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Este artículo es de hace 16 años
El Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires abre el calendario de exposiciones 2010 con una muestra dedicada a la renovación del arte cubano, a partir del surgimiento del movimiento moderno entre 1920 y 1940. Se presentan aproximadamente 150 obras, entre pinturas, fotografías, dibujos y material documental, procedentes del Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, de la Fototeca de Cuba y de colecciones privadas.
Imagen de La vanguardia cubana
El Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires abre el calendario de exposiciones 2010 con “Caminos de la vanguardia cubana” una muestra dedicada a la renovación del arte cubano
“La exposición aspira a mostrar que –después de la contradicción básica entre lo viejo y lo nuevo, entre la mentalidad conservadora y la moderna– el principal desafío del movimiento de vanguardia en Cuba se circunscribió a una sola pregunta: qué era realmente lo cubano” asegura la curadora Llilian Llanes.
Estrechamente vinculado con el despertar de la conciencia nacional, el movimiento moderno en Cuba se expresó originalmente a través del rechazo a los modelos políticos y culturales neocoloniales, y desempeñó un papel significativo en la conformación definitiva del concepto de Nación cubana.
La exposición se divide en tres grandes núcleos temáticos, considerando los presupuestos que guiaron la modernización de la pintura cubana y el universo formal y conceptual dentro del cual se movieron sus artistas: una nueva mirada hacia la mujer, defendida como individualidad; el nacionalismo, en tanto búsqueda de las propias raíces.
Y “finalmente, se reúnen un conjunto de piezas que revelan el compromiso que la vanguardia mantuvo con los conflictos políticos de su tiempo, donde destacan en particular los dos ejemplos más elocuentes: el de Eduardo Abela, mediante el humorismo; y el de Marcelo Pogolotti, artista de gran hondura ideológica, hombre de letras, humanista, pintor y dibujante, escasamente valorado por quienes le sucedieron y sobre el que durante demasiado tiempo se tendió un manto de silencio.” Agrega Liliam.
Entre otros artistas, están representados Antonio Gattorno, Jorge Arche, Amelia Peláez, Wifredo Lam, Mario Carreño, René Portocarrero, Mariano Rodríguez, Víctor Manuel García, Fidelio Ponce de León, Arístides Fernández, Carlos Enríquez, Eduardo Abela y Marcelo Pogolotti, quienes protagonizaron el definitivo cambio de mirada en la historia del arte cubano e hicieron posible que, a partir de entonces, se pudiera hablar de “arte cubano”, dejando para las realizaciones previas el concepto de “arte en Cuba”.
EL NUEVO NEGRO
Se incluyen piezas que, como en el caso de Amelia Peláez, formaron parte de su colección personal hasta su fallecimiento y por primera vez se exhiben al público con los óleos Figura y Naturaleza muerta, para corroborar la existencia –dentro de la propia corriente– de una interpretación visual distinta a la del criollismo de paisajes y guajiros.
“Caminos de la vanguardia cubana” también destaca la importancia que tuvo el dibujo y la obra sobre papel en general en los primeros acercamientos de todos estos artistas a un nuevo concepto del arte y de la realidad dentro de la cual se movían.
“Como ocurrió en otros países de la región, el universo ideo-conceptual de la vanguardia cubana se estructuró a partir de tres principios básicos: el nacionalismo, el universalismo y el sentido de la responsabilidad social asumido por sus miembros”, explica Llanes. En el plano de la estética, la rebelión de los vanguardistas cubanos encontró el fundamento de su identidad en la investigación de las raíces propias. En ese proceso de reconocimiento colectivo, descubrió la diversidad como su componente esencial y valorizó el aporte de todos sus individuos a la conformación de la nación, sin importar la raza ni el origen social.
En términos generales, defendieron la cultura popular y lucharon por el reconocimiento de sus contribuciones a la cultura nacional; promovieron el desarrollo del sentido de pertenencia a un espacio definido, diferente, descubierto en sus íntimas peculiaridades, sin rechazar la pertenencia al espacio universal ni el derecho al uso de los aportes de la sociedad moderna internacional.
Lo mismo sucede con Wifredo Lam, quien a través de una apropiación de las esencias de la cultura afrocubana le da una dimensión universal y se aleja del habitual tratamiento folklorista al que el negro estaba sometido.
Si todo esto no es suficiente para ir a ver la muestra, pararse frente a la obra de Lam, “La silla” y sentir el color blanco sobre el papel madera, perderse entre las formas difusas del respaldo, o simplemente caer entre los rojos, los verdes y los anaranjados, anulan todas las explicaciones racionales posibles y despiertan la inconmensurable emoción que un cuadro puede despertar en el alma.
Fuente: Observador Global.com
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