¿Mendigos en Cuba? No, "deambulantes"

Este artículo es de hace 4 años

Si alguien cree que lo ha visto o escuchado todo en términos de etiquetación o jerarquizáción humana, si alguien piensa que es imposible que exista algún nuevo mecanismo para establecer la inclusión-exclusión en las sociedades, tristemente, siempre aparece un nuevo dato o noticia para demostrarle que la creatividad en este terreno no tienen cotos.

Así puede sentirse quien lea la nota publicada este 18 de enero por el periódico Granma que refiere un centro en Villa Clara para “clasificación de deambulantes”, cuarto de su tipo en el país donde, según cifras oficiales para el 2015 se habían detectado 1 261 'deambulantes'.

No es la existencia del centro -cuyo nacimiento pueda entenderse y su necesidad justificarse- la que despierta la molestia y el desconcierto, sino que como si de una catalogación de obras o inventario de enseres se trata se hable de “clasificación de deambulantes”.

No es, tampoco, esta casi cosificación, despersonalización o el “sistema de recogida” de personas, lo único que irrita los ojos y las sensibilidades, sino el enfoque medicalizado desde el que se presenta este problema (se habla de pacientes), que permite, en primer lugar, trasladar el asunto a los predios médicos y asistenciales y alejarlos consecuentemente del necesario enfoque social que requeriría y, en segundo lugar, justifica la 'reclusión' de los sujetos en centros especializados -alejados de los espacios urbanos y los ojos de los ciudadanos- para 'su tratamiento'.

Es igualmente desconcertante que dentro de la tipología de personas que establece el centro se mezclen indiscriminadamente patologías (alcoholismo, enfermedades psiquiátricas, demencias), con criterios etarios (ancianos) y 'modos de vida' o elecciones para gastarse el sustento (asediantes al turismo), como si todos necesitasen por igual manera la clasificación, reclusión y aislamiento en estos centros, donde, según explicó la directora provincial del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social (MTSS), Raiza Puerto Rodríguez radica un grupo multidisciplinario de especialistas encargados de “diagnosticar y encaminar la reinserción social de estas personas”.

Aunque no suele ser muy útil ni eficiente hacer leña del árbol caído, y mucha leña podría sacarse de este artículo, no puede, por ello, obviarse algunas de las muchas preguntas que esta nota motiva: ¿por qué reducir un problema social tan complejo como este al simple abordaje de la medicina, el diagnóstico y la cura? ¿Por qué no se tienen en cuenta otros factores además de la edad, las enfermedades mentales o la molestia a los turistas? ¿Qué se entiende por asediar al turismo: hablarle, molestarle, pedirle, proponerle? ¿Son acaso estos hechos patologías que requieran tratamiento? Si, por el contrario, son fallas o delitos, ¿por qué no aplicar las sanciones correspondientes en lugar de tratarlos como si enfermos fueran? ¿Es que acaso no haya falta alguna que imputarles sino que su presencia 'afea' las ciudades, discorda con la imagen de vitrina que de la Isla quiere brindarse y por eso deben ser recluidos y 'reinsertados' como hombres nuevos? ¿Qué tipo de reinserción social se contempla a los del grupo de los ancianos?

El intento, por otra parte, de echar por tierra una posible explicación a este fenómenos desde enfoques económicos, laborales o sociales, aludiendo a que “35 personas con esas características” “tiene familia, vivienda y recibe una chequera de jubilación”, es o demasiado ridículo o demasiado irrespetuoso. No hay que conocer a fondo la sociedad cubana, ni saber de contabilidad o economía para entender que una 'chequera' no alcanza en Cuba muchas veces ni para comprar la comida del mes. Las causas de que haya deambulantes -para usar el término acuñado en el artículo- no son exclusivamente económicas pero tampoco lo son exclusivamente médicas.

Llama la atención, una vez más, la frecuente tendencia en los discursos oficiales al empleo de eufemismos, que evidencian un interés por bautizar viejos fenómenos con nuevos términos para desmarcarse, así, de 'problemas' sociales criticados en las sociedades ajenas que no quieren aceptarse en la propia. Es por esto que no se habla de mendigos o vagabundos sino de deambulantes y tampoco de personas que piden limosnas, acosan o estafan sino de 'asediantes del turismo'.

Que exista un centro donde geriatras, psiquiatras, trabajadores sociales y psicólogos diagnostiquen “el estado real de salud de las personas que llegan” es algo indudablemente positivo; que se simplifiquen y medicalicen problemas como la mendicidad, la indigencia, la falta de hogar o residencia fija y otros similares, es un arma de doble filo que no le hace justicia a las sociedades donde tienen lugar estos fenómenos ni a las personas que los padecen. La nota de Granma, que pudiera pasar desapercibida y hasta merecer alabanzas por la parcialmente loable labor de estos centros para la 'resinserción social' reabre, sin embargo, el siempre latente debate sobre la exclusión y reclusión de los considerados enfermos, desviados, alejados de los centros que las sociedades marcan.

(Imagen tomada de AulasAbiertas)

Este artículo es de hace 4 años

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Marlén González

(La Habana, 1978) Lic. en Filología hispánica y Máster en Lexicografía. Ha sido profesora en la Universidad de La Habana e investigadora en la Universidad de Santiago de Compostela.

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Marlén González

(La Habana, 1978) Lic. en Filología hispánica y Máster en Lexicografía. Ha sido profesora en la Universidad de La Habana e investigadora en la Universidad de Santiago de Compostela.