La Habana: una ciudad donde perder(se)

Este artículo es de hace 4 años

La frase anterior, a primeras luces metafórica y alusiva a los encantos de una ciudad centenaria, mágica e impredecible, responde, en cambio a la más absoluta y desnuda literalidad: en La Habana como en muchas otras ciudades cubanas andar por las calles es un auténtica prueba de fuego para cuanto vehículo circula por ellas. Transitar por sus maltrechas arterias sin perder la paciencia, el buen carácter y en, ocasiones, hasta una rueda son muchas veces empresas estériles destinadas al fracaso.

El problema de los baches, en ocasiones casi cráteres, en las calles habaneras es tan viejo que se ha convertido en un conocido compañero de viaje e incómodo protagonista de las travesías viales en la capital, ¿quién si no no se ha visto alguna vez naufragando en un hoyo en plena avenida sin saber cómo sacar el carro y continuar la marcha? ¿quién no ha sufrido en sus carnes -la imagen no puede ser más gráfica- los problemas de suspensión de un carro cuando se transita por una calle desconocida y no se le conocen sus entrañas? ¿quién no ha sido bautizado por un conductor indolente que no ha aminorado la velocidad ante ese bache repleto de agua con fango, suciedades y desechos? ¿quién no ha maldicho a las progenitoras, las autoridades y cuanto responsable exista por haber perdido una rueda, el tiempo o una prenda de ropa a causa de un bache?

Circular por las calles habaneras pone a prueba al más avezado de los conductores que, cual carrera de obstáculos, debe sortear los huecos -los conocidos y los nuevos que van apareciendo-, la ausencia de señalización y división de carriles, además del irrespeto a las reglas y leyes viales.

Circular por las calles capitalinas es moverse por una jungla donde conviven los problemas de infraestructuras viales, la falta de recursos y de sistematicidad para reparaciones frecuentes, y la baja calidad de los materiales que se emplean para los tímidos lavados de cara que se les da a las más concurridas y afortunadas calles habaneras.

Pocos y malos son los arreglos que reciben las calles de la capital. Los beneficiarios directos suelen ser sus habitantes pero, tristemente, no son muchas veces los destinatarios de los maquillajes a que se someten.

La más reciente historia revela que Cuba se engalana más para los ojos foráneos -más desacostumbrados a lo feo, sucio y maloliente de las urbes cubanas- que para los lugareños. Del lobo un pelo, rezaría el refranero popular pero ello no resta la importancia de que los recursos, las brigadas, el tiempo y los proyectos se apresuren cuando se quiere presentar una ciudad de vitrina, que cuando se la quiere mejorar para quienes a diario la transitan, la sostienen y la admiran.

Quienes hayan conducido o se hayan movido por la capital de los cubanos no necesitarán mucho tiempo para rememorar una historia personal con un bache. Todos tenemos un primer amor, una primera desilusión y todos, en Cuba, tenemos una historia con un bache.

La historia parece no tener intenciones de cambiar. Así lo atestiguan las siguientes fotos tomadas -casi al azar y sin demasiado esfuerzo- del estado actual de las calles habaneras.

Este artículo es de hace 4 años

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Marlén González

(La Habana, 1978) Lic. en Filología hispánica y Máster en Lexicografía. Ha sido profesora en la Universidad de La Habana e investigadora en la Universidad de Santiago de Compostela.

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Marlén González

(La Habana, 1978) Lic. en Filología hispánica y Máster en Lexicografía. Ha sido profesora en la Universidad de La Habana e investigadora en la Universidad de Santiago de Compostela.

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