Es el socialismo coquetón, el consumismo precario, el cándido y costoso engaño de las apariencias. La joven Cuba que hace una semana desbordó la plaza de la Revolución para ver a Juanes y a Bosé, la de los nietos y bisnietos de los barbudos de Sierra Maestra, esa Cuba se mata por ponerse bonita. Se entrampa hasta las cejas por vestir de marca aunque sea falsa; por ir a la moda aunque sea a deshora y sin rumbo estético claro.
La primera semana de clase en el habanero instituto Saúl Hernández, barrio del Vedado, las calles aledañas parecían una pasarela. Como los uniformes azules no estaban listos, el director había dispuesto que los quinceañeros alumnos acudieran con camisa o polo blanco, el color más fácil.
"¡Qué era aquello!", recuerda una madre que los vio entrar. "¡Parecía un desfile de modas. Había de todo lo mejor!". Y enumera: nikis Lacoste o similar, zapatillas Nike o Converse, mochilas Adidas... Una exhibición que en parte se repite cada día, aunque desde que llegaron los uniformes se note menos.
Claro que el Vedado es un barrio privilegiado. Pero la esclavitud de la moda es un fenómeno extendido por toda la isla. Los cubanos siempre fueron consumistas y fashion por mucho que la época soviética les impusiera una cierta sobriedad, según coinciden los expertos en el tema. Pero la creciente influencia exterior a través del turismo, el cine o las series, la música y la ropa que se importa o que se trae en maletas y rápidamente circula de mano en mano ha alentado y multiplicado esa voracidad, siempre sorprendente en una sociedad con tan bajos ingresos familiares.
La obsesión por ir guapos y a la última choca con los planteamientos ideológicos de la oficialidad. El diario Juventud Rebelde publicaba el 16 de septiembre una tribuna en la que el autor relataba con alarma la pelotera que un pequeñajo había montado a sus padres por haberle comprado unas zapatillas normalitas, de 13 CUC (10 euros), en lugar de las de marca que él "necesitaba" para estar a la altura de sus amigos.
El mismo diario y el Granma publican de vez en cuando preocupados reportajes que un día avisan de los peligros del piercing y el tatuaje, otro se interrogan sobre la conexión entre estética metrosexual y homosexualismo y otro sobre la proliferación de movimientos importados tan raros como el de los jóvenes emos...
Ir a la moda no parece una opción para los jóvenes de la urbe, sino una obligación: "¡Claro que hay que ir al día, qué tú piensas!" ¿Por qué? "Pues para lucir. Para creer en mí", nos dice Olaysy, de 32 años, ingeniera en la corporación Informática Copextel. Ella logra todo eso a costa de ahorrar y de pagar ropa a plazos, asegura.
La coquetería del cubano del siglo XXI asombra al turista primerizo. "No esperaba ver lo mismo, estéticamente, que en el resto del Caribe", nos dice una colombiana recién llegada: "Nada de vestimentas austeras y grises; de las faldas floridas que yo tenía en la cabeza. Veo muchos tejanos con tachuelas y complementos de marca o imitación que yo pensaba que no estaban al alcance de la gente". La sorprendida es Ana María Mójica, de Bogotá, que recibió el primer impacto al contratar el coche de alquiler. "Le comenté a la empleada lo chévere que es venir a un país sin casi celulares. Ella me miró como con compasión y me dijo: 'Ay mi hija, ya quisiéramos todos tener un celular. ¡Lo que pasa es casi nadie puede!'".
Mónica Benner, una experta en moda que trabaja en un portal de "pronóstico de tendencias" (Style Side) en Nueva York y recorre la isla para estudiar sus gustos y potencial de demanda, nos da claves sobre las peculiaridades de la moda aquí. Los isleños, dice, están en la pomada "pero andan desorientados y no saben de dónde viene cada tendencia". Así, llevan pantalones con pintura y camisetas Ed Hardy con dibujos de tatuaje, pero "ignoran su origen; sólo saben que son cool porque alguien se los trajo de fuera".
Lázaro Dobouchet, un joven diseñador cubano que encontramos en un desfile en la calle, lo confirma: "La mayoría de la gente intenta vestir bien, pero muchos no saben conjugar ropa, horario y lugar; pueden ir con jeans a una boda, con brillos al trabajo y de negro a la playa. Hay confusión y desinformación". Otro aspecto llamativo es la precocidad en el consumo –¿les suena?– y el esmero con que también los varones se cuidan. Muchos chicos se depilan enteros y se hacen peinados escultóricos.
Pero lo más cubano de todo es el recurso a los inventos con que los chavales redondean el ahorrativo recurso a la falsificación. Las penurias del periodo especial iniciado al acabarse la ayuda soviética estimularon en extremo el ingenio estético y cosmético del personal. La brillantina fue sustituida por cremas laxantes; la gomina, por aloe batido, agua azucarada o un mejunje inmundo con patata. Si lo guay era llevar pantalones desteñidos, cloro al canto; si se imponían estrujados, se metían arrugados en la olla a presión media hora, y listo. Y si de las patas de campana se pasaba al tubo, tijeretazo, cosido y ya.
Ahora, tras los duros años noventa, las condiciones son algo menos severas y la oferta, mayor. Las dificultades para viajar persisten, pero hay más movimiento y muchos de los que salen vuelven cargados de ropa: para ellos y para todo el barrio, la pandilla, el centro de trabajo o el gimnasio, que todo es aquí susceptible de convertirse en mercadillo a la hora del almuerzo o de salir. Venga de donde venga la ropa, cueste lo que cueste, auténtica o falsa, adecuada o errónea, el caso es lucir. En Cuba no hay otra opción, "¡qué tú crees"!
Fuente: La Vanguardia.es