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Este artículo es de hace 13 años
La vida católica de los cubanos exiliados en Miami comenzó en una sala de cine en la Calle West Flagler. Fuera de la tierra que los vio nacer, miles de hombres y mujeres estaban sedientos por un refugio espiritual, un lugar donde los comprendiesen y amparasen. En ninguna iglesia se hablaba su idioma y no había instituciones que los ayudaran, así que fueron invitados a celebrar el culto religioso en el Cine Tivoli. Al año, mudaron la naciente congregación a un lugar más amplio: un abandonado almacén de vehículos.
“El piso era de tierra y para llegar al altar teníamos que caminar por una tabla de madera”, recordó Diego Chávez, de 93 años. “El altar era un mesa con una tela donde se ponían el copón y el cáliz”.
Han transcurrido 50 años desde que la Iglesia Católica San Juan Bosco abrió sus brazos en La Pequeña Habana a un pueblo necesitado y apátrida en aras de resolver, o por lo menos atenuar, sus problemas espirituales y materiales.
Los cubanos protagonizaron una de las mayores historias de éxito entre los inmigrantes de Estados Unidos y cambiaron el perfil étnico y cultural del sur de la Florida. Con el tiempo, fundaron iglesias, asociaciones seglares y escuelas católicas. Pero a lo largo de cinco décadas, San Juan Bosco se ha mantenido como la casa de oración con tradiciones que se remontan a la niñez del exilio. Es por eso que a esta primera parroquia hispana del sur de la Florida los expatriados la nombraron “catedral del exilio”.
Fue en esta iglesia que los cubanos creyentes recibieron la gracia del sacramento de la Eucaristía, forjaron sus primeras amistades con sentido fraterno, compartieron problemas y miedos, y se aferraron a una mano generosa para reestablecer sus vidas en esta gran nación. La fuente bautismal de la parroquia bañó e incorporó a la inmensidad de la fe a los nuevos retoños; por la senda del templo, alborozados desfilaron las nuevas parejas para sellar su unión nupcial en el altar; por esa misma senda, pero en sentido contrario, llevaron con lágrimas en los ojos y esperanza en el corazón a sus difuntos, que alcanzaban la patria común de felicidad eterna.
Dos generaciones también han encontrado en San Juan Bosco un nicho abundante en compasión y ayuda para llevar el fardo pesado de adaptación a una nueva lengua y cultura, solventar elementales necesidades materiales y de empleo; apaciguar y recibir consejos en fricciones domésticas; cartas de recomendación; intercesión ante jueces y agentes del orden; becas en colegios católicos y, sobre todo, la seguridad de poder contar, sin importar las circunstancias, con el apoyo de la comunidad.
“Estábamos desprovistos de todo”, rememoró Luis Lorenzo, miembro desde su fundación y presidente de la unión de Caballeros Católicos, una de las primeras sociedades laicas de la Cuba republicana que renació en el exilio en el seno de esta parroquia ubicada en 1349 West Flagler St.
“Llegábamos muy solos y no nos conocíamos; en esa iglesia nos hicimos como hermanos”, relató. “La mayor parte no teníamos trabajo pero nos ayudábamos los unos a los otros y compartíamos todo lo que llegara a nuestras manos”.
Un oasis para los exiliados
La parroquia, cuyo nombre rinde tributo al sacerdote y educador italiano del siglo XIX que entregó su vida al servicio de los niños necesitados o en riesgo, germinó en octubre de 1962 por iniciativa del arzobispo de Miami Coleman F. Carroll quien, al ser hijo de inmigrantes irlandeses, comprendía que hacía falta abrigar a una población migrante con nuevos problemas e idioma, costumbres y tradiciones que requerían una acción pastoral particular.
La congregación carecía de espacio, por lo que el sacerdote español encargado, Fernando Ibarra, arrendó la sala del Cine Tivoli, situado en 744 West Flagler, donde comenzaron los servicios litúrgicos. Tras exiliarse de Cuba, meses más tarde se incorporó el Padre Emilio Vallina, de celo apostólico y humilde ejercicio sacerdotal. Fue él su guía hasta retirarse en el 2006, décadas en las que logró adaptar la iglesia a los cambios demográficos étnicos, reiniciando la tarea una y otra vez con las oleadas de nuevos inmigrantes cubanos y centroamericanos.
