La magia de Meñique

Este artículo es de hace 6 años
No exageremos. Meñique tuvo, sobre todo, suerte. Nadie más que él conoció los servicios desinteresados de un hacha, un pico y una fuente de agua mágicos, y además parlantes, con los que se ayudó a derribar un roble omnipotente, un “arbolón” como lo describió Martí; a cavar un pozo en el granito; a rebosarlo de agua luego y que aún sobrara todo un manantial para el reino. Nadie, sin esa hacha prodigiosa, pudo haber doblegado a un gigante que se desayunaba un buey y se refrescaba la garganta con todo un melonar. Meñique, es cierto, salió triunfante en cada reto que el monarca caprichoso ideó para impedir un matrimonio disparejo entre su hermosa hija y un pequeñín que cabía en la bota de su padre. Pero otro no habría podido jamás resolver todas las tareas imposibles que el Rey exigió a los mozos a cambio de su princesa. Porque nadie más fue tocado por la contramagia que haría posible corregir lo inexplicable. José Martí, el padre absoluto del Meñique que conocemos en Cuba, escribió una versión de este cuento para La Edad de Oro, interesado sobre todo en dejarle a los niños de Nuestra América un relato ejemplar sobre cómo los pequeños, con astucia, pueden vencer a los grandes, e incluso a los déspotas. Y él, que lo pensó casi todo, pospuso aclarar cuánto de magia hizo posible esa sagacidad. De haberlo hecho, llegaríamos de su mano a un puerto no previsto y acaso más complejo: la mayor parte de las veces no basta ser inteligente, tener un alma noble y un propósito. Hoy domingo 20 de julio vamos a ver una película de “muñequitos” que se estrena simultáneamente por toda Cuba, porque es el Día de los niños y porque es, dicen, un hito cinematográfico. Se trata, de un Meñique nuevo. No solo porque el talento local consiguió igualar tecnológicamente a la industria de la animación contemporánea, convirtiendo la historia editada por Martí en 1889 en una fiesta de la imagen en 3D. Sé, aún sin haberla visto, que no me sorprenderé de encontrar incrementado el poder de la magia en esta nueva versión de Meñique, dramatúrgicamente seguro más cercana del cánon Disney que de la cuasi filosófica textura del texto martiano. No la juzgo mal por ello. Salgo esta mañana calurosa, con placer, a internarme en una historia colorida, feliz, de princesas y brujas, cubanizada además, -también eso lo leo en los anuncios de la prensa-, en la que un joven pequeñísimo, “sabichoso”, pudo vencer. Así no más, vencer. Fuente: Progreso Semanal

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