Obama y el discurso castrista

Este artículo es de hace 12 años
 La noticia ya comienza a circular. El precandidato demócrata a la presidencia estadounidense, el senador por Illinois Barack Obama, hablará durante el almuerzo que la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA) ha organizado para el próximo viernes en Miami, a propósito de un aniversario más de la independencia de Cuba. Con Hillary Clinton prácticamente fuera de juego, todo apunta a que será Obama quien competirá con el republicano John McCain en el último tramo de la carrera por la Casa Blanca. El político negro cuenta con varias cartas a su favor: su potencial escénico, sus dotes de tribuno y estilista –los cuales engranan armoniosamente con la mecánica de la maquinaria mediática que desde hace ya varios meses yace a sus pies-, el conato de recesión que enrarece la atmósfera financiera del país -mucha gente cree que es hora de expulsar a los mercaderes lobbistas del templo de la alta política norteamericana, cosa que ha prometido hacer el senador- y el hecho innegable, aunque no suficientemente analizado, de que su candidatura materializa un criterio en expansión en Estados Unidos, según el cual un presidente afroamericano auparía al país al Olimpo de lo políticamente correcto. En lo que se refiere a Cuba, probablemente buena parte de los analistas y políticos cubanoamericanos, básicamente los asentados en el sur de la Florida, creen que una administración Obama sería perniciosa. La tendencia al diálogo exhibida por el representante de Illinois preocupa a quienes, ya escaldados por el fuego de la arrogancia revolucionaria, saben muy bien que es inútil apelar a un espíritu constructivo del que la dirigencia castrista carece. En el caso cubano, la tendencia al diálogo de Obama no tendría en cuenta la intolerancia, sobre todo el oportunismo, de su interlocutor (“Para Estados Unidos no sólo es importante hablar con sus amigos, sino también con sus enemigos”,  ha declarado el senador). Pero en lo que se refiere a la Cuba profunda, a la Cuba interior mayormente habitada por ciudadanos mestizos y negros, una administración Obama constituiría un baño de realidad. En lo que respecta a esa Cuba profunda, la presidencia del demócrata desmontaría el marketing castrista –ése que insiste en una supuesta segregación institucional en Estados Unidos-, con lo cual, indirectamente, el discurso –racialmente- igualitario del oficialismo quedaría definitivamente refutado. ¿Para cuándo un gobernante negro en Cuba, donde la población negra y mestiza es desde hace tiempo mayoría? Pero además, ¿cómo hablar de racismo institucional en un país en el que un representante de la minoría negra es electo presidente? El aumento de la población negra en Cuba obedece a varias razones. Una de las principales es que el millón largo de cubanos que ha escapado de la Isla en los últimos cincuenta años pertenece, fundamentalmente, a la raza blanca, o a lo que usualmente se considera raza blanca en la mayor de las Antillas. La incesante campaña de desinformación orquestada por el castrismo, según la cual los afroamericanos son tratados en Estados Unidos poco menos que como animales, ha frenado históricamente la emigración negra y, en menor medida, mestiza (el oficialismo se ha servido de noticias e imágenes de archivo para promocionar una visión de la realidad distorsionada, que nada tiene que ver con la Norteamérica actual). Esto, a su vez, ha provocado una reacción en cadena de alguna manera comprensible. No es lo mismo salir del país con familia en el exterior que sin ella (que sin ser reclamado por ella). Y en el exterior –específicamente en el exterior norteamericano- la inmensa mayoría de las familias cubanas son blancas. En cualquier caso, Obama no cuenta con muchas papeletas para ser un presidente óptimo. Demasiada inexperiencia, demasiadas medias  tintas, demasiada corrección política. Pero en lo que se refiere a la mala imagen que Estados Unidos proyecta en algunos sectores de la comunidad internacional, hay que convenir en que su administración pudiera ser, al menos en principio, revulsiva. El sismo histórico que implicaría su investidura, el descalabro discursivo que para el antiamericanismo al uso representaría el arribo a la Casa Blanca de un miembro de la minoría negra, constituye un dato a tener en cuenta. Lo mismo aplica para el descalabro del discurso castrista de cara a la mayoría negra en Cuba.

Este artículo es de hace 12 años

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