Rotura de equipos tecnológicos entorpece saneamiento de La Bahía de La Habana

Este artículo es de hace 5 años

Un artículo publicado el pasado 24 de septiembre en el periódico Tribuna de La Habana ha venido a llamar la atención sobre un fenómeno ni nuevo ni desconocido por los habitantes de la capital de Cuba: la contaminación de la Bahía de La Habana.

El problema de las aguas del puerto habanero se remonta al siglo pasado, cuando la intensa actividad portuaria comenzó a dejar vertidos en sus aguas. Si bien desde la década del 80 del pasado siglo se redujo en un 60 por ciento la carga contaminante proveniente de ríos y drenajes pluviales, los altos índices de contaminación de sus aguas siguen siendo un protagonista indeseado.

Partiendo precisamente de su importancia estratégica en la zona, entre los años 1996 y 1998, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) llevó a cabo un proyecto regional para el diagnóstico de las causas de la contaminación en bahías del Caribe y el establecimiento de planes para enfrentarlas. En el año 2013, como parte de este proceso de recuperación de la salud de la bahía habanera iniciado quince años antes, y gracias al estudio y colaboración de expertos de la agencia japonesa de colaboración internacional JICA, se implementó un plan maestro con 20 años de vigencia, que incluiría el saneamiento de la bahía, la rehabilitación y ampliación del sistema de alcantarillado, drenaje pluvial y la puesta en funcionamiento de nuevas plantas de tratamiento de residuales.

Un año después, en el 2014, varios medios cubanos hablaban de tímidos resultados del programa, cierta mejoría de la calidad del agua y un resurgimiento de la flora y la fauna marina. Una nueva iniciativa, promovida por el Programa de Monitoreo y Vigilancia Ambiental, gravaría con un nuevo impuesto los vertidos residuales en cuencas hidrográficas, en pro de reducir los efectos de las más de 90 fuentes contaminantes, fundamentalmente industriales pero también domésticas, que llegaban al litoral.

Sin embargo, lo preocupante en la actualidad y sobre lo cual alerta la reciente nota de Tribuna son los problemas que la rotura de equipos tecnológicos está provocando en la labor que desde hace años, y con la colaboración de países como Italia, España y Japón, se está llevando a cabo para sanear las aguas de la bahía habanera. Según indicó el referido diario, la especialista principal de gestión y educación ambiental empresarial del GTE-BH, Mercedes Gzegozewski González comentó durante el taller SOS Bahia+16 que “No hay en estos momentos equipamiento para la limpieza de esos sólidos flotantes y se están haciendo solamente la recogidas de desechos del litoral, a mano, lo que no favorece la limpieza que pretendemos”.

Para solventar estos actuales escollos, la Empresa de Servicios Portuarios de Occidente y el Instituto de Desarrollo Naval se encuentra enfrascada en la construcción de un nuevo equipo limpia-bahías, para sustituir al actual que no puede satisfacer las necesidades de limpieza. Igualmente pudo saberse que se encuentran en fase de estudio y construcción 10 proyectos de plantas de tratamiento de residuales, que beneficiarían a más de 300 mil personas.

Con un área de cinco km2 y una profundidad promedio de nueve metros, la Bahía de La Habana fue declarada el pasado año por la Comisión Nacional de Monumentos (CNM), como zona de protección en Cuba. Posee una cuenca en la cual residen alrededor de 910 mil habitantes. Es, además, punto importante para el desarrollo del turismo y enclave sensible para responder al auge de la llegada de visitantes foráneos que está experimentando el país y que, previsiblemente, irá en aumento.

Las labores para erradicar los niveles tan altos de contaminación pasan, no obstante, por unas prácticas más responsables y comprometidas por parte de los ciudadanos y unos mayores controles por parte de las autoridades con respecto a los comportamientos que incidan en el deterioro y mal estado de sus aguas.

Contar con una había más limpia, con calidades del agua aceptable, sin malos olores ni reflejos tornasolados por la contaminación, es una imperiosa necesidad no solo para el ecosistema que alberga ni para la imagen que ofrece a los visitantes foráneos, sino para los miles de habaneros que a diario alternan los sentimientos de amor y orgullo por tenerla con la incomodidad y tristeza que el estado de sus aguas produce.

(Imagen tomada de Internet)

Este artículo es de hace 5 años

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Marlén González

(La Habana, 1978) Lic. en Filología hispánica y Máster en Lexicografía. Ha sido profesora en la Universidad de La Habana e investigadora en la Universidad de Santiago de Compostela.

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Marlén González

(La Habana, 1978) Lic. en Filología hispánica y Máster en Lexicografía. Ha sido profesora en la Universidad de La Habana e investigadora en la Universidad de Santiago de Compostela.

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