"Nadie quiere escuchar"

Este artículo es de hace 5 años

Ya no escribo. En algún momento de mi vida dejó de convertirse en una necesidad espiritual y por lo tanto inútil, nunca fue un oficio. Pero hay algunos días en que vuelve el temblor aquel y la necesidad acuciante de enfrentarse al terrible infinito blanco.

Acabo de ver el documental “Nadie Escuchaba” de Néstor Almendros y Jorge Ulla.

Sé que la ignorancia (aunque sigo siendo infinitamente inculto) es una dicha que se me niega. Tengo la absoluta certeza que el conocimiento, la información y la cultura implican en su regocijo la eterna desdicha de lo inconmesurable. Preferiría no saber. Es mucho más fácil, más enriquecedor para el espíritu, utilizar la ignoracia y el desconocimiento como la droga enajenante perfecta en la búsqueda de la felicidad en la vida. Pero confieso que la mayoría de las veces me es imposible, sucumbo ante la tentación de la verdad, de la realidad. Esta felicidad hizo del pueblo alemán en algún momento sonreír con toda parsimonia mientras a pocos kilómetros de sus casas se cometían barbaries inimaginables. Jamás podremos entender en su totalidad el horror de los campos de concentración judíos. Jamás. La concepción de esta realidad es tan perturbadora, tan amenazante para la existencia individual, tan cruel con nuestra estabilidad espiritual, (tan afectada por los sucesos mundanos de nuestra vida rutinaria) que la rechazamos. Como mismo hacían los alemanes. No querían saber de eso. No querían que nadie les hablara de eso. Todo era mentira. Inventos de los enemigos de la patria nacional-socialista. Sólo cuando los aliados comenzaron a liberar los campos de concentración los alemanes no pudieron oponerse más a la evidencia y tuvieron que enfrentarla, y el golpe fue inclemente. La dicha de la ignorancia los mantuvo protegidos. Tal vez los soviéticos sospechaban lo que hacía Stalin. De seguro también se ocultaron con alivio bajo el poderoso escudo del desconocimiento. Esta vez, luego de la muerte del sanguinario dictador, Jrushchov con su famoso discurso secreto enfrentaba los soviéticos a la verdad.

“Nadie Escuchaba” recoge los testimonios de los sobrevivientes de las purgas políticas del comienzo de la dictadura castrista. En realidad nadie “quería” escuchar. La verdad se sabía, sobretodo en un país de rumores como lo es Cuba (el periodismo en Cuba es un oficio extinguido). Los cubanos como todos los humanos también saben protegerse de la verdad, con mucho acierto. El gobierno siempre tiene un alto grado de responsabilidad, y en este sentido siempre fue una prioridad el cultivo de un pueblo ignorante (la alfabetización es un concepto técnico, no intelectual). Evidentemente la ignoracia es muy fácil de gobernar: Ser cultos para ser libres. El pensamiento martiano ha sido muy bien aplicado pero en sentido opuesto: Ser ignorantes para ser esclavos. Nadie quiere la verdad, porque lo que ella representa conlleva un dolor tan profundo como lo sintió el pueblo alemán. Pero por desgracia sólo se puede progresar si se utliza a la verdad, al reconocimiento, como pedestal.

Me reservo el derecho a enumerar los testimonios que aparecen en el documental, los pocos (son muchísimos) que aparecen. Las torturas, las mutilaciones, la degeneración humana que retrata el documental con una fluidez perturbadora son desgarrantes. El dolor y el amor nos unen como especie, nos identifican, y el raciocinio nos define. Entendemos el amor y entendemos el dolor (a veces vienen juntos), más allá de lo instintivo. La evolución de nuestra inteligencia nos ha hecho comprender los lazos que estas emociones representan, y su connotación. Creamos un vínculo emocional con las realidades que entedemos y estas nos afectan. Y la realidad de Nadie Escuchaba es un martirio.

Y por eso escribo. Porque únicamente del amor o del dolor nacen las expresiones más auténticas, que luego la razón corrije. La inexpugnable fortaleza de la ignorancia tiene que ser conquistada. La sociedad tiene la obligación moral, la responsabilidad humana de enfrentar la verdad que se cuenta en “Nadie Escuchaba”, porque en ese acto de aceptación, de reconocimiento se erigen los principios fundamentales de nuestra naturaleza. Ir en contra de ella implica ir en contra de nuestra misma especie. La guerra, la tortura, la violencia nos anula como humanos (aunque resulten manifestaciones exclusiva y profundamente humanas), pero aceptarlo como parte de nuestra naturaleza es cometer un suicidio histórico que justificaría nuestro exterminio: la extinción de nuestra raza. Nadie Escuchaba es un alegato trascendental. Aborda, como otros muchos documentales, sucesos de lesa humanidad, en este caso los ocurridos en Cuba a partir del triunfo de la revolución cubana en 1959. Pero su valor como documento histórico, como obra de arte, va a mucho más allá del salvajismo que relata. Es la descripción del lado oscuro del hombre. Conocer lo que ahí se dice es una de las materias primas básicas para construir una sociedad más justa y avanzada, porque sólo en el camino opuesto a los sucesos que ahí se describen se puede construir Cuba. Patria. Humanidad.

Este artículo es de hace 5 años

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