Omara Portuondo, el libro, la leyenda



El libro comienza por el costado más triste de la artista, de 80 años: hija de padre negro y madre blanca; jamás la familia pudo presentarse en público por la discriminación de la época.

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Hace tiempo que los cubanos utilizan un recurso para ahuyentar tristezas y problemas en beneficio de la espiritualidad exultante; esa técnica se llama Omara Portuondo. Invito a comprobar los efectos de este antídoto contra la depresión en dos canciones del exquisito repertorio de la intérprete cubana: Gracias a la vida, de Violeta Parra, y La era está pariendo un corazón, de Silvio Rodríguez. Si en Francia Edith Piaff es el pájaro cantor que penetra el salón, la cocina y la trinchera, Omara, con su despliegue de lirismo, belleza musical, voz y concepto dramatúrgico, es la indiscutible ave canora de Cuba, uno de los referentes musicales más sólidos en la sociedad cubana. Pero Omara, por las mismas razones apuntadas, también genera literatura. Oscar Oramas Oliva (Cienfuegos, 1936), es el autor de una biografía de la cantante, de quien se confiesa un devoto. Escritor, ex viceministro de Relaciones Exteriores y ex embajador en la ONU, Oscar Oramas ha regalado desde la admiración y la anécdota ilustrativa, un libro precioso de Ediciones Caserón, de Santiago de Cuba, que intituló Omara, Los ángeles también cantan. La obra posee prólogo del maestro Rodulfo Vaillant, presidente de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en Santiago de Cuba, y un poema del poeta Pablo Armando Fernández (Para un ángel) en el que el bardo de Puerto Padre afirmó una impresión unánime: “Omara es toda voz, inspiración que incita a los poetas a seguirla para escuchar, dados a la emoción que ella despierta; como en si sentirla propia, íntima, ella es toda canción, ternura, arpa de ensueños…” El libro de Oramas arranca por el costado más triste de su biografiada: hija de padre negro y madre blanca; jamás la familia pudo presentarse en público por la discriminación irracional de la época en que le tocó nacer (1930). Bartolo Portuondo, el padre, era estrella del equipo de béisbol Almendares, la madre Esperanza Peláez provenía de una familia rica de origen español. Esta es la génesis triste del lirismo de la cantante que, sin embargo, da “gracias a la vida, que me ha dado tanto” porque encontró la fuerza para ver la desdicha como continuación de las alegrías y viceversa. En Omara destaca la autenticidad. Lo que canta lo siente profundamente, por eso su resonancia mundial, por eso su condición en la Isla de la Música, de “ave canora de la cubanidad”. El investigador resalta otro detalle que a veces queda al margen en los libros: Omara es habanera, y ser habanero es ser un hombre o una mujer especial por una razón muy importante: el capitalino disfruta sobre sí todo el peso cultural, social y económico de la gran ciudad. No en balde el poeta Roberto Fernández Retamar aseveró en Ensayo de otro mundo (1967), “seis kilómetros después de La Habana empieza el Tercer Mundo”. El biógrafo hace un recorrido por las influencias musicales de la artista y revela que el padre fue amigo de glorias musicales como Sindo Garay y Eliseo Grenet. “Mi padre y mi madre cantaban en la casa, la familia creció rodeada de música”, dijo Omara a este reportero. Esas eran las condiciones del hogar, pero Oramas enfatiza otro importante aspecto y es el entorno que rodeó el desarrollo cultural de Portuondo. La bella mulata vivía en Cayo Hueso, un barrio muy musical de extramuros donde nacieron figuras emblemáticas del pentagrama cubano como Miguelito Valdés, Merceditas Valdés (sin parentesco) Chano Pozo, y los integrantes del cuarteto Los Zafiros. El autor, en su hábil indagación por los orígenes, resalta otro factor muy importante y que ayudará a diseñar toda esa fuerza de terciopelo, toda la historia posterior de Omara Portuondo y es que la diva es mulata. Dicho así el dato parecería intrascendente, pero no, el mulato y la mulata es un producto totalmente nuevo, una resultante, o un híbrido. Otro aspecto interesante en el libro de Oramas es que en el caso de la cantante no existen casualidades; hay una especie de determinismo en todo lo que le sucedió. Omara estaba destinada al éxito, y como figura fundadora del cuarteto Las D’Aida prosiguió la saga que inició con Elena Burke, Moraima Secada y su hermana Haydeé Portuondo, que quedaron gloriosamente en el camino. La emisora comunista Mil Diez (“de donde salió todo el mundo, incluso Celia Cruz”, me dijo el compositor César Portillo de la Luz) y agrupaciones como Loquibambia, Las Mulatas de Fuego, Las Anacaonas y el cuarteto de Orlando de la Rosa, son los hitos de una formación musical, bailable y actoral que exaltan el voluminoso expediente artístico de Portuondo. El éxito de Buena Vista Social Club, que le restituyó todo lo que se merecía, escamoteado por las restricciones del bloqueo de Estados Unidos, ni siquiera es su colofón porque la fiesta continúa. Omara, según me contó Juan de Marcos, el creador de Buena Vista…, grababa en el piso superior de la EGREM (Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales, de Cuba). “Entonces yo la fui a buscar para que cantara con Ibrahím Ferrer 20 años, de María Teresa Vera”. “Ray Cooder estaba en la cabina registrando todo…a Compay Segundo, Eliades Ochoa, Rubén González…Al americano le gustaba el “sentimiento”, tenía algo del “filin” y escogió, al final de la jornada, las grabaciones que yo consideraba más sucias. Ese es el sentimiento: una puerta que se cierra, una cuerda que se rompe, una voz que se quiebra en un sollozo”. Si una cubana encarna toda la dulce venganza de 50 años de bloqueo esa es Omara; su triunfo y permanencia es el triunfo y la permanencia de la música cubana. Fuente: CubaNow.net
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Redacción de CiberCuba

Equipo de periodistas comprometidos con informar sobre la actualidad cubana y temas de interés global. En CiberCuba trabajamos para ofrecer noticias veraces y análisis críticos.


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