En los albores de la parroquia, Vallina salió a evangelizar el territorio de su jurisdicción, un vecindario al que cada día llegaban más familias cubanas que habían visto sus vidas descarrilarse en la curva del comunismo y estaban separadas de sus seres amados en la isla. Perseverantemente, visitó hogar por hogar, subiendo y bajando escaleras, anunciando la Buena Nueva: “Cristo vive y está con nosotros, y te espera en la Santa Misa del Cine Tivoli ¡No faltes!”.
Para los exiliados, la misa dominical era un bálsamo, un reencuentro con su sangre en tierra extraña. Pronto el cine se hizo pequeño y, en diciembre del 63, Vallina recibió las llaves de un garaje en precarias condiciones a siete cuadras, el cual los feligreses transformaron, con desvelo y honra, en su iglesia. También adquirieron un lote aledaño donde se encontraba una funeraria. Desde entonces, San Juan Bosco tiende una mano a todo aquel que menesteroso toca a sus portales y, entre 1992 y 2007, ofreció servicios médicos gratuitos a personas sin seguro.
Amelia Sartorio, madre soltera y sobreviviente de violencia doméstica, se encuentra entre los miles de inmigrantes bendecidos por el alma misericordiosa de la iglesia. La mujer de 44 años fue agredida en repetidas ocasiones por su esposo, luego de que ambos emigraran de Uruguay con cuatro hijos para asentarse en el sur de la Florida. En uno de los episodios de abuso, en el 2004, su hijo de 9 años llamó al 911. Cuando llegó la policía, le ofrecieron dos opciones: o detenían al marido o situaban a los niños bajo custodia estatal.
Al salir de la cárcel, un juez impuso al padre una orden de alejamiento. Pero la secuela fue más violencia y una crisis familiar de varios meses que traumatizó a los niños. Ya separados, amamantando a una criatura de seis meses, Sartorio fue referida por una maestra de su hija a un centro de asistencia social donde le recomendaron pedir ayuda en San Juan Bosco para inscribir a dos de sus hijos en un programa extraescolar gratuito que la iglesia auspicia desde hace 48 años, entre otra gama de servicios como una despensa que entrega víveres a familias necesitadas.
“En San Juan Bosco siempre están preocupándose por mí y los niños. Si falta comida o ropa, nos dan donaciones, y también nos pagan el transporte escolar”, comentó la madre, empleada de una marina a la orilla del río Miami, quien reside con los dos hijos menores en un efficiency en La Pequeña Habana. “Son como mi segunda familia”.
Dificultades de las comunidades de base
La proliferación de los servicios que han convertido a la iglesia en uno de los centros de asistencia social de referencia en la ciudad, así como el deterioro del edificio original que cobijaba la iglesia, motivaron la construcción del reluciente templo actual, inaugurado en el 2001, que evoca iglesias latinoamericanas por la presencia de numerosas imágenes veneradas por los distintos pueblos hispanos.
Uno de los retos que ha encarado San Juan Bosco ha sido la movilidad de población. A medida que prosperaron económicamente, muchos cubanos se mudaron a mejores barrios y se unieron a otras parroquias, renunciando a puestos de liderazgo en los ministerios seglares. Múltiples olas migratorias de carácter político y económico han creado una feligresía flotante. Hoy, el puesto de los cubanos lo tomaron nicaragüenses y otros centroamericanos que llegan necesitados e igual que sus antecesores, buscan consuelo.
El aumento en el índice de delincuencia en la zona también impactó la estabilidad de la congregación, aunque en los últimos años la seguridad pública ha mejorado. Isabel Espinola, asistente administrativa de la oficina parroquial desde hace 25 años, apuntó que el vandalismo —en una ocasión robaron a plena luz del día la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, posteriormente recuperada— y el sacrilegio —han dejado excremento en el altar varias veces— obligaron a la parroquia a mantener cerrado el santuario si no se celebran servicios litúrgicos (la capilla se conserva abierta).
No obstante las dificultades, esta comunidad pobre y misionera, pléyade de hombres y mujeres firmes al pie de su labor, continúa acogiendo, amando, comprendiendo y sirviendo a todos los inmigrantes bajo la orientación del actual párroco nicaragüense, Juan Carlos Paguaga.
“El amor de Cristo es la base de nuestro ministerio”, expresó Paguaga, “y la fuerza que mantiene nuestra perspectiva hacia el futuro”.
Fuente: EL Nuevo Herald
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