La oportuna eficacia de los planes a largo plazo en Cuba

Este artículo es de hace 5 años

Cuando hace unas semanas 'se filtró' un documento oficial -en un país donde solo se filtra el agua y todo se manda y controla- con la Política Integral para el perfeccionamiento de la Informatización de la sociedad en Cuba me parecieron demenciales los plazos: ridículos para las necesidades cubanas y surrealistas para el mundo moderno. Pero opté por silenciar los comentarios, las críticas y las ironías porque de vez en cuando conviene dejar correr el disfrute y un poco de sana esperanza, y de vez en cuando conviene creer y confiar en que las cosas pueden cambiar.

Sin embargo, la supuesta vulnerabilidad en el resguardo de los documentos oficiales, la tendencia a filtrarse justamente ahora y justamente cuando de planes y proyectos de mejoría se trata, me hacen pensar en que poco de azar y mucho de estrategia hay en esta nueva manera de dar a conocer al mundo, la sociedad informatizada y moderna que se avecina en Cuba. Poner la vista en un lejano futuro, sembrar sueños y esperanzas de que en dos tres lustros las cosas marcharán bien para todos, parece ser una oportuna jugada para apartar la vista del presente y las realidades más inmediatas. La recurrencia con que el 2030 aparece en los proyectos del gobierno cubano pareciera pedirles calma a los ciudadanos, longevidad y paciencia para soportar la Cuba de ahora, en espera de la que está por llegar.

Un gobierno que ha contado con un cómodo enemigo contra el que luchar que ahora amenaza con convertirse en amigo, necesita una nueva estratagema para invisibilidad incapacidades, malos manejos y carencias. Desde hace décadas no hemos sido nación que construye un futuro o que levanta un país, sino una patria en guerra y batalla contra los fantasmas, enemigos y naciones que han querido arrebatarnos nuestro tan defendido y sacrificadamente construido estado de bienestar. No hemos combatido ineficiencias e ineptitudes internas, hemos reaccionado ante lo que nos venía de fuera, y ahora que lo que nos viene del exterior parecen ser bonanzas, intenciones, manos amigas y no ojos críticos, se hace necesario sustituir el país que confronta por el país que proyecta.

No seremos el país apartado sino el país de cifras del futuro. En el 2030 tendremos Internet en los hogares, bandas anchas y anchísimas, contaremos con numerosos campos de golf, más de 100 mil habitaciones turísticas, inversiones extranjeras que nos harán florecientes y atractivos, la zona de Desarrollo del Mariel será un referente y quién sabe que más seremos y tendremos.

Pero en el 2015, los cubanos siguen enfrentándose verbal y violentamente por pensar diferente, siguen aventurándose en barcazas en pro de una vida mejor, siguen teniendo las necesidades más elementales -Internet, lo siento, pero no lo es- precariamente cubiertas, siguen teniendo los mismos problemas de acceso a la vivienda y conservación de las propias, siguen teniendo salarios no acordes con los precios y estándares de vida reales. En este mismo 2015 siguen existiendo artistas presos por intentar -ni tan siquiera llevar a cabo- hacer del arte un vehículo de expresión y enfrentamiento, aunque para el cardenal Jaime Ortega en la isla no haya presos políticos y se sume al carro de los tecnicismos o rejuegos de la justicia para convertir en comunes a los políticos.

Todos queremos que Cuba sea un país donde el acceso a la información plural no sea un lujo, todos queremos mejores y más modernas infraestructuras; oponerse a eso sería injusto e irresponsable, pero también queremos oír de planes para cubrir necesidades esenciales, queremos metas menos exportables y lustrosas y más soluciones para los cubanos de a pie, queremos oír hablar de alimentación, transporte, sanidad, salarios y monedas, queremos que ese acceso más cómodo y libre se revierta en el elemental ejercicio del disentimiento y la oposición, queremos plazos más cortos y esperanzas menos postergadas.

Seguramente muchos saldrán al paso y verán en estas palabras una intención de manchar un proceso noble de mejoramiento de un pueblo históricamente asfixiado por el mundo y el voraz capitalismo. Muchos las tildarán de discurso reaccionario, anclado en el pasado y oportunista ante un 'negocio' que se acaba. Muchos no entenderán por qué elegir el camino de seguir viendo el ahora y pedir por el presente, en lugar de dar saltos de alegría ante ese lejano futuro brillante que nos espera.

Este artículo es de hace 5 años

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Marlén González

(La Habana, 1978) Lic. en Filología hispánica y Máster en Lexicografía. Ha sido profesora en la Universidad de La Habana e investigadora en la Universidad de Santiago de Compostela.

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Marlén González

(La Habana, 1978) Lic. en Filología hispánica y Máster en Lexicografía. Ha sido profesora en la Universidad de La Habana e investigadora en la Universidad de Santiago de Compostela.

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