Las cicatrices del éxodo cubano

Este artículo es de hace 5 años

“Papá, no te vayas por favor”, gritó hasta quedarse sin fuerzas, “llévame contigo, yo me voy a portar bien”. La madre estaba a su lado, le tomó la manita sin atreverse a decir que no había nada en este mundo que lo haría reconsiderar la decisión que tomó, ni siquiera su familia.

La niña corrió desde el Puente de Hierro hasta el castillo de La Chorrera, desde allí vio como su padre se convertía en un minúsculo punto negro distante. Después de todo, poseer una lancha en perfectas condiciones, atracada en el río Almendares de La Habana, era un privilegio en la Cuba de 1994.

Esa tarde volvió afónica a su casa derruida, donde le aguardaba el dolor punzante que une a los cubanos de todas las generaciones post-revolucionarias. Veinte años más tarde, siguen inmutables los 150 kilómetros de mar que la separan de su padre.

El verano del 94 lanzó a 37,000 cubanos al mar rumbo a Estados Unidos, país que comenzó a aplicar su política “pies secos/pies mojados”. La ola fue resultado de la crisis más cruda que vivió la isla, el Período Especial. Desde entonces el éxodo no ha cesado pese al leve mejoramiento del panorama económico de la nación caribeña.

La revuelta fue incentivada, entre otras cosas, por los sucesos del 13 de julio de ese mismo año, cuando un remolcador secuestrado por 68 personas para irse a EEUU se hundió luego de que embarcaciones de gobierno lo interceptaran para impedir su fuga. Como consecuencia se ahogaron 37 personas.

Frente a la crisis migratoria, los presidentes Clinton y Castro emprendieron negociaciones secretas, que culminaron el 9 de septiembre con un acuerdo que establecía que Washington otorgaría 20.000 visas de migración a cubanos cada año.

En el año 2006 el ex gobernante cubano, Fidel Castro, le transfirió el poder político a su hermano Raúl, quien selló una paz recatada con las iniciativas privadas para levantar un poco el ala caída de la economía. Sin embargo, unos 40,000 cubanos continúan abandonando anualmente su tierra natal, ya sea por vías lícitas o no.

Actualmente, muchos de los ciudadanos del verde caimán esbozan en sus planes, a corto o largo plazo, dejar el archipiélago hacia tantos lugares como pueda apuntar la aguja de una brújula. Pero hoy, el temor al fin de la Ley de Ajuste Cubano, que otorga desde 1966 privilegios migratorios con solo tocar tierra estadounidense, agudiza la tendencia creciente en los cubanos  de abandonar el país.

Para muchos es cuestión de tiempo antes de que terminen los privilegios estadunidenses, por lo que durante los primeros 10 meses del presente año fiscal, fueron más de 31 mil los cubanos que llegaron a los EEUU, sin contar las entradas por Canadá, un aumento de un 30% respecto al año anterior.

Desde octubre del año pasado hasta la fecha han intentado alcanzar las costas estadounidenses 4,084 cubanos en todo tipo de embarcación, según registros oficiales norteamericanos. Hasta el momento, el gobierno cubano se ha mantenido en silencio ante las alarmantes cifras y las trágicas consecuencias que este fenómeno puede acarrear.

Claramente, 20 mil visas al año no apaciguan el desespero migratorio. Las lanchas, balsas y otras embarcaciones rústicas están volviendo a ganar el protagonismo que tuvieron durante la crisis de 1994.

A todas luces, el futuro de muchos cubanos se desdobla, predecible, como un deja-vú de mal gusto.

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