Todavía se le ve en las mañanas frescas, balancearse en el sillón en el portal de su casa, uno de los condominios más vetustos en Martí, una las principales calles de San Juan y Martínez. Esther María Rosario Montes de Oca Domínguez ha vivido toda su vida en el tranquilo poblado al sur de Pinar del Río, y quiere pasar sus últimos días allí.
De vez en cuando saluda al transeúnte o aquel curioso que nunca le ha visto, que desde un portal cercano hurga con la mirada el ya centenario rostro de Esther. Ha visto y vivido de todo en su querido San Juan, las épocas neocoloniales, los albores de la Revolución y los nuevos tiempos del comienzo de siglo.
LAS ENSEÑANZAS DE ESTHER
Desde que recibiera el título de maestra en la Escuela Normal de Pinar del Río, no cesaron sus enseñanzas como educadora, como madre y hoy como parte de la historia del país.
Ni siquiera los parajes intrincados la desviaron de la vocación cuando por 1934 iba a La Tinaja a dar sus clases, e incluso cuando debía pagar el alquiler de un aula para poder enseñar, no cejó nunca y así lo hizo siempre donde quiera que estuviera hasta su jubilación, en 1978, en la secundaria de San Juan y Martínez.
Ya con los albores de la Revolución fue partícipe incansable de los programas educativos de la misma, desde la Campaña de Alfabetización, hasta ocupar cargos de inspectora municipal y provincial del sector.
Entre los diferentes cursos brindados por Esther se encuentra el de formación de maestros primarios, de Geografía de octavo a décimo grados, así como la introducción del Plan INRA-MINED.
Siempre estuvo presente en la ejecución de los planes de la Escuelas Secundarias Básicas en el Campo (ESBEC) y los Institutos Preuniversitarios en el Campo (IPUEC) que albergaba estudiantes sanjuaneros en el municipio de Sandino.
Gracias a su desempeño ha sido reconocida con la condición de Miembro de Honor de la Asociación de Pedagogos de Cuba y de Doctora Honoris Causa de la Universidad Hermanos Saíz de Pinar del Río.
Además recibió el Premio Maestro de Juventudes (2008), que honra las más de cuatro décadas dedicadas a la enseñanza de jóvenes y otorgado por la Asociación Hermanos Saíz, nominada en honor a sus hijos caídos.
LOS RECUERDOS QUE DUELEN
Una sonrisa pícara se le puede ver en el rostro cuando cuenta la primera vez que conoció a su esposo Luis, las remembranzas de la infancia, su familia, y el nacimiento de sus dos hijos Luis y Sergio, por quienes vivió y aún vive.
Con orgullo aún recuerda el legado mambí de los Montes de Oca, y con tristeza vienen a la memoria el hecho de haber sobrevivido a sus hijos, inmenso dolor para cualquier madre, e incluso a su esposo, "el único y gran amor de su vida".
Su casa está inmaculada, exactamente como aquel trágico día, en que le asesinaran a Luis y Sergio. "Todo está como ayer, pero el encanto del pasado se ha roto" ha dicho el verso en varias ocasiones, y resulta desolador ver como cuenta los sucesos de aquel 13 de agosto de 1957.
Les pidió que no fueran, presentía que algo malo podría suceder, pero ellos insistían en celebrar el cumpleaños de Fidel. Horas después corría como todas las madres del pueblo al escuchar de la tragedia que había pasado cerca del cine, la curiosidad le movía, la incertidumbre, pero nunca la idea de que aquellos muchachos muertos serían los suyos.
Así aún cuenta, pero ya no llora, no quedan lágrimas que derramar, pero tras su mirada aún se percibe el dolor que ni 50 años borran.
Hoy su hogar es Casa Museo, donde comparte con aquellos que visitan el lugar en busca de la historia. El cuarto de los hermanos Saíz, una especie de santuario hipnotizado en el tiempo, con todas las cosas tal y como la dejaron cuando aquel día se despedían de la madre para siempre.
LOS CIEN DE ESTHER…
Este siete de agosto, la madre de los hermanos Saíz cumplirá cien años y la ocasión es toda una hazaña no solo por el hecho del arribo a semejante edad con tales facultades físicas y mentales, sino haberlo hecho con gran parte de su existencia, sin el cariño de sus seres queridos y con el recuerdo de la tragedia que marcó para siempre su historia y la de Cuba.
Pero no se deja vencer tampoco, todavía conversa como pocos a su edad, y cuentan que por estos días hace poemas picarescos con una mentalidad y creatividad que envidiarían muchos.
De sus aventuras, maldades aún recuerda, y más de cuando quería ser artista pero su padre no le dejaba, y se ríe como niña traviesa cuando te dice sus platos preferidos, harina con huevos fritos y arroz con leche con canela.
Mas, se mantiene serena como siempre, con pasos ligeros y gestos reposados, con la paciencia propia de los años y de los duros golpes de la vida. Todo el que llegue a su casa se la puede encontrar y más serán este siete de agosto cuando le agasajen por los cien años. Aún tiene por qué vivir.
Fuente: Cubahora