Yansulier García Foto © ¿Por qué me fui de Cuba?

¿Por qué me fui de Cuba?

Este artículo es de hace 4 años

La siguiente entrevista, más que una entrevista en sí, parece una crónica de nuestros tiempos.

 

Dueño de mi destino


¿Quieres irte para Canadá?, preguntó mi amiga y respondí que sí, aun cuando nunca antes me había pasado por la cabeza. Está bien, te voy a ayudar, me dijo ella, pues me sentía algo frustrado desde la censura de Mi País de Maravillas, un reportaje televisivo que algunos consideraron una herejía y no un simple acto de sinceridad, y que ahora visto en la distancia me parece la novatada del siglo. Nadie es profeta en su tierra. Sin embargo, no fue esa la razón por la que decidí partir de Cuba, sino solo un punto de giro… Hoy lo recuerdo porque hace exactamente un año llegué a Canadá, gracias al programa de inmigración para trabajadores calificados seleccionados por la provincia de Quebec, y a mi amiga, por supuesto, que me prestó el dinero. Ha querido el azar que por estos días el colega cienfueguero José Jasán Nieves me formulara unas preguntas, a propósito de un reportaje investigativo que prepara para Progreso Semanal, publicación digital independiente fundada por Francisco G. Aruca. Aquí están mis respuestas.

- ¿Por qué decidiste emigrar?

- Quise mejorar mi calidad de vida. Al igual que muchos profesionales cubanos ganaba como promedio 20 dólares al mes y el salario me alcanzaba apenas para empezar. Una bolsa de leche en polvo para desayunar, por ejemplo, me costaba en el mercado negro hasta 50 pesos (dos dólares), para no hablar de la carne y los productos agrícolas, o de los artículos de primera necesidad a los que el Estado aplica un impuesto de valor agregado superior al 240 por ciento. Súmense los problemas del calzar y el vestir, el transporte y la vivienda. Al cabo de cinco años de vida laboral me era imposible ayudar económicamente a mis padres y carecía de un espacio personal, ni siquiera alquilado. Mi vida iba de la situación dramática a la progresión de las complicaciones. Y no veía la luz al final del túnel. Cuando estrenaron Martí, el ojo del canario, en Cienfuegos, la magistral película de Fernando Pérez, el cine estaba casi desierto. Era sábado. Al salir a la calle vi un grupo de jóvenes bebiendo y cantando reguetón. Por cosas como esas me sentía fuera de lugar. Debo confesar, con todo, que lloré en el aeropuerto, después de las despedidas, sin que nadie me viera. Pero mientras el avión levantaba el vuelo tuve la sensación de que mis problemas de entonces comenzaban a hacerse cada vez más pequeños, hasta desaparecer.

- ¿Cuáles han sido los principales desafíos de la sociedad de acogida?

- En primer lugar el idioma, porque en la vida cotidiana nadie usa el lenguaje estándar de los libros y las audiciones. Como mismo hay una variante cubana del español, existe una variante quebequense del francés. De modo que por mucho que hubiera estudiado, al aterrizar aquí no entendía ni papa. Sin embargo, poco a poco cualquier lengua se aprende por inmersión, va entrando hasta por los poros, se toman cursos y la necesidad obliga a comunicarse. Otra de las pruebas sería el crudo invierno, pero lo disfruté tanto como el resto de las estaciones, con sus récords de bajas temperaturas y la vasta y blanca eternidad de su nieve. Finalmente el desarrollo tecnológico ha sido otro de los grandes retos para mí, la sociedad canadiense está muy informatizada, los adolescentes permanecen interconectados a través de sus teléfonos y tabletas casi las 24 horas, según estimaciones se envían medio centenar de mensajes de texto por día. Tuve que aprender desde cómo usar un celular hasta cómo interactuar con un cajero automático, una máquina expendedora de boletos o una simple lavadora. Incluso para algo tan mundano como tomar el metro o el autobús hay que servirse de una tarjeta magnética, ya he perdido la costumbre de manipular dinero en efectivo. Imagina a un hombre de Neandertal en una ciudad futurista y abierta de mentalidad, cuyos medios lo ametrallan con publicidades de la más perfecta de las vidas, mientras hablan sin pudor de la mafia y el crimen desorganizado, la corrupción político-administrativa con nombres y apellidos, la droga y la mendicidad, el matrimonio gay, la eutanasia y los trabajadores del sexo.

 

- ¿Cómo te has insertado en el mercado laboral?

- Contrario a lo que muchos piensan, la vida en un país capitalista no es solo barriga llena y ropa linda, sino una infinita carrera de resistencia. Esta es la otra cara de la moneda. Desde que el inmigrante pone un pie en Canadá comienza el calvario de la supervivencia. Y para sobrevivir lo primero es conseguir trabajo (y conservarlo), unas 40 horas semanales, en lo que sea. Debe iniciar una intensa búsqueda en línea y postular muchas veces, cuestión de probabilidades, cada una con el curriculum vitae (CV) adecuado. Cierto protocolo burocrático genera un dilema comparable al del huevo y la gallina, sin experiencia previa el empleador no te dará trabajo, y si el empleador no te da trabajo nunca tendrás experiencia. Es estresante. Un CV de periodista obviamente no me servía para limpiar pisos o lavar platos. De modo que hube de montarme uno o varios personajes, haciendo de aquellos días de autoservicio y de las escuelas al campo experiencias laborales. Mi amiga redactó a mi nombre un simpático anuncio para repartir publicidades: Hola, soy un joven que camina muchísimo y quiero ser camelot. Y se tomó algunas otras libertades creativas. Enseguida me llovieron las llamadas. Tus CV son todo un éxito, me decía. Claro está, reía yo, si son lo más parecido que he visto a una novela de Julio Verne. Llegué a Montreal un viernes y el lunes siguiente me fui a distribuir armarios de cocina con unos africanos. Desde entonces no he parado. Tengo experiencia real y referencias disponibles como jornalero en el sector industrial, y en menor medida en la gastronomía. ¡Yo que en Cuba era reportero! Sin dudas, me he empinado y crecido como héroe del trabajo.

- ¿Es muy difícil para los que se acogen a este programa ejercer lo que estudiaron o hacían en Cuba?

- El mismo día que la dirección del canal me informó que debía viajar a La Habana para recibir el Premio Nacional de Periodismo Cultural Rubén Martínez Villena, solicité mi baja del centro. Fue una peripecia imprevista, mi despedida con broche de oro. Cuando salí de Cuba poco después, tras haberme desempeñado por más de cinco años en la televisión, no creí que volvería a ejercer el periodismo en mi vida. No lo imaginé tampoco una vez en Montreal, cuando un venezolano llamado Jesús me dio el número de una pequeña agencia de empleos, a donde fui buscando trabajo general en el sector industrial y cuyos dueños cocinaban a fuego lento un modesto proyecto televisivo, dirigido a la comunidad latina de esta ciudad. Entonces me propusieron colaborar a tiempo parcial como reportero. Ha sido un golpe de suerte, porque Canadá te recibe con los brazos abiertos, pero no los cierra, como me dijo un amigo mexicano. La experiencia de cada inmigrante es única, menos o más afortunada. En general, reinsertarse profesionalmente toma tiempo y esfuerzo. Quienes más posibilidades de lograrlo tienen son los técnicos e ingenieros. Los que no, contamos con la opción de reorientarnos, según tres criterios prácticos: que tu nueva carrera tenga perspectivas de empleo, que no requiera invertir mucho tiempo y dinero, que al menos te agrade un poco.

- ¿Qué ventajas aprecias para los jóvenes cubanos?

- Aun ganando un salario mínimo de a diez dólares y 35 centavos la hora, y pese al alto costo de vida y a los impuestos que el gobierno aplica sobre todo, el dinero alcanza para subsistir con decoro: no pasas hambre, puedes calzar y vestir, alquilar un apartamento y amueblarlo poco a poco, contratar servicios de internet y telefonía móvil como si del agua corriente se tratara, ayudar a la familia en Cuba y hasta ahorrar en tu cuenta bancaria para adquirir un auto barato si te lo propones, aunque el sistema de transporte colectivo funciona casi como un Rolex. Eso no significa que estén resueltos todos tus problemas, ahora tienes otras prioridades (a menudo pienso en la muerte y en cómo aprovechar más mi tiempo de vida). Tampoco es cierto que el dinero te sobre para regalar, porque aquí hasta respirar cuesta y todo esta matemáticamente calculado, es muy duro ganar cada centavo. Una vez escuché en una Mesa Redonda que estos programas de inmigración para profesionales no constituían un robo sino un desperdicio de cerebros. No creo que sea tan así, pero si lo fuera, para una joven que conocí el sacrificio vale la pena, teniendo en cuenta que en Cuba el valor de su desempeño no era debidamente remunerado: al menos aquí trabajas y ves el resultado, me dijo.

- ¿Es fácil mantener los lazos con Cuba desde Canadá?

- Considerando la carestía de las llamadas telefónicas entre ambos países (cada minuto me cuesta unos 50 centavos de dólar por la ruta standard), así como el limitado acceso de los cubanos de la Isla a la red de redes, la respuesta es no, no es fácil. La comunicación familiar se distorsiona, además, porque tanto de un lado como del otro se escamotean o edulcoran las malas nuevas, para evitar angustias y preocupaciones. Por lo demás, nada los obstaculiza, pues existen buenas relaciones bilaterales. La mayor parte de los turistas que viajan a Cuba son canadienses, quienes allá como aquí nos admiran por solidarios y trabajadores. Además, tengo la impresión de que las autoridades cubanas miran con cierta indulgencia a los que emigramos a Canadá, mas no perdonan a los que se van a Estados Unidos. Al menos el trato es distinto en los aeropuertos, o bien son ideas que yo me hago. Gracias a la actualización de la ley migratoria, desde enero de 2013 no se nos considera emigrantes definitivos, a no ser que pasemos más de dos años sin visitar el país, sino cubanos residentes en el extranjero.

- ¿Cuánto has perdido en esta aventura?

- Mucho: a mis seres amados, la familia y los amigos, de un solo golpe. Estando aquí murió mi abuela materna, la persona que más me ha querido y a la que más que querido yo, y ya me nació un sobrino. Amén del duelo por esas pérdidas, me he enfrentado a un gran vacío, a veces terriblemente solo. Luego el tiempo sigue pasando, en cámara lenta allá, aquí a mil kilómetros por hora. Durante el proceso de adaptación-integración creas otros lazos, construyes nuevos afectos, cambias. Creo que lo peor sería descubrir que poco a poco te vas perdiendo a ti mismo. Espero que no me suceda. Prefiero pensar que esta experiencia de vida me enriquece como ser humano, aunque alguna que otra vez sobrevenga la duda: ignoro si se me enfrió el alma y me volví más egoísta, o si simplemente he aguzado el instinto de autoconservación, el sentido de aceptación de lo irremediable, la capacidad de renuncia.

- ¿Eres feliz ahora?

- No soy infeliz.

- ¿Satisfecho con tu decisión?

- Sobra decirlo. Canadá ha sido mi mejor elección, si bien acaso sea más justo afirmar que este país me eligió a mí, como mismo ha hecho con muchos de sus inmigrantes, el 30 por ciento de una población absoluta superior a los 35 millones. Montreal es una isla tan alucinante como Cuba, pero con puentes, presta para ser conquistada por el recién llegado; una ciudad cosmopolita y multicultural donde cada día me cruzo con gente exótica de todas las formas y colores, haitianos, árabes, hindúes, rusos, chinos… y tengo la impresión de estar en muchas partes a la vez, o de que todos los lugares convergen en este punto, de suerte que ahora me siento cubano de origen y canadiense por adopción, ciudadano del mundo, dueño de mi destino.

 

tomada de Facebook. 

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