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Este artículo es de hace 17 años
El currículo profesional de nuestro José Raúl Capablanca (1888-1942)
constituye una referencia de inestimable valor para el patrimonio
deportivo cubano. No es preciso ser especialista en el asunto para
colocar su nombre entre los íconos del juego ciencia de todos los
tiempos.
La Federación Internacional de Ajedrez (FIDE, siglas en francés)
reconoció su trascendencia y designó el 19 de noviembre —fecha de
nacimiento del criollo— como el Día Mundial del Ajedrez.
Según el periodista e investigador Jesús G. Bayolo, la aparición de
Capablanca en el tapete blanquinegro obedece a la popularidad de que
gozaba el ajedrez en La Habana a finales del siglo XIX. La capital era
visitada entonces por grandes jugadores como el norteamericano Paul
Morphy y el austriaco William Steinitz, quien defendió su corona
mundial en 1889 frente al ruso Mijail Chigorin y le concedió la
revancha en La Habana. Capablanca comenta acerca de cómo se asomó al
ajedrez en su libro My chess carrer (Mi carrera ajedrecística):
«Iba a cumplir cinco años cuando por accidente entré a la oficina de
mi padre y lo encontré con otro caballero. Nunca había visto un juego
de ajedrez; me interesé y volví al día siguiente a verlos jugar. Al
tercer día, mientras observaba, mi padre, principiante, movió un
caballo de un cuadro blanco a otro del mismo color. Su adversario —sin
dudas del nivel similar— no se dio cuenta. Mi padre ganó y entonces yo
le dije que era un hombre tramposo y me reí. Me preguntó qué sabía yo
de ajedrez. Le repliqué que podría ganarle la partida. Me dijo que era
imposible, pues me consideraba incapaz de colocar las piezas. Sin
embargo, ensayamos y le gané».
La historia posterior del genio cubano es co-nocida. Se tituló
campeón nacional sin haber cumplido 13 años de edad; hizo época en los
Estados Unidos mientras estudiaba en la Universidad de Columbia;
derrotó a los más reconocidos maestros de la época y se adjudicó el
Campeonato Mundial en 1921 al vencer en un torneo al alemán Emanuel
Lasker. Luego, en 1927, cedió la corona ante el ruso Alekhine. Tanto
brilló que su apellido fue —¡es!— sinóni-mo de maestría.
Bayolo glosa su récord así: «Jugó 37 torneos, seis matches y nueve
series. Ganó 22 torneos y fue segundo en otros 10. Ganó cinco matches y
perdió uno. Ganó siete series y entabló dos. De 619 partidas oficiales,
ganó 315, entabló 266 y solo perdió 38, para un 72,4 por ciento de
efectividad. Hizo numerosos aportes al ajedrez, tanto en la teoría como
en el reglamento y es quien más cerca ha estado de la perfección en el
noble juego, lo que le llevó a crear un ajedrez superior con dos nuevas
piezas (canciller y arzobispo) en tablero de 80 ca-sillas. Se mantuvo
invicto entre 1916 y 1924. Perteneció al cuerpo diplomático, pero fue
el mejor embajador de Cuba por su genio ajedrecístico y por su recia
personalidad».
Peón y salida
A fines de los años 30 del siglo pasado, la salud de Capablanca
comenzó a resentirse. Un leve accidente cerebrovascular en el torneo de
Avro, en 1938, le reservó el peor palmarés de su carrera: séptimo lugar
entre ocho jugadores. Aun así, tomó un segundo aire y en la Olimpiada
Mundial de Ajedrez celebrada un año después en Buenos Aires obtuvo el
mejor resultado en el primer tablero de Cuba, aventajando a estrellas
como Alekhine y Keres.
Cierto día de 1941, Capablanca y su gran amigo, el pintor matancero
Esteban Valderrama, hablaban sobre diversos temas en el es-tudio
habanero del artista. El ajedrez no podía faltar en el menú. Comentaban
acerca de un torneo que se jugaba a la sazón en Europa cuando
Capablanca contó a su anfitrión que en 1910 algunos de los mejores
trebejistas de Nueva York lo retaron a jugar una serie. Él no solo
aceptó y apostó por su triunfo, sino que hasta ofreció de ventaja peón
y salida. Pero el proyecto no pudo concretarse. Lamentablemente, los
retadores no pudieron respaldar su apuesta.
Fue en ese instante cuando a Valderrama —por cierto, el único pintor
para el que Capablanca posó y también reformador de nuestro Escudo
Nacional— se le ocurrió la idea: «¿Aceptaría el ex titular de ajedrez
del planeta celebrar un match en Cuba y otorgarles a sus rivales la
misma ventaja que les dio a los norteamericanos?». El gran campeón dijo
que sí. Advirtió, no obstante, que habían transcurrido más de tres
décadas y que tal vez ya no contaba con igual resistencia e
imaginación. Pero estaba dispuesto a probar.
Así, en los días posteriores a la conversación, Valderrama hizo
público el ofrecimiento de que Capablanca accedería a enfrentar tablero
por medio, en una serie de seis partidas, a un ajedrecista cubano. En
vistas de la diferencia de calidad que existiría entre ambos,
cualquiera que fuera su contrario, el genio le ofrecería siempre de
ventaja la salida y el peón f7.
Entusiasmada por semejante iniciativa, la Federación Nacional de
Ajedrez convocó a toda prisa a un torneo especial cuyo ganador se
convertiría automáticamente en el contrincante de Capablanca. Pero el
proyecto se embrolló cuando las rondas terminaron con un triple empate
en la cúspide. Capablanca desbloqueó la situación con una solución
elegante: aceptó jugar dos veces con cada uno de ellos.
Así fue como los maestros Rafael Blanco y Rosendo Romero, y un
habitante de Victoria de Las Tunas radicado en la capital, el doctor
José Fernández León, devinieron antagonistas de ocasión de uno de los
mejores jugadores de ajedrez de cualquier época en el mundo. Una
oportunidad como para conservar en el relicario de los recuerdos y
contar luego con lujo de detalles a los nietos.
El torneo no tuvo una locación exclusiva, sino que alternó por
algunas de las más importantes edificaciones de La Habana, entre estas
los espaciosos salones de la revista Carteles y del Diario de la
Marina. La prensa escrita de la época le ofreció en sus espacios
extraordinaria cobertura durante su desarrollo, entre el 21 y el 31 de
marzo de 1941.
El resultado final no sorprendió a nadie. Capablanca entabló dos
veces con Rosendo Romero, igualó una y ganó otra a Rafael Blanco y
venció por partida doble al tunero Fernández León. Días después ofreció
a la prensa de la época sus valoraciones acerca de la calidad y el
desempeño de sus rivales, que recoge la Gran Maestra Vivian Ramón en el
foro de Internet Portalajedrez.com:
«De mis contrarios el que jugó con más cautela y asiento fue Romero,
además de ser el que obtuvo el mejor resultado. Debo aclarar aquí que
en Cuba no hay mejores jugadores que Rafael Blanco y Rosendo Romero.
Los habrá tan buenos, pero puedo asegurar que no los hay mejores.
Fernández León es un jugador muy nuevo y por eso perdió sus dos
partidas. Si sigue progresando como hasta ahora, dentro de unos o dos
años podría pasar a los demás, pero tiene que progresar bastante
todavía para llegar allá».
¿Quién era Fernández León?
Hijo de un inmigrante español, José Fernández León nació en 1915 y
residió en Victoria de Las Tunas durante casi toda su vida. Luego de
muchos sacrificios se graduó de médico en la Universidad de La Habana,
donde se interesó por el ajedrez, afición que trajo a su tierra y que
practicó en varios sitios de la ciudad, como el Club Capablanca, en la
calle Colón, esquina a Julián Santana.
Su pasión por el milenario juego no tenía límites. Alguien que lo
conoció, la tunera Hermidia Pérez, me contó una vez que por los años
1957 ó 1958 el galeno celebraba una partida amistosa con un oficial
batistiano, a quien tenía casi al borde de la derrota. En ese preciso
momento, y como por «casualidad», un soldado colocó su pistola cargada
al lado de los contendientes. Por aquello de que a buen entendedor,
pocas palabras, el médico descifró el amenazante mensaje y... ¡se dejó
ganar por el esbirro!
En la ciudad tuvo una clínica privada, donde alternaba el ejercicio
de la cirugía —especialidad en la que llegó a ser un consumado maestro—
con la práctica del ajedrez. Luego se trasladó para La Habana y comenzó
a enfrentar a los mejores representantes criollos del juego ciencia y a
participar en importantes torneos. En 1944 se cumplieron las
predicciones de Capablanca: Fernández León se erigió en el titular
cubano de esa disciplina.
He dejado para el final el verdadero honor que le asiste a Fernández
León —fallecido hace unos pocos años— y del que sin dudas puede estar
orgulloso su árbol genealógico: ¡Fue el último cubano en perder con
José Raúl Capablanca! Sí, porque en la segunda vuelta de aquel match de
1941 el genio hizo tablas con Blanco, y tablas con Rosendo en la sexta.
La quinta se la ganó al tunero. Fue la última victoria de Capablanca en
un evento más o menos oficial, pues falleció al año siguiente en un
hospital de Nueva York.
Vaya, que perder con aquel jugador excepcional es también honroso.
Como dice el investigador Fausto Osorio, «la historia del ajedrez en
Las Tunas puede blasonar de un suceso de extraordinario valor, porque
la última persona que inclinó su rey ante el más brillante ajedrecista
que ha conocido el mundo, fue un tunero: el doctor José Fernández León».
A continuación, las dos partidas que jugó Fernández León con Capablanca en aquel torneo de 1941.
(2) Fernández León, J. - Capablanca, J.R. Exhibición, 1941
1.e4 c5 2.Cf3 g6 3.d4 Ag7 4.Cc3 Cc6 5.Ae3 Da5 6.Dd2 Cf6 7.Ac4 cxd4 8.Cxd4 Cg4 9.Cxc6 bxc6 10.Ad4 Ah6 11.De2 e5 12.Ae3 Cxe3 13.fxe3 Dc5 14.0-0 Dxe3+ 15.Dxe3 Axe3+ 16.Rh1 Tb8 17.Ca4 Ag5 18.b3 d6 19.Tad1 Ae7 20.Af7+ Rd8 21.Cc5 Ag4 22.Ce6+ Rd7 23.Cc5+ Rc8 24.Ae6+ Axe6 25.Cxe6 Tb5 26.a4 Tb4 27.Tf7 Rd7 28.Cc5+ Re8 29.Cd3 Txe4 30.Tdf1 Tf8 31.Txf8+ Axf8 32.Rg1 Ah6 33.Te1 Td4 34.Rf1 Rd7 35.Re2 e4 36.Cf2 Td2+ 37.Rf1 d5 38.Te2 Rd6 39.Txd2 Axd2 40.Re2 Aa5 41.Ch3 Re5 42.Cg5 h5 43.Ch3 Rf5 44.Cf2 Ab6 45.Cd1 Ag1 46.h3 Re5 47.Rf1 Ac5 48.Re2 a5 49.Cb2 Aa3 50.Cd1 Ac1 51.Rf2 Rd4 52.Re2 c5 53.g3 g5 54.c3+ Re5 55.Cf2 d4 56.Cd1 d3+ 57.Rf2 Rd5 58.g4 h4 59.Ce3+ Axe3+ 60.Rxe3 c4 61.b4 axb4 62.cxb4 c3 63.a5 c2 64.Rd2 Rd4 65.a6 e3+ (0-1)
(5) Fernández León, J. - Capablanca, J.R. Exhibición, 1941
1.e4 c5 2.Cf3 g6 3.d4 Ag7 4.Ac4 cxd4 5.Axg8 Txg8 6.Cxd4 d5 7.Cb3 dxe4 8.Dxd8+ Rxd8 9.c3 Cc6 10.C1d2 Af5 11.Cc5 e3 12.fxe3 b6 13.Cce4 Ce5 14.Cf2 Cd3+ 15.Cxd3 Axd3 16.Cf3 e5 17.Ad2 Re7 18.0-0-0 e4 19.Cd4 Ah6 20.Cc6+ Re6 21.Cb4 Ae2 22.Tde1 Ab5 23.b3 a5 24.a4 axb4 25.axb5 Ta2 26.cxb4 Tc8+ (0-1)
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