Pequeña catarata en la cola de La Coca

Este artículo es de hace 9 años
Cuando les daban la oportunidad y se sabía que no había peligro, Pedro Elier y Abimael se acercaban para ver una imagen que, tal vez, no vuelvan a apreciar en mucho tiempo De fascinación son los rostros de Pedro Elier y Abimael Delgado Hernández, desde que las máquinas y los hombres encargados de construir el trasvase Jaruco-La Coca llegaron a la zona próxima a la comunidad Guaicanamar, donde residen. Pasaban horas viendo cómo la retroexcavadora daba dentelladas a la tierra para facilitar el trabajo de los restantes equipos en la faena de sepultar a los grandes tubos de polietileno de alta densidad, que hoy conforman el conducto de 9,3 kilómetros, por donde transita el agua desde la presa Jaruco, en Mayabeque, hasta el embalse La Coca, en el este de La Habana. Mas el súmmum de ese encanto lo encontraron en el trabajo de los equipos de termofusión, uno de los “entretenimientos” guardados para la tarde, después de concluir la jornada escolar. El privilegio de ver ese acto de empatar uno, dos, tres… muchos tubos en una jornada les atraía tanto, que a veces se alejaban un buen trecho de su casa, sin apenas darse cuenta. Era como un acto sublime en que llenaban la vista y la mente de imágenes irrepetibles para ellos. Sin que ninguno de los reporteros le preguntara, Pedro Elier nos miró y, como quien tiene la más importante información del mundo, dijo: “Esta tubería llega hasta allá abajo, al pie de la presa, como a tres kilómetros de aquí, donde está la casa de bombas”. -¿Conoces la función de esa casa?, le preguntamos. -Jalar el agua. Dice mi maestra que esta obra es importante porque a la gente en La Habana le hace mucha falta. Y es verdad, porque sin el agua no se puede vivir. RECONSTRUCCIÓN, PRUEBAS, AJUSTES…ESTACIÓN DE BOMBEO Hablaban desde su inocencia. Este niño y su hermanito nunca habían estado cerca de personas que constantemente debatieran en torno a volúmenes del vital elemento o magnitudes de conductoras, pero sí advirtieron que lo hecho por aquellos constructores –quienes trabajaban sin descanso todo el día– era muy importante, sobre todo para rescatar la estación de bombeo, un edificio construido en los años 70 para el riego agrícola, y rehabilitado hoy con moderna tecnología de impulsión. Los obreros y especialistas de la Empresa Integral Mayabeque, encargados del rescate y acondicionamiento de la instalación, comenzaron el 4 de marzo, y como dijera Jesús Velazco, especialista principal de la entidad, sortearon las dificultades propias de la rehabilitación de un viejo inmueble, cambiaron todo el sistema eléctrico y montaron ocho bombas, de las cuales seis serán las encargadas de bombear a razón de 50 litros por segundo –en total 300–, y dos permanecerán inactivas, mientras no haya roturas o procesos de mantenimiento. Esa es la estación de bombeo, una parte vital del trasvase para asegurar que el líquido de la presa Jaruco beneficie a unos 22 500 pobladores de la zona del este capitalino, en un procedimiento que comienza en ese embalse, viene por la conductora de 9,3 kilómetros hasta la cola de la presa La Coca, de aquí va hasta La Zarza, desde donde llega –a través de una tubería de un kilómetro de longitud y 900 milímetros de diámetro –a la Planta Potabilizadora Norte Habana, donde es tratada con el objetivo de garantizar su calidad para el consumo. A la cola de la presa deben llegar 300 litros por segundo LAS PRIMERAS PRUEBAS Hay un privilegio que Elier y Abimael hubieran disfrutado de lo lindo: ver el agua cuando llegó por primera vez a la cola de La Coca. La tensión es indescriptible, sobre todo en quienes siguieron, paso a paso, la ejecución de la obra. Las pruebas son rigurosas, llevan días. Los encargados de realizarlas no quebrantan las medidas a observar. Conocen que hay premura, pero se visten despacio porque están de prisa: nada debe fallar. Los conductos resisten las pruebas bajo diferentes presiones, muchas veces mayores que las provocadas por el agua al transitarlos. Las conexiones eléctricas responden, una vez aplicadas todas las medidas. Cuando dan la voz de ¡Prueba! una parte de las bombas echa a andar. Y el agua entra veloz en el conducto, tanto, que al transitar los 9,3 kilómetros hasta la cola de la presa, y aun sin llegar a ella, un ruido anuncia la fuerte caída del recurso natural. Y luego, en medio del inhóspito paraje, un hermoso espectáculo sorprende: el chorro, como catarata, anuncia que el vínculo nutricio entre los embalses de Jaruco y La Coca ya es realidad. Se concreta, de este modo, un cronograma de casi cinco meses, en que de hombres y equipos vencieron cualquier problema, con el fin de amortiguar los efectos de una dificultad mayor: la sequía. Fuente: Tribuna de La Habana

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