La ausencia crónica de los cubanos

Este artículo es de hace 5 años

 “Ausencia, remoto fantasma (…) que escribes tú la canción que falta, que siempre nos recuerdas la distancia”
LMH

Todo cubano post-revolución tiene una marca de nacimiento indeleble, un aura de nostalgia y pérdida que el paso del tiempo solo agiganta.
Me refiero a la emigración feroz que desde 1959 sufre Cuba y que se ha hecho tan habitual como la vida misma. Tan cruel como inevitable, año tras año dejamos partir a familiares, parejas, amigos y vecinos de la infancia.
Desde la niñez hasta el momento, he visto marcharse a tres hermanos, dos de mis inseparables amigas y confidentes del pre, dos tíos con sus respectivos hijos, mi pareja de dos años de relación y una larga cola de cómplices en la adolescencia y la universidad.
Veo con tristeza como la casa de mi abuela, donde nos reuníamos los domingos, se hace más espaciosa y sombría. Ya no hay niños que corretean por el pasillo, ya no hay tertulias frente al televisor ni fiestas de cumpleaños.
Cómo se puede crear una vida cuando todos aquellos que la hacen más tolerable no están en ella. Cómo el cubano –que se queda- convive apacible con esa realidad y la incorpora, cual filosofía costumbrista, a su quehacer diario.
La migración en otros países es algo natural y, en ocasiones, enteramente premeditado. Hay un consenso universal: “la historia de la humanidad es la historia de las emigraciones”. El ser humano se despide de la tierra que lo vio nacer para mejorar en lo económico, lo social, profesional, o lo académico.
En cambio, dentro del verde caimán la retirada masiva, en cortos períodos de tiempo, de personas pertenecientes a todos los rangos etarios y todos los niveles sociales tiene significaciones diferentes a la del resto del mundo.
En una sociedad, donde mudarse fuera de la casa de tus progenitores es casi imposible, irse del país es una hazaña titánica y no siempre muy bien vista. El cubano que se va, carga consigo un estigma que a cualquier colega foráneo se le hace difícil entender.
El gobierno cubano, desde sus inicios, arremetió contra aspectos clave de la democracia, cortando de esta forma muchas de las libertades que el hombre moderno necesita para convivir felizmente en sociedad.
La “Revolución” se jactó de ser perfecta e inigualable, por tanto aquellos con la más pequeña inclinación a querer emigrar fueron tachados de lacras e inconformes, enemigos de la Patria que cedieron ante los cantos de sirena y el consumismo voraz del capitalismo.
Como un mal sueño, todavía muchos recuerdan aquel famoso discurso de Fidel en mayo de 1980, cuando vociferaba: “quien no tenga sangre revolucionaria (…) que se vayan, no los queremos, no los necesitamos”.
Estas declaraciones, en el marco del éxodo gigante de El Mariel, que avivaron la efervescencia nacionalista y chovinista que se vivía en la época, fueron construyendo un prejuicio en torno a la emigración que acabó por arraigarse a la cultura del cubano, sin importar su posición política.
Actualmente, salir del país es un tema tabú y a la vez una felicidad. Desde la añoranza, los que nos quedamos brindamos por los que no están diariamente porque sabemos que la tristeza es compartida.
El cubano lo arriesga todo (casa, trabajo, seguridad y hasta su vida) por encontrar un mejor futuro para él y su familia; ya sea Miami, Montreal, Ecuador o Berlín, se traza su propio destino consciente de la libertad que lo aguarda;  le reza a los santos de todas las religiones y se sube a cualquier medio de transporte inimaginable para salir de la isla que lo ahoga más que el mar que la rodea.




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