En 1991, Carlos Dominguez, un médico general en uno de los barrios más pobres de La Habana, compró un barco en 12,000 pesos para desertar del Gobierno que lo capacitó para ser un doctor internacional.
El barco era viejo y se tuvo que equipar con la transmisión de un Ford 1952, uno de los muchos coches estadounidenses que aún circulan por las calles de La Habana. El mecánico le advirtió que no tenía reversa. El barco sólo podía moverse hacia adelante.
“Perfecto”, contestó Dominguez, ahora con 46 años. “No planeo regresar. A partir de hoy, sólo voy para adelante”.
Y, así, armado con la brújula de su abuelo, de la Segunda Guerra Mundial, salió de Cuba y llegó a Miami, remando las últimas siete horas cuando se acabó la gasolina. Tenía 28 años y estaba listo para reanudar su vida como médico.
Sin embargo, primero tenía que aprobar cuatro exámenes presentados sólo en inglés, y, después, sumar varios años de capacitación como residente en un hospital.
Dominguez, a quien le enseñaron ruso en la escuela a la que asistió en Cuba, no sabía inglés. No obstante, pasó un examen y después reprobó el segundo por unos cuantos puntos. Ya casado y con responsabilidades familiares, guardó sus libros de medicina y se inscribió en un programa para ser enfermero en un año. Desde 2001, ha trabajado como enfermero de admisiones en una residencia para enfermos terminales, un empleo que le permite trabajar con pacientes evitando los obstáculos que tienen que superar los médicos para ejercer la Medicina en Estados Unidos.
Mientras que el resto del país padece escasez de doctores de atención primaria, Miami está inundado de médicos cubanos que desertaron en los últimos años. Según algunas estimaciones, seis mil profesionales de la Medicina, muchos de ellos médicos, han salido de Cuba en los últimos seis años.
Los doctores cubanos han estado emigrando hacia el sur de Florida desde 1959, pero el paso se intensificó después de 2006, cuando el Departamento de Seguridad Interna empezó un programa por el cual se permite que personal médico cubano “que estudie o trabaje en un tercer país, bajo la dirección del Gobierno cubano” viaje a Estados Unidos legalmente.
En los 50 años desde la Revolución, Cuba ha enviado a más de 185,000 profesionales de la salud en misiones médicas a por lo menos 103 países. Alrededor de 31,000, en su mayoría doctores, están en Venezuela, donde trabajan para el Gobierno cubano.
Las misiones le han dado gran reconocimiento, buena voluntad y poder de negociación a Cuba. El presidente Barack Obama dijo a los reporteros al final de una reunión hemisférica reciente en Trinidad que le parecía “interesante” enterarse por los líderes latinoamericanos “de los miles de médicos de Cuba que están dispersos por toda la región y en los que dependen muchos de estos países”.
No obstante, para muchos médicos cubanos, que ganan el equivalente a 25 dólares mensuales, el atractivo de una vida de libertad y oportunidades en Estados Unidos es demasiado fuerte para resistirlo. Así que estos hijos de la revolución, educados por un régimen comunista para rechazar al capitalismo y abrazar al socialismo, han terminado en Miami, con frecuencia atendiendo a los cubanos ancianos que huyeron de la isla antes de que ellos nacieran.
Ana Carbonell, jefa de personal del representante republicano por Florida, Lincoln Diaz-Balart, señaló que más de dos mil cubanos ya se habían establecido en Estados Unidos bajo el programa de permiso condicional.
“Trae a nuestra comunidad profesionales altamente cualificados en un momento de gran necesidad”, dijo Carbonell. “Trabajan junto a médicos educados en Estados Unidos, y mejoran cualquier consulta o donde quiera que trabajen”.
Muchos han podido obtener licencia para ejercer la medicina. Otros han elegido otras carreras en el campo médico, aunque no como médicos, y algunos trabajan en áreas que no tienen nada qué ver con la Medicina.
“Conozco neurocirujanos que trabajan en almacenes o fábricas o como despachadores de gasolina”, comentó Julio Cesar Alfonso de 40 años, egresado de la escuela de Medicina en Cuba en 1992 y trabaja como gerente clínico en Miami. “Pero conozco a muchos más que están trabajando como enfermeros, asistentes médicos y técnicos”.
Lianete Perez de 37 años trabaja como asistente médico en el consultorio de un pediatra en Miami. Ex anestesista, Perez anhelaba salir de Cuba, llegó en 2002 y está estudiando para hacer los exámenes de Medicina a finales de este año. A diferencia de otros médicos que resienten tener que hacer exámenes sobre sus capacidades años después de haber salido de la escuela, señaló que ella recibió bien la oportunidad de regresar a los libros.
