Nunca fui primera dama, “pacto entre las utopías incumplidas”

Este artículo es de hace 11 años
Tres generaciones y tres épocas de la Cuba posrevolucionaria, hasta llegar al presente, recorre en su más reciente novela la poeta y narradora Wendy Guerra, considerada una de las nuevas figuras de la literatura contemporánea de ese país. Radicada en La Habana, Guerra (1970) se dio a conocer en 2006 con la novela Todos se van, ganadora del primer Premio Bruguera de Novela. Ahora promueve en varios países su nueva novela, Nunca fui primera dama (Bruguera), en la que combina elementos autobiográficos y de ficción, mezcla varias historias y épocas y se centra en tres personajes femeninos. Ellas son: Nadia Guerra, una irreverente periodista de radio en La Habana, más cercana a la ficción; Albis Torres, narradora y poeta y madre de Wendy en la vida real, y Celia Sánchez, participante en la revolución armada, amiga de Fidel Castro y asistente de éste durante más de 20 años, considerada además muy cercana a los intereses de la gente sencilla del pueblo cubano. –¿Es una novela sobre el sentir de la sociedad y los individuos que la conforman, de los que se sabe poco, a diferencia de la clase dirigente, más conocida? –se le pregunta en entrevista con La Jornada, en las oficinas de Ediciones B, en la colonia Anzures. –Es una novela sobre la individualidad, no sobre la sociedad, que es el telón de fondo con el que chocan los personajes: lo que comen, lo que no pueden comer, lo que alcanzan, los sueños que no logran, las utopías perdidas, las ganadas. Pero son dramas de diario, en primera persona, en pequeñas personas; pequeños dramas humanos. –¿Otro tema sería también la libertad de esos individuos? –La libertad en un país donde ya se supone que hubo toda la libertad, la agotamos. La otra libertad de esa gente es la individual. –¿Hay un tono de desencanto en la novela, sobre todo de los cubanos más jóvenes? Se percibe cierto enojo y reclamo de la sociedad, como cuando los hijos reprochan a los padres. –Creo que estos hijos más bien plantean preguntas. Pero no creo que ella (Nadia Guerra, uno de los tres personajes) le reproche nada a una madre con Alzheimer. Al padre gay tampoco le reprocha nada, ni al incesto. Hay un momento, cuando se encuentra con su verdadero padre, en que dice: ‘te perdono, porque me perdono’. Esta novela viene a ser como un pacto diplomático entre todas las utopías no cumplidas. Por ejemplo, el capítulo de Miami no es un reproche en absoluto. La reconciliación entre los cubanos de la isla y los que se fueron es un planteamiento más cercano a la mayoría de los jóvenes, comenta Wendy Guerra, quien presentó su libro en la más reciente feria editorial de Miami y, agrega, no sintió rechazo alguno. “Escribí la novela como algo que no fuera un pase de cuentas, sino de preguntas; un pase de revista. Sobre todo una gran curiosidad de por qué nuestros padres invirtieron 40 o 50 años de su vida en un proyecto colectivo y no personal. Es una gran pregunta que flota en el aire. “Para los nietos de la Revolución también fueron años perdidos sin sus padres, lo que es muy difícil. Pero no creo que haya reproche en la novela, solamente la duda, la pregunta en el aire.” “No quiero ser heroína” –¿Otra pregunta no sería si funcionó ese proyecto colectivo? –La respuesta no está en la novela, porque es un diario, y continuará con la sociedad, con las personas, los pequeños dramas. –Desde esos pequeños dramas se hacen grandes críticas, ¿no? –Imagínate, desde Hamlet hasta la fecha. Y se habla del padre y del rey. Sí, grandes críticas humanas. El ser humano que hizo una sociedad utópica, al tener seres humanos como actores de una sociedad que no podía ser perfecta, porque no lo somos. “Al inicio de la novela hay momentos de retos, pero el personaje se va domando, domesticando, y va entendiendo a los padres mediante el encuentro de los incidentes que han hecho el abandono, ya sea por muerte, por suicidio.” Wendy Guerra escribe en uno de los primeros párrafos de la novela, a través de la voz de Nadia Guerra, personaje ficticio que habla a su público desde una estación de radio en La Habana, en tono de confesión: “No puedo seguir intentando ser como el Che, heredar la pureza de Camilo, poseer la valentía de Maceo, el arrojo de Agramonte, el coraje de Mariana Grajales, el espíritu aún errante y creativo de Martí, el estoico silencio de Celia Sánchez; mi proeza es sencilla: sobrevivir en esta isla, evitar el suicidio, aguantar la culpa de mis deudas, la casualidad de estar viva y desentenderme definitivamente de esos tenaces nombres de guerra y de paz”. Y más adelante: “Mis verdaderos héroes son mis padres, víctimas de una supervivencia doméstica, callada, dilatada, dolorosa. Desintegrados en una secta de adoraciones y desencantos, ellos perdieron la razón”. –Comente –se le pide por último– sobre uno de los recursos formales de la novela, en que la voz narrativa surge desde un micrófono, en una estación de radio habanera. –Vengo de la radio, y mi madre también, y de niña pasé muchas horas dormida en una estación de radio. Luego hice un programa para niños sin saber leer; mi madre me dictaba por los audífonos lo que tenía que decir. Luego me convertí en presentadora de radio y de televisión. Y me gustaba la radio porque daba mucho a la imaginación, y porque también a mi mamá le cortaban las emisiones en el aire, y que te corten es muy fuerte. Me gustó que la estructura del libro tuviera varios registros: de la radio, de la radionovela, del drama, del diálogo. Fue un reto y me encantó cómo quedó la novela. Fuente: La Jornada

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