Serie norteamericana Santería: ¿censura o diálogo?

Este artículo es de hace 4 años

Si cada institución religiosa, cultural, política o con cualquier tipo de implicación y alcance social, protestara por la forma en que es representada en una obra de ficción -es decir en una obra artística-, nos pasaríamos la vida en medio de discusiones mediáticas que no conducen a ninguna parte y en las que todas las partes salen perdiendo a la larga.

Si esto ocurriera, no existirían películas que aborden el tema de la corrupción policial en una ciudad en particular, ni en organismos internacionales de tanto prestigio como la ONU, UNICEF o cualquier otro juego de siglas que se nos ocurra. Si tiramos de biblioteca, hemeroteca, filmoteca… nos daremos cuenta de que casi todas las instituciones u organismos internacionales han sido “tocados” o cuestionados desde el ámbito de la ficción. Si la “autocensura” funcionara a nivel creativo, no existiera la película La última tentación de Cristo (1988), ni la novela El código Da Vinci (2003) se hubiera convertido nunca en el fenómeno de masas que fue; y ello por poner solo dos ejemplos que afectan a una misma religión: la Católica.

¿Le gustó a la Iglesia Católica las dos obras mencionadas? Pues evidentemente no: las criticó, las estigmatizó, las censuró, les hizo la cruz (nunca mejor dicho), pero al final no le quedó más remedio que aceptar un fenómeno que representa la creatividad de un AUTOR.

Partamos de que la “ficción” como concepto se nutre de argumentos donde haya conflictos, tramas, subtramas y toda la complejidad o riqueza narrativa que su creador sea capaz de aportarle; ello al mismo tiempo que pueda cumplir con el propósito para el que está concebida: entretener. Para eso existen los géneros, para que el espectador o lector sepa lo que puede esperar de un “producto artístico” en términos de veracidad, de verdad en lo que se cuenta. Hasta donde sé, Santería no es un documental, ni un falso documental ni un docu-reality, ni responde a ninguna de las fórmulas que tan de moda se han puesto en los últimos años, consistentes todas en mezclar, en mayor o menor grado, realidad y ficción.

De ahí que, si Santería está concebida como una serie de ficción para la televisión, sea de suponer que pondrá en algún lugar de sus créditos, bien visible, “que no está basada en hechos reales y que no representa a determinada religión ni pretende ofenderla”, o algo similar. A la institución religiosa, La Asociación Yoruba de Cuba en este caso, podrá no gustarle que la serie eche mano de estereotipos o lugares comunes en torno a un tema que le es propio y querido, es comprensible. Puede criticar que llueva sobre mojado en la forma de plantear un argumento, o que no se le haya consultado en según qué puntos de la representación; pero al mismo tiempo, ello no debe ser el punto de partida de una Cruzada contra la creación ni contra su autor. Es una guerra inútil.

La religión yoruba es tan grande que debe estar por encima de eso. Efectivamente, como muy bien describe la parte más hermosa y emocionante de la Declaración Protesta de La Asociación Cultural Yoruba de Cuba sobre la Serie “Santería”, la yoruba es una religión con una historia aguerrida, digna, muy apegada a nuestra cubanía y que representa a muchos más millones de cubanos de los que se pueda imaginar. Por ello, por esa dignidad y esa grandeza, debe apelar al recurso que nos salva a todos como seres humanos: hablar, intercambiar con quien considera que ha cometido un error. No hay frase más vieja ni más cierta: la gente hablando se entiende.

Este artículo es de hace 4 años

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Judith Moris

Redactora en CiberCuba. Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de La Habana, y Máster por la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha sido profesora en la UH e investigadora en la UAB, y redactora/editora de la editorial Teide

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