Las vicisitudes de los artistas cubanos en el exilio



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Este artículo es de hace 13 años
Este colectivo se encuentra en un limbo: está fuera de su patria y su trabajo es ignorado por coleccionistas y museos internacionales que prefieren a creadores que viven en la isla Se trata de una cuestión que provoca la irritación de un buen número de creadores en el exterior, especialmente de los que desarrollan su obra en Miami y se quejan de la escasa atención que reciben de las instituciones académicas, más pendientes de los artistas de la isla. “El exilio cubano no tiene ni un centro cultural que promueva, dignifique y ayude al artista cubano contemporáneo; estamos como en un limbo raro, silenciados en Cuba y orillados a menudo por instituciones y coleccionistas”, explica Guillermo Portieles, a quien las autoridades aeroportuarias cubanas retuvieron en mayo pasado varios lienzos, cuando intentaba realizar en la capital una exposición alternativa, que resultó fallida. Guillermo Portieles (La Habana, 1963) expresa su descontento por el hecho de que no exista en Miami una institución pública, universitaria o fundación privada que “ayude y cree proyectos culturales donde se recojan las propuestas de los artistas plásticos de la diáspora”. “En ese sentido, los artistas del exilio nos sentimos minusvalorados dentro de una comunidad, en Miami, a la que se presenta la cultura cubana muy banalmente y que, todavía demasiado a menudo, contempla al artista como un ‘tipo vago’ que no quiere trabajar”, se queja el artista, graduado en la Facultad de Bellas Artes de San Alejandro. Ese desarraigo como estilo local de cultura y actitud es en buena parte producto de la búsqueda permanente de identidad de este grupo de “artistas de primera fila que tienen un reconocimiento internacional, con una obra al mismo nivel que la de los pintores de la isla”, señala Raúl Cremata, de la galería Cremata de la Pequeña Habana. Cremata ironiza al describir esa suerte de “ensueño romántico sobre Cuba que domina a los coleccionistas que no son cubanos, una realidad que tiene mucho que ver con la ignorancia y la propaganda del régimen castrista”. “El coleccionista europeo o estadounidense va a Cuba buscando un romanticismo inexistente y pasa por alto la excepcional obra de los cubanos de la diáspora que están en el mundo entero”, precisa Cremata, quien exhibe en su galería obras de pintores cubanos contemporáneos. Y es que el mensaje de propaganda difundido por el régimen cubano, que excluye a los artistas de la diáspora, ha calado hondo en el mercado internacional y en los criterios de selección de algunos comisarios de exposiciones y galeristas, que tienden a preferir a los cubanos radicados en la isla. “Es como si se hubieran olvidado de los que nos fuimos (de Cuba) en los años 90, o no se nos menciona”, apunta el pintor Néstor Arenas (Holguín, 1964), que en su última obra utiliza legos, y trabaja con iconos de la cultura estadounidense, el socialismo cubano e imágenes de personajes como Marx o Stalin, de una forma desmitificadora. Reconoce Arenas que uno de los problemas que encaran los artistas del exilio, especialmente los jóvenes que nacieron dentro de la revolución, es el desconocimiento de una estrategia de mercadotecnia, acostumbrados al proteccionismo sobre el mundo del arte que ejerce el Gobierno cubano. “Tú puedes ser un pintor en Cuba fabuloso pero, al salir y llegar, por ejemplo a Nueva York, te perdiste completamente. Nadie te conoce y tú no conoces a nadie”, resalta Cremata al comentar las facilidades y respaldo oficial que encuentran los artistas cubanos para alumbrar su obra en la isla. “El gobierno cubano apadrina a los pintores que están a favor del régimen y se convierte casi en el representante de estos, un mecanismo -explica- inexistente en este país, que obliga a los artistas a competir y buscar galerías”. Eso sí, continuó Cremata, la “calidad de su obra es equiparable a la de los pintores de la isla, porque aquí se hace un arte fabuloso y hay creadores excepcionales. Un hecho que debe impulsar a las instituciones que tienen recursos a respaldar a los cerca de 400 artistas del exilio radicados en el extranjero”. Arenas se reconoce como un exponente de la figuración, inmerso en su trabajo con elementos de la “iconografía política y cultural” que le permite establecer una crítica de la realidad, algo que le retrotrae a la Cuba de la década de 1980, cuando “no se hacía una obra contemplativa para los coleccionistas, como ahora, si no una reflexión en la que se hablaba de la realidad”, puntualiza. Respecto a la posible existencia de unas señas de identidad comunes a la diáspora, Portieles comenta que elementos como la “huida en bote, el riesgo en busca de otro país, puede repetirse, tanto entre los pintores de la isla como en los del exilio”. No obstante, apunta Arenas, una vez instalado en otro país “comienzas a centrarte en otra realidad y cultura y tu obra se hace más universal”. La crisis Para la pintora Magdalena Ortiz (Santiago de Cuba), “en realidad las temáticas de los artistas que salieron de Cuba en los años 60, 70, 80 o 90 son diferentes, la mirada del mundo es distinta, pero todos comparten un mismo desafío: la dificultad de colocar la obra”. “Estamos en un ‘período especial’ (como se le llamó a la etapa de crisis económica de inicios de los años 90 en Cuba)”, ironiza Ortiz, quien muestra su preocupación por un tiempo “bien difícil para el artista. Si antes había poco dinero, ahora hay menos”, dijo. El fotógrafo cubano Carlos Manuel Cárdenes pone el dedo en la llaga cuando dice que “el resultado final del sistema proteccionista cubano, que provee a los creadores, de educación y de todos los materiales gratis, es que esos artistas, al salir de la isla, tienen que aprender a echar adelante por ellos mismos”. Cárdenes ha trabajado meses en originales retratos en blanco y negro que recogen el perfil psicológico de los creadores cubanos del exilio en Estados Unidos y la relación que éstos tienen con su obra. Muchos de estos artistas, “entrenados y alimentados por el sistema cubano, encuentran al llegar a Estados Unidos inesperadas adversidades: se convierten en un ser humano más, en un número de Social Security (Seguridad Social) y tienen que enfrentarse a un mercado muy competitivo”, concluye Carlos Manuel Cárdenes. Fuente: El Universal.com.mx
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