“Hay diferencias enormes entre la Medicina en Cuba y en Estados Unidos”, dijo. “No puedo decirle que los médicos cubanos no están bien capacitados, pero sí puedo decirle que los libros que usábamos se editaron en 1962, y, para mí, venir aquí fue como volver a empezar”.
Los médicos extranjeros educados en idiomas distintos al inglés enfrentan retos inmensos para obtener la licencia para ejercer en Estados Unidos. No sólo deben volver a aprender su profesión en inglés, sino que muchos, como Dominguez, también deben trabajar para mantenerse ellos y sus familias. Los médicos cubanos, en particular, tienden a tener más edad para cuando llegan a Estados Unidos, en ocasiones con demasiada edad para dedicar años a estudiar para los exámenes, y encontrar y terminar un programa de residencia.
Encontrar un programa de residencia es casi imposible, dicen, en parte porque la mayoría de los hospitales busca jóvenes médicos que pueden trabajar largas horas por un salario bajo. Es frecuente que se considere a uno de 40 años, con demasiada edad para que lo acepten en un programa de residencia. El doctor J. Donald Temple, un catedrático adjunto de Medicina en la Universidad de Miami, dijo que los médicos formados en otros países enfrentan la percepción generalizada de que las escuelas extranjeras no son tan rigurosas como las de este país.
“No los van a aceptar en los programas de residencias más competitivos tan fácilmente como a los médicos educados en Estados Unidos”, dijo Temple, quien maneja un programa de capacitación para médicos latinoamericanos y caribeños para ser líderes en el campo médico en sus propios países. “En muchos programas, ni siquiera se les tomaría en cuenta”.
Su pérdida es la ganancia de Miami. Casi todos los hospitales de Miami pueden alardear de tener médicos cubanos altamente capacitados que trabajan como enfermeros o asistentes médicos o, incluso, como técnicos de laboratorio.
Carlos Perez-Sedano, de 40 años, es uno de ellos. Comentó que lo enviaron a Ghana en septiembre de 2005. Un año después, justo dos meses después del anuncio del programa de permiso condicional, presentó solicitud para una visa estadounidense. Para diciembre de 2006, ya estaba en Miami.
Ahora trabaja como gerente de casos en el Hospital Regional Kendall y está estudiando para hacer los exámenes para obtener la licencia médica de Florida. Dice que la mitad de los gerentes de casos en su departamento son médicos cubanos, y que al menos 50 de ellos trabajan en otras áreas del hospital, no todos como médicos. Funcionarios del Kendall dicen que no llevan un registro de la nacionalidad de su personal.
Uno de cada cuatro doctores en Estados Unidos se formó en otros países, dijo un funcionaria de la Asociación Médica Estadounidense, quien trata con médicos internacionales, pero no está autorizado a hablar con los reporteros y declinó dar su nombre.
“Pensamos que los médicos titulados internacionales son una parte integral de nuestra fuerza laboral, y no vemos que eso vaya a cambiar pronto”, dijo. “Dependemos muchísimo de ellos porque aceptan puestos en áreas inmerecidas e ingresan a la atención primaria. Sin ellos, nuestro país tendría dificultades enormes, especialmente entre las poblaciones minoritarias y los pobres”.
Este fue el camino que tomó el doctor Juan A. Bereao cuando llegó de Cuba hace 11 años. Un cirujano en ese país, ahora trabaja como médico a domicilio en varios hospitales de Florida, incluido el Kendall. Durante tres años antes de eso, fue residente de medicina interna en el hospital Bronx-Lebanon en la Ciudad de Nueva York, donde la mayoría de sus pacientes eran pobres y de minorías étnicas o raciales.
Dominguez, el enfermero de la residencia, dijo que está tranquilo en gran medida por el hecho de que ya nadie le dice “doctor”, excepto por algunos pacientes ancianos cubanos con los que se topa en ocasiones en Miami. Gana más de 100,000 dólares al año, manda a sus dos hijos a escuelas privadas y vacaciona con su familia en Francia y España. Sin embargo, dijo que una parte de él siempre suspirará por la profesión, y el título.
“He tenido que acostumbrarme a pensar como enfermero, pero es difícil”, comentó. “Muy en el fondo, sigo siendo un médico”.
Fuente: Diario de Yucatán