferir, con la presión alta, mientras finalmente lo dejan pasar, que ninguna de esas «cosas» se va a resolver con trabas absurdas. Por el contrario, hacen falta mecanismos inteligentes que controlen los recursos y no descontrolen la paciencia. Pero ya usted se va alejando escuela adentro y comienza a despejar las neuronas. El último camello, el M-6, transita desde hace unos días por la avenida de nuestros recuerdos. Pero hay otras «bestias», mentales, tal vez más peligrosas, que aún andan sueltas. Fuente: Juventud Rebelde